Amado Padre, sospechar que tu Hijo realiza milagros por el poder del diablo (Mt 12,24) y que está poseído por un demonio cuando pronuncia palabras de sabiduría (Jn 8,52) es ir demasiado lejos. ¡Pero, por desgracia, así sucedió en Israel!
Quien llega a decir cosas tan terribles se cierra, casi de forma irrevocable, al conocimiento de la verdad. Cuanto más alguien se obstina en argumentar en contra del origen evidentemente divino de sus obras, mayor es el peligro de cometer el pecado contra el Espíritu Santo. Se trata precisamente del pecado que cometió Lucifer: cerrarse deliberadamente a la verdad. Éste es imperdonable, como atestigua la Escritura (Mt 12,31). ¡Que el Señor preserve a las personas de cometer la blasfemia contra el Espíritu Santo!
¡Cuán distinto es el conocimiento que Tú, amado Padre, quieres comunicarnos, y que siempre posee el sabor de la verdad y el amor! Éste desenreda nuestros pensamientos y nos allana el camino para encontrarnos contigo cada vez más profundamente. Esta claridad la hallamos en la Sagrada Escritura y en la auténtica doctrina de la Iglesia, que es como agua cristalina que mana del trono del Cordero y que es incompatible con las verdades a medias que a los demonios les gusta utilizar para confundir y ofuscar la mente.
Resulta particularmente doloroso cuando supuestos teólogos contaminan la doctrina y ni siquiera se dan cuenta de quién inspira sus desviaciones. Aquí se aplica lo que Jesús dijo a los fariseos: «El que decís que es vuestro Dios, no le conocéis» (Jn 8,54-55).
Para estar a salvo de la confusión, permaneceremos fieles a tu doctrina, amado Padre; nos afianzaremos en tus preceptos, aprovecharemos los santos sacramentos y permaneceremos unidos a ti en oración vigilante, para que nada se interponga entre Tú y nosotros. Entonces, por tu gracia, los insidiosos ataques del diablo no podrán confundirnos.
