Hoy, en el cuarto día de nuestro itinerario cuaresmal, el Señor, por medio del profeta Isaías, insiste una vez más en la importancia de actuar justamente con el prójimo y de cumplir sus mandamientos. Si lo hacemos, la verdadera paz podrá entrar en nuestra alma y sucederá tal y como nos asegura la lectura:
«Serás como huerto bien regado y como manantial perenne cuyas aguas jamás faltarán (…). Entonces tendrás tus delicias en el Señor y yo te elevaré sobre toda terrena altura» (Is 58,11b.14a).
En efecto, solo la recta conducta y el cumplimiento de los mandamientos de Dios traen la verdadera paz al hombre y le capacitan para convertirse, a su vez, en «instrumento de paz». Si vivimos en la gracia de Dios —o, en palabras del profeta Isaías, si somos un «huerto bien regado»—, entonces también daremos buenos frutos. En cambio, ¿cómo podría haber paz si, a causa del pecado, vivimos en contradicción interior y en oposición a Dios? Por eso, el llamado a la conversión siempre es prioritario, ya sea que nos hayamos desviado totalmente del camino, que no conozcamos a Dios o que hayamos descuidado el seguimiento de Cristo y no hayamos respondido lo suficiente a la gracia que se nos ha confiado.
El evangelio de hoy (Mc 6,47-56) nos presenta a Aquel a quien queremos seguir. Jesús se encuentra a orillas del mar de Galilea y ve cómo sus discípulos luchan arduamente contra el viento contrario. Entonces, se dirige a ellos caminando sobre el mar para ayudarlos. Inicialmente, los discípulos no lo reconocen y se asustan, pues creen que es un fantasma. Pero Jesús les dice: «‘Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo’. Y subió con ellos a la barca y se calmó el viento. Entonces se quedaron mucho más asombrados, porque no habían entendido lo de los panes, ya que su corazón estaba endurecido». (vv. 50b-52).
¿En qué consistía la dureza de corazón de los discípulos?
Justo antes de esta escena, habían sido testigos de la multiplicación milagrosa de los panes con la que Jesús sació a una gran muchedumbre (Mc 6,34-44). Este signo debería haberles bastado para comprender más profundamente la gloria del Señor y asimilarla en sus corazones como una verdad fundamental.
La luz que actuaba en su Maestro y Señor, para quien nada es imposible, quería iluminarlos. Pero esta luz se vio empañada por su incredulidad o falta de fe. Para decirlo con el lenguaje bíblico, «su corazón estaba endurecido». En los evangelios se insiste repetidamente en que el fruto que el Señor espera de nosotros a raíz de los signos y milagros que realiza es un aumento de nuestra fe. Sin duda, Jesús quiere encontrar una gran fe en nosotros.
¿Por qué la fe es tan importante? Las razones son diversas, pero hoy me gustaría enfocarme en una que puede dar alas a toda nuestra vida espiritual y a nuestra tarea misionera. Sabemos que Dios no escatima esfuerzos para conducir a los hombres de regreso a su hogar eterno y salvarlos de todos sus extravíos y miserias. Sin embargo, no lo hace solo. Además de todos sus ayudantes celestiales, nuestro Padre ha querido escoger a los hombres que aún viven en este mundo, como sus colaboradores. Cuanto más crean y confíen en Él, más fácil le resultará realizar su obra en ellos y a través de ellos.
La fe, como virtud teologal, es, por así decirlo, la puerta abierta por la que Dios puede entrar e incluirnos en su plan de salvación. Cuanto más fuerte sea la fe, mayores serán las obras que podrá realizar. Y estas obras deben volverse cada vez más naturales para los creyentes, pues la realidad divina no debe resultarnos ajena, sino que debemos actuar en ella y desde ella.
Cuando el Señor subió a la barca con sus discípulos, el viento se calmó con la misma naturalidad con la que los panes se habían multiplicado poco antes; con la misma naturalidad con la que, más tarde, los enfermos que acudían a Él serían curados.
«En cualquier lugar que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le suplicaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos» (v. 56).
¿Qué podemos extraer de estas breves reflexiones para nuestra vida?
Las buenas obras y la fiel observancia de los mandamientos del Señor —es decir, vivir en estado de gracia— permiten que Dios nos convierta en un «huerto bien regado», en un manantial de su gracia.
Una gran fe permite que las obras y la vida de Dios penetren en nosotros de tal manera que podamos participar naturalmente de la autoridad que Él nos transfiere. Esta fe nos libera de la ceguera del corazón, ya que descubriremos a Dios obrando por doquier, tanto en las cosas grandes como en las más sencillas. Cuanto más natural se nos vuelva, más podrá Dios actuar a través de nosotros y convertirnos en sus testigos. Entonces, también podrán acompañarnos signos y milagros. Sin pretender restar esplendor a la obra de Dios, sus manifestaciones se nos volverán naturales. Podemos y debemos contar con su intervención, ya sea en tiempos turbulentos con vientos contrarios, ya sea para sanar o ayudar a un enfermo, ya sea en momentos de angustia y tribulación personal.
Así pues, la flor de la meditación de hoy es la súplica a nuestro Padre para que nos sane de toda ceguera y podamos reconocer su gloria y actuar en ella.
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/8097-2/
Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/junto-a-jesus-buscar-a-los-pecadores/
