Día 9: “Responsabilidad y docilidad a la Voluntad de Dios”

Hoy, en nuestro itinerario cuaresmal, se nos presenta primero una lectura del profeta Ezequiel (Ez 18,1-9). En ella, el Señor quiere clarificar una falsa concepción que evidentemente se tenía en el pueblo de Israel y que se expresaba en pensamientos y proverbios erróneos. «¿Por qué andáis repitiendo este proverbio en la tierra de Israel: “Los padres comieron el agraz, y los dientes de los hijos sufren la dentera”?» (v. 2).

El Señor deja claro que no quiere volver a escuchar tales palabras en Israel y que cada persona es responsable de sus propios actos: «Mirad: todas las almas son mías, el alma del padre lo mismo que la del hijo, mías son. El que peque es quien morirá» (v. 4). A continuación, Dios nos indica cómo debemos vivir para agradarle, y podemos resumirlo en el versículo 9: «El que se conduce según mis preceptos y observa mis normas, obrando conforme a la verdad, un hombre así es justo: vivirá sin duda».

Este pasaje nos ofrece una importante orientación también en la actualidad. Quizás a veces corremos el peligro de dar demasiado peso a las herencias intergeneracionales que podamos cargar con nosotros. Sería un grave error echarles la culpa de todas nuestras malas acciones y utilizarlas como excusa para justificar una vida contraria a la Ley de Dios.

Es cierto que el ambiente y la familia nos marcan profundamente. Podemos traer predisposiciones positivas o negativas para el camino de la vida. En caso de ser negativas, hay que trabajar arduamente, con la gracia de Dios, para dejar atrás los malos hábitos aprendidos en la infancia. En todo caso, seguimos siendo nosotros mismos responsables de lo que hacemos con nuestra vida o, mejor dicho, de lo que permitimos que nuestro Padre y Creador haga con ella si le escuchamos.

El Evangelio de hoy nos narra el admirable encuentro entre Jesús y una mujer cananea (Mt 15,21-28). Gracias al testimonio de las Sagradas Escrituras, conocemos a un Jesús que se apiada sin cesar de las necesidades de quienes acuden a Él. En varias ocasiones leemos en el Evangelio: «Sanaba a todos» (Lc 6,19).

En el pasaje de hoy, una mujer cananea se le acerca con gran aflicción: «¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio» (Mt 15,22). Inicialmente, Jesús no responde en absoluto, a pesar de que la mujer permanece detrás de él gritando angustiada. Entonces, los discípulos le ruegan que la atienda para que se vaya, pero el Señor subraya: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (v. 24). Con esta declaración, el caso podría haberse «cerrado» y el Señor podría haber seguido su camino con sus discípulos. Sin embargo, la mujer se postró ante Él y volvió a implorar su ayuda. Jesús sigue mostrándose reservado: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (v. 26). Pero entonces ella dio una respuesta desarmante e irresistible: «Es verdad, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos» (v. 27).

Jesús se deja tocar por estas palabras: «¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea conforme tú lo deseas». Y su hija quedó sana en aquel instante» (v. 28).

En este encuentro inusual, en el que Jesús termina reconociendo la gran fe de la mujer cananea, se rompe el marco habitual de la forma en que el Señor actúa. Desde el punto de vista judío, esta mujer era pagana, mientras que Jesús, como Mesías, tenía la conciencia de haber sido enviado a los hijos de Israel, tal y como subraya en un primer momento. Sin embargo, la gran fe de la mujer, que implora desesperadamente al Señor la liberación de su hija poseída, abre una puerta en esta situación, que ya permite entrever que la salvación que Jesús trae se extiende a todos los hombres. Se mantiene el orden: primero los hijos de Israel, pues ellos están preparados. No obstante, la voluntad salvífica de Dios es universal. Recordemos, en este contexto, el siguiente pasaje de los Hechos de los Apóstoles:

«Entonces Pablo y Bernabé dijeron con valentía [a los judíos]: “Era necesario anunciaros en primer lugar a vosotros la palabra de Dios, pero ya que la rechazáis y os juzgáis indignos de la vida eterna, nos volvemos a los gentiles”» (Hch 13,46).

Sin duda, el evangelio de hoy puede darnos una gran enseñanza práctica. En ciertas circunstancias, Dios puede llevarnos más allá de un marco previamente establecido. En el pasaje que hemos meditado, este marco se refiere a que, en un principio, la misión del Mesías se limitaba al pueblo de Israel, conforme al plan salvífico de Dios. Sin embargo, entonces entra en juego otra circunstancia que lleva a una ampliación de dicho marco. Es importante reconocerlo para poder responder en el Espíritu del Señor.

Algo similar puede sucedernos en el camino de seguimiento de Cristo. Veamos un ejemplo de cómo una intervención puede romper con nuestro marco habitual. Supongamos que nos encontramos en el transcurso normal de la vida, dentro del ámbito familiar y social. De pronto, surgen circunstancias que amplían nuestro horizonte, como una vocación religiosa. Este llamado transformará el rumbo de nuestra vida, aunque hasta ese momento haya sido buena. Esta nueva dimensión de la vida, que antes no habíamos visto, llama a nuestra puerta como la mujer cananea. Podríamos responder: «¡Pero si ya estoy en el camino de Dios!». Sin embargo, la voz del llamado no nos dará descanso hasta que la sigamos.

Por tanto, de las lecturas de hoy, recojamos las siguientes flores para que nos acompañen en nuestro itinerario cuaresmal:

  • Asumamos conscientemente la responsabilidad de nuestra vida ante Dios, independientemente de si tenemos predisposiciones hereditarias favorables o desfavorables.
  • Pidamos al Señor que siempre nos amplíe el horizonte y nos haga dóciles para saber integrar circunstancias nuevas e inesperadas en nuestro camino tras Él.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/no-tengo-otra-ayuda-fuera-de-ti/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/la-ley-y-los-profetas-2/

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