“Yo te amo más de lo que tú me amas” (Palabra interior).
Aunque en nuestro corazón ya haya despertado y empezado a arder el amor a Dios, siempre hemos de tener presente que Él nos ama infinitamente más de lo que nosotros le amamos. Es un «océano de amor» que nos envuelve por completo, sin por eso olvidar un solo instante a sus demás hijos y criaturas. Este es el amor del que nos nutrimos y, si lo dejamos entrar en nuestra vida y le abrimos las puertas de nuestro corazón, nos convertimos nosotros mismos en un manantial de este amor.
Nuestro Padre nos dirá que podemos amar más aún, pues su amor es ilimitado, mientras que el nuestro se topa muy pronto con sus fronteras. Pero precisamente estas fronteras han de superarse en Dios. Puesto que nuestra capacidad de amar es tan limitada, hemos de pedirle a Dios que nos conceda su gran amor para actuar en él. Así, la palabra inicial de nuestro Padre no solo ha de servirnos como aseveración y confirmación de su amor por nosotros, sino también como una invitación a no ceder jamás y a crecer constantemente en el amor.
¿Podría ser de otra manera?
Puesto que el amor es la razón de nuestra existencia, de nuestra redención y santificación, y puesto que Dios mismo es el amor, éste querrá difundirse e impregnarlo todo. Todo ha de estar marcado por él, todo nuestro pensar y actuar. Es capaz de derretir toda aspereza si se le corresponde. Puede llegar incluso a un corazón cerrado, si tan solo éste diera una pequeña muestra de querer dejarlo entrar. Este amor sufre cuando se encuentra ante la puerta de un corazón cerrado, pues no puede ni quiere abrirla a la fuerza. Antes bien, espera a que se abra una pequeña rendija para entrar y esparcir su luz.
El amor es lo más glorioso que nos puede suceder y permanecerá para siempre. ¡Ojalá nunca nos cerremos a él!