«Cuando miro dentro de mi corazón, no puedo contener mi amor. Siempre quiere derramarse sobre los hombres, abrazarlos y entregarse a ellos» (Palabra interior).
¡Así es el amor de Dios! No conoce límites y siempre busca entregarse. Nosotros, los seres humanos, somos afortunados por ser sus receptores. El único obstáculo que le impide impregnar nuestro corazón es nuestra cerrazón, nuestra indiferencia y, sobre todo, el alejamiento deliberado de nuestro Padre celestial.
La particularidad del amor de Dios es que no necesita de nada para inflamarse, ya que existe en sí mismo y es la motivación de todo lo que el Señor hace. Es su amor el que da origen a la vida y es la vida.
Si ahora nos fijamos en nuestro corazón, seguramente no podremos decir que se aplica a él lo que la frase de hoy nos dice sobre el Corazón del Padre. Esto también es así en el caso de que seamos personas muy emocionales y, por tanto, percibamos fácilmente sentimientos de amor en nuestro interior. Sin embargo, ha habido personas que realmente ardían de amor por Dios y por el prójimo. Su capacidad de amar se había encendido en el fuego del amor de Dios y su corazón humano se había purificado del amor propio gracias a la obra del Espíritu Santo. Así, el amor divino encontró mayor cabida en ellos. Cuanto más escuchaban y seguían sus impulsos, más crecía el amor en estas personas, «porque al que tiene, se le dará» (Mt 13,12).
Ahora bien, ¿cómo podemos obtener nosotros un corazón así? Es un corazón nuevo que debemos pedir a Dios. Al mismo tiempo, debemos cooperar conscientemente realizando cada acto de amor al que nos veamos llamados. Esto también cuenta cuando aún no estamos «inflamados de amor». Además, debemos estar atentos a las sombras que percibimos en nuestro corazón —la indiferencia, la frialdad, la cerrazón, etc.— y presentárselas al Espíritu Santo para que las transforme.
¿Por qué no habríamos de convertirnos también nosotros en personas que arden de amor por nuestro Padre y por las almas?
