“EL AGUA DE VIDA ETERNA”

Amado Padre, con cuánta delicadeza guió tu Hijo a la mujer junto al pozo de Jacob hacia el conocimiento de la verdad, de modo que ella pudo reconocerlo como el Mesías y convertirse en testigo suyo para muchos otros samaritanos. Así procedes con frecuencia: encuentras a alguien que te abre su corazón, a quien puedes conceder tu luz y darte a conocer para que luego sea él quien lleve el mensaje a otras personas. También ellas deben enterarse de que aquel a quien anhelan todos los que quieren vivir en la verdad realmente está ahí, esperándolos.

Así, estas personas se convierten en portadoras del agua viva, como dijo tu Hijo: «El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14).

Pero, ¿quién, después de haber recibido el agua de la vida, no querrá contar a los demás dónde encontrarla? ¿Acaso los dejará morir de sed en el desierto? No, no podría ni querría privarlos de esta dicha. El agua viva que tu Hijo nos ofrece brota de tu Corazón. Es el amor divino. Y éste nunca se encierra en sí mismo ni se basta a sí mismo, sino que quiere donarse, quiere compartirse, quiere darse a conocer para que todos los hombres experimenten este amor e, incluso, está dispuesto a sufrir por él.

Así, amado Padre, Tú ofreces el agua de la salvación a todos los hombres. Todos pueden beber gratuitamente de esta fuente. Los samaritanos, aunque querían rendirte culto, aún no conocían el verdadero camino que has trazado para los hombres. Hoy en día, a muchas personas les sucede lo mismo. Todavía están buscando y en su religión no pueden encontrar lo que Tú tienes preparado para ellas. Deben encontrarse con tu Hijo y preguntarse: «¿No es éste a quien siempre he esperado? ¿Eres Tú?».

Tú les responderás y entonces podrán beber del agua de la salvación y contar a otros dónde está su fuente.