“DUEÑO DE SÍ MISMO”

«¡Mantente firme en ti mismo! Ningún enemigo, ni interior ni exterior, podrá vencerte si eres dueño de ti mismo» (San Buenaventura).

También podríamos parafrasear a san Buenaventura de la siguiente manera: «Mantén tu casa interior en orden para que todo esté centrado en Dios y en armonía con su voluntad. Entonces, pase lo que pase, podremos retirarnos a ese refugio interior de paz y permanecer en él».

Los enemigos están ahí, y aunque ellos mismos no lo quieran ni se lo imaginen, nuestro Padre Celestial se vale de ellos para fortalecer y consolidar nuestra fe.

Ser dueño de uno mismo significa que, con la gracia de Dios, nuestro espíritu y nuestra voluntad no se dejan llevar por las pasiones desordenadas, ni por diversos tipos de tribulación interior, ni por circunstancias adversas, ni por la influencia de otras personas o de los espíritus malignos. Mantener este señorío siempre supondrá un combate, pero el «dueño de la casa» —es decir, nuestro espíritu— está alerta y sabe que puede llegar un ladrón, por lo que se prepara debidamente. Como señores de nuestra casa, estamos bajo el señorío de nuestro Padre celestial, es decir, bajo su guía; por tanto, los enemigos y todo tipo de hostilidad no solo tendrán que enfrentarse a nosotros, sino que el Señor mismo será quien los venza con nuestra cooperación.

Por nuestra parte, es esencial permanecer vigilantes, una actitud que forma parte del equipamiento básico de la vida espiritual, para nunca dejarnos llevar y acabar perdiendo el dominio de nosotros mismos. Y, si alguna vez llegáramos a caer, es importante que volvamos inmediatamente a nuestra casa interior, una vez que hayamos puesto todo en orden ante el Señor.

Además, hay que aprender de las derrotas, reconociendo, por un lado, la misericordia con la que Dios nos levanta y, por otro, fijándonos en cuál fue nuestro punto débil, para proteger mejor nuestra casa y cerrar cualquier boquete.