Hoy, en el sexto día de nuestro itinerario cuaresmal, llegan a nuestros oídos palabras reconfortantes. Dios mismo, que es nuestro pastor, nos asegura que se hará cargo de sus ovejas. Aunque las palabras del profeta Ezequiel en la lectura de hoy (Ez 34,11-16), en las que se manifiesta de forma especial la bondad divina, se dirigen en primer lugar al pueblo de Israel, también se extienden a todas las personas que viven en la dispersión. Que escuchen las palabras de consuelo del Señor:
«Yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él. Buscaré la oveja perdida, haré volver a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma; y conservaré a la que está gorda y robusta: a todas las pastorearé con justicia» (Ez 34,11.16).
Aquí nos encontramos con la voluntad salvífica de nuestro Padre, que no escatima esfuerzos para traer de vuelta a los hombres a su hogar. Él quiere consentirlos con su amor, apacentarlos en pastos fértiles y, como en la parábola del hijo pródigo, celebrar una gran fiesta cuando uno de ellos encuentra el camino de regreso a Él.
Debemos asimilar profundamente en nuestro corazón este amor que Dios tiene hacia todos los hombres. Así, se nos convierte en fuente de vida y en una esperanza capaz de sostenernos aun frente a tanto mal y extravío que vemos en el mundo y que aleja a las personas de Dios, llevándolas precisamente a la dispersión. Urge hablar a las personas de nuestro buen Padre, que desea dar sentido y hacer fructificar su vida en la tierra.
Además del anuncio del amor de Dios, que incluso tomó forma humana en su Hijo Jesucristo, el Evangelio de hoy nos presenta otra exigencia para ser auténticos discípulos suyos. El valor de nuestra fe debe manifestarse en las acciones concretas que denominamos «obras de misericordia». En el Juicio Final, al que estarán sometidos todos los pueblos, se nos pedirán cuentas de ellas. Así nos dice el Evangelio:
«Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos» (Mt 25,31-32).
En este pasaje se nos muestra que el Señor se identifica con los pobres hasta el punto de que todo lo que hagamos «por uno de estos hermanos más pequeños», se lo hacemos a Él. Se trata de una invitación magnífica, no solo para librarnos de una sentencia desfavorable en el juicio, sino para servir al mismo Señor a través de nuestro amor y cuidado hacia los pobres y necesitados, tal y como Él lo hace con nosotros. No en vano, Dios señala una y otra vez que el «verdadero ayuno» consiste precisamente en hacerse cargo de los más necesitados.
En este contexto, me gustaría contar una pequeña anécdota personal.
En 1998, viajé a Calcuta y, mientras visitaba la tumba de la Madre Teresa, le expresé una petición relacionada con este tema. Sabía que ella había servido a Jesús en los más pobres y necesitados y que este aspecto era esencial en la espiritualidad de su orden. En aquel entonces, esta perspectiva aún me resultaba un tanto ajena. Así que le pedí a la Madre Teresa que me ayudara a descubrir esta dimensión de la fe.
Después, visité uno de los hospicios que ella había fundado. Vi a muchos pobres y enfermos, y la verdad es que no sabía muy bien qué podía hacer por ellos, ya que ni siquiera entendía su idioma. Me sentía un poco impotente y desubicado. Entonces me dirigí a una de las ayudantes y ella me condujo hasta un hombre de aspecto demacrado. Quedamos en que yo podría darle un masaje. Me alegré de esta solución, porque es algo que sé hacer bien. Al principio, para mí era simplemente un masaje normal, pero luego la situación se transformó interiormente. Pude entender desde dentro las palabras del Señor en el evangelio de hoy: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). ¡La Madre Teresa había escuchado mi petición!
Hoy podemos establecer fácilmente una relación entre la lectura y el evangelio.
Nuestro Padre, como buen pastor, quiere colmar a todos los hombres de sus beneficios, tanto a nivel natural como sobrenatural. Al mismo tiempo, quiere que también nosotros lo hagamos con los demás, cada uno en el lugar donde ha sido colocado. De esta manera, asumimos en cierto modo una función de pastores para quienes más lo necesitan. Los hombres han de experimentar el amor de Dios a través de nuestro servicio. Y nosotros, por nuestra parte, comprendemos cada vez mejor que el amor de Dios quiere llegar especialmente a quienes más lo necesitan. Al servirles y mostrarles nuestro amor, también servimos y amamos a Dios.
Cuando meditamos la Palabra de Dios, sea el pasaje que sea, siempre nos encontramos ante el gran misterio del amor de Dios, que abarca todos los ámbitos y nos rodea constantemente. Dejarnos amar por Él, responder a su amor y compartirlo con los demás es una obra maravillosa a la que el Señor nos invita de forma especial en este tiempo de Cuaresma.
La flor de la meditación de hoy es interiorizar cómo Dios apacienta a sus ovejas como buen pastor y ponernos a su servicio ocupándonos de todas las personas que Él nos encomienda.
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/los-mandamientos-de-dios-son-sabios/
Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/juzgados-en-el-amor/
