Día 37: “Ahora te seguimos de todo corazón”

Tras la alegría por la elección de la Santísima Virgen María, que celebramos ayer, nuestro itinerario cuaresmal nos presenta hoy la conmovedora oración de Azarías (Dn 3,25.34-45), uno de los tres jóvenes que, gracias a la intervención divina, salieron ilesos del horno ardiente.

Azarías, que vive en el destierro en Babilonia junto a su pueblo, expresa en primer lugar su profunda lamentación por haber perdido todo aquello que antes constituía el centro de su vida, al mismo tiempo que reconoce la culpa del pueblo: «Nosotros, ¡oh Señor!, hemos venido a ser la más pequeña de todas las naciones, y estamos hoy día humillados en toda la tierra por causa de nuestros pecados. No tenemos en este tiempo ni príncipe, ni caudillo, ni profeta, ni holocausto, ni sacrificio, ni ofrenda, ni incienso, ni lugar donde ofrecerte las primicias, y hallar gracia a tus ojos» (vv. 37-39a).
¡Qué importante es reconocer la realidad con tal profundidad! Israel siente las consecuencias de haberse alejado de Dios y se da cuenta de que él mismo lo ha provocado. En esta oración, no se acusa a nada ni a nadie por el sufrimiento y la desgracia que han sobrevenido al pueblo, sino que se reconoce la propia culpa de manera sencilla y sincera.

¿Dónde encontramos hoy en día una actitud así? Sin duda, es muy poco común, ya que cada vez se tiene menos conciencia de que tenemos que rendir cuentas a Dios por todas nuestras acciones. En consecuencia, tampoco se comprende la razón de fondo de los peligros que se ciernen sobre la Tierra. Y si ni siquiera los líderes de la Iglesia, que deberían señalar el camino recto en nombre de Dios, establecen debidamente la relación entre el pecado y sus consecuencias, el llamado a una verdadera conversión apenas resonará y quedarán solo unas pocas voces que den orientación.

En realidad, el camino que nos muestra Azarías es sencillo: reconocer nuestras culpas y volvernos al Señor con corazón contrito.

«Acepta, ¡oh Señor!, nuestra alma arrepentida y nuestro espíritu humillado, como un holocausto de carneros y toros, y millares de corderos cebados. Que éste sea hoy nuestro sacrificio ante ti y volvamos a serte fieles, porque los que en ti confían no quedarán avergonzados. Y ahora te seguimos de todo corazón, te tememos y buscamos tu rostro» (vv. 39-41).

Es la confianza en la bondad de Dios la que nos permite volver a recibir su gracia. Este paso nos fortalece interiormente, de modo que, con valor renovado y plena consciencia de nuestra debilidad, podremos decir como Azarías: «Ahora te seguimos de todo corazón».

Esto es lo que debería impulsarnos cuando hemos caído en el pecado, cuando hemos descuidado nuestro camino espiritual, cuando nos hemos preocupado más por nosotros mismos que por el Señor, cuando hemos prestado demasiada atención a las cosas mundanas e insignificantes o cuando hemos dejado pasar la oportunidad de realizar las obras de misericordia que se nos han presentado. Con el apoyo de la gracia divina, siempre podemos dar el primer paso o renovar nuestros propósitos. Así —y no me cansaré de repetirlo— no solo trabajamos por nuestra propia santificación, sino que, al corresponder mejor a nuestra vocación de ser luz del mundo (Mt 5, 14), servimos a la humanidad en general.

Hace dos días, en la meditación del 24 de marzo (https://es.elijamission.net/dia-35-daniel-y-los-leones/), invité a nuestra audiencia a unirse a nosotros en una oración para pedir al Señor que intervenga en la funesta guerra de Oriente Medio y ponga freno a la violencia injusta. Espero que muchos estén participando en esta oración y contrarrestando así esta destrucción.

Sin embargo, no debemos caer en ilusiones. Aunque se sofocara el fuego impuro de la violencia injusta y Dios se apiadara así de tantas personas, eso aún no significaría que los causantes y los afectados hayan llegado al reconocimiento de sus culpas y a la conversión que es tan necesaria. Hay que implorar de forma especial para que esto suceda; de modo que se haga realidad lo que Azarías oró en medio de las llamas del horno ardiente: «Ahora te seguimos de todo corazón».

En este sentido, también quisiera compartiros una oración por la verdadera paz, la única que puede cambiar realmente la situación en la Tierra. En efecto, solo cuando entendamos que los hombres nunca encontraremos la paz personal ni entre los pueblos mientras no vivamos según la voluntad de Dios, se abrirá la puerta que nos conducirá a la verdadera paz. Esta breve oración quiere servir precisamente a este fin:

«Amado Padre, te pedimos la paz que emana de tu Corazón para que toque y transforme los corazones de los hombres, y así tu Reino se extienda por toda la Tierra. ¡Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor! Amén».

Como flor de la meditación de hoy, propongámonos seguir al Señor de todo corazón y orar por la verdadera paz.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/la-fidelidad-del-senor/

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