Nuestro itinerario cuaresmal nos ha traído hoy hasta el así llamado «Primer Domingo de Pasión» y nos acerca cada vez más a la Semana Santa. Las confrontaciones y disputas entre los judíos hostiles y Jesús continúan y se vuelven cada vez más agresivas (Jn 8,46-59). Podemos constatar que el Señor se encuentra ante corazones obstinados, que simplemente no están dispuestos a abrirse a la verdad.
Ya habíamos considerado que ni las curaciones milagrosas, ni la resurrección de Lázaro ni la sabiduría que emanaba de la boca del Señor habían logrado convencer a los judíos. En este contexto, Jesús pronuncia estas palabras, en las que se percibe su lamento: «¿Quién de vosotros podrá acusarme de haber pecado? Si digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios escucha las palabras de Dios; por eso vosotros no las escucháis, porque no sois de Dios» (vv. 46-47).
Con estas palabras, el Señor nos da la clave para entender por qué los judíos hostiles estaban tan obstinados: no proceden de Dios ni sus pensamientos, palabras y acciones están guiados por Él. Por eso se cierran cada vez más, cuanto más les dice Jesús la verdad.
Echemos un vistazo a una explicación sobre el evangelio de hoy:
La disputa de Jesús con los judíos que se habían cerrado a su mensaje alcanza un primer clímax cuando éstos recogen piedras para tirárselas. No entienden —y probablemente no quieren entender— el lenguaje de Jesús. No se dan cuenta de que ante ellos está el Hijo de Dios, que no puede ser comprendido ni juzgado con criterios humanos, sino que hay que escucharlo, asimilar sus palabras, ver sus obras y, a partir de ahí, creer en Él por gracia de Dios. Los judíos se escandalizan particularmente cuando Jesús intenta revelarles su divinidad y hacerles ver que Él, el enviado del Padre eterno, existía desde antes de la Creación del mundo. Él existía antes de que Abrahán naciese; existe desde siempre.
El endurecimiento del corazón, acompañado del enceguecimiento de la mente, tiene graves consecuencias. Los enemigos de Jesús se obstruyen el camino para reconocer a Aquel que vino entre ellos para dar cumplimiento a las promesas de la Antigua Alianza. Si hubieran creído en él, ellos y sus descendientes habrían podido hacer suya la maravillosa profesión de fe que expresa la verdadera identidad de Jesús y la razón por la que vino al mundo, tal y como confesamos hasta el día de hoy los cristianos en el Credo niceno-constantinopolitano: Jesús es «Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho…».
Los judíos hostiles, en cambio, por rechazar su origen divino, llegaron al punto de afirmar que Jesús estaba poseído por un demonio. En los evangelios sinópticos encontramos esta misma acusación cuando sus adversarios afirmaban que Jesús expulsaba a los demonios con el poder de Beelzebul (Mt 12, 24; Mc 3, 22; Lc 11, 15). Esta es una inversión satánica de la verdad de que en Jesús se nos ofrece la salvación de Dios y de que Él da testimonio del amor del Padre. En todo lo que hace y dice, Jesús busca la gloria del Padre, pero es rechazado por aquellos que, debido a su posición y a su conocimiento de las Escrituras, debieron ser los primeros en reconocerle. Sin embargo, para reconocerlo es necesaria una verdadera relación con Dios. En los pasajes anteriores, Jesús ya había dejado claro por qué los judíos hostiles se habían cerrado a Él. En el pasaje de hoy, lo expresa de manera muy sencilla: no conocían a Dios.
Con la absurda acusación de que Jesús «está endemoniado» (v. 52), los judíos hostiles no solo muestran que su entendimiento se había ofuscado y que sus corazones habían dado cabida a malos pensamientos y sentimientos, sino que ellos mismos estaban bajo la influencia de los demonios, como pretendían decir del Hijo de Dios. Al fin y al cabo, era el «padre de la mentira» quien les obstruía la vista y los engañaba.
Debemos tener presente esta dimensión cuando intentamos transmitir el Evangelio y llevar a Jesús a las personas, sea de la manera que fuere. No solo nos enfrentaremos a la ignorancia o a la seducción del espíritu del mundo o de otras ideologías, sino también a la influencia de los espíritus del mal, que quieren mantener cautivas a las personas en sus errores. El apóstol San Juan afirma claramente en su primera carta: «Todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios. Ese es el espíritu del Anticristo, de quien habéis oído que va a venir y ya está en el mundo» (1Jn 4,3).
La influencia satánica se manifiesta de forma especial cuando alguien niega, relativiza o reinterpreta la filiación divina de Jesús. Por eso, es importante que nuestros esfuerzos por dar testimonio del Señor como luz del mundo estén respaldados por la oración contra los espíritus del mal, como, por ejemplo, la oración a san Miguel Arcángel.
La disputa de Jesús con los judíos alcanza hoy un triste punto culminante: «Entonces recogieron piedras para tirárselas» (v. 59). Pero aún no había llegado su hora. No se dejó apedrear, sino que se escondió y salió del Templo. Todavía no había terminado su misión de anunciar y sanar a las personas. La luz del mundo aún estaba entre ellas, para que los ciegos pudieran ver.
Como flor de la meditación de hoy, procuremos, además de trabajar por la evangelización, orar para debilitar la influencia de los espíritus malignos sobre las personas.
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Meditación sobre el evangelio del día (Parte I): https://es.elijamission.net/evangelio-de-san-juan-jn-1040-42-111-16-signos-y-milagros/
Meditación sobre el evangelio del día (Parte II): https://es.elijamission.net/evangelio-de-san-juan-jn-1117-27-yo-soy-la-resurreccion-y-la-vida/
Meditación sobre el evangelio del día (Parte III): https://es.elijamission.net/evangelio-de-san-juan-la-resurreccion-de-lazaro/
