«Yo soy tu fuente» (Palabra interior).
En todo momento podemos acudir a esta fuente, de la que siempre mana el agua de la vida divina para iluminar y sanar nuestra vida, para saciar nuestra sed de amor y de verdad. Como dijo Jesús a la samaritana junto al pozo de Jacob: «El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14).
Para todos los que vivimos en estado de gracia, este don de nuestro Padre celestial se hace realidad y da fruto siempre que lo buscamos y permanecemos en íntima comunión con Él. ¡Esta fuente es nuestra savia vital! Sin el agua que mana de ella, nos resecaríamos y quedaríamos privados de la verdadera vida, que ya no podría renovarse ni profundizarse. La vida se volvería árida. Buscaríamos sustitutos, pero nunca encontraríamos nada que pudiera reemplazar el agua viva que fluye del corazón de Dios hacia nosotros.
Dios mismo quiere saciar nuestra sed; Él mismo es el objeto de todo nuestro anhelo. Al beber de esta fuente, obtendremos la sabiduría y la fuerza necesarias para cumplir con la tarea que se nos ha encomendado. Solo si bebemos ininterrumpidamente de ella, el agua de la salvación podrá fluir también a través nuestro hacia otras personas. ¡Y ellas están tan necesitadas de esta agua!
El Señor nos lo dice claramente en el Evangelio: «Si alguno tiene sed, venga a mí; y beba quien cree en mí. Como dice la Escritura, de sus entrañas brotarán ríos de agua viva. Se refirió con esto al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él» (Jn 7,37b-39a).
Y nuestro Padre nos asegura en el Mensaje a la Madre Eugenia Ravasio: «Quiero abriros mi Corazón, del cual brotará una fuente refrescante que apagará la sed de todos los hombres».
¡Nuestro Padre es la fuente misma!
