Tras reflexionar sobre la figura de san José en el marco de nuestro itinerario cuaresmal, escuchamos hoy, tanto en la lectura (1Re 17, 17-24) como en el evangelio (Jn 11,1-45), el relato de la resurrección de un muerto. En el primer caso, se trata del profeta Elías, que resucita al hijo de la viuda que lo había acogido. Este milagro convenció plenamente a la viuda de que Elías era un profeta: «Ahora sé que eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor está en tu boca» (v. 24).
Así, se hizo realidad lo que debe suceder a raíz de un milagro así: la fe en la obra de Dios. Efectivamente, se podría decir que la resurrección de un muerto es la prueba visible de que Dios es el dueño de la vida y de la muerte, y de que solo un hombre que le pertenece puede obrar un milagro de tal magnitud. Sin embargo, por desgracia, no todos llegan a esta conclusión, como tenemos que constatar con dolor en diversos pasajes del Evangelio.
El evangelio de hoy también nos narra la resurrección de un muerto. En este caso se trata de Lázaro, cuya historia nos resulta tan familiar. Previamente al pasaje de hoy, el evangelista san Juan nos dice que cada vez más personas creían en Jesús (cf. Jn 10,42). Su testimonio y los signos que realizaba eran tan poderosos que las personas que no le habían cerrado su corazón quedaban convencidas. Y ahora se sumaba el gran acontecimiento de la resurrección de Lázaro.
Con este signo, el Señor realizaría una vez más un extraordinario milagro que dejaría patente su condición de Hijo de Dios, de modo que todos los que lo presenciaran deberían haber reconocido con absoluta claridad que no podía sino ser obra de Dios.
Pero antes de resucitar a Lázaro, Jesús explicó a sus discípulos que su enfermedad no conduciría a la muerte, sino que debía servir para la gloria de Dios. Es importante comprender que los milagros físicos no son solo una manifestación de la compasión amorosa de Dios hacia las personas en su necesidad, sino que ante todo tienen por objeto despertar la fe en Jesús. Por tanto, la gloria de Dios está en primer plano, ya que, al creer en su Hijo, los hombres lo glorifican y se alcanza así el objetivo primordial y esencial de la venida de Jesús al mundo.
Pensemos en la difícil situación en la que se encontraba el Señor. Fue enviado a los hombres para que creyeran en Él, porque esta fe los salvaría. El Padre celestial acreditaba a Jesús mediante los signos y prodigios que realizaba. Jesús mismo apeló a ellos como testigos suyos: «Creed en las obras, aunque no me creáis a mí» (Jn 10,38).
Al recibir noticia de la enfermedad de Lázaro, Jesús regresó a Judea a pesar de que su vida corría peligro allí. Aunque en ocasiones el Señor se había retirado para sustraerse de ataques concretos contra su vida, siempre llevaba a cabo su misión sin vacilar, aun en las condiciones más difíciles. Posteriormente, muchos discípulos y misioneros actuaron igual que su Señor. ¡Basta con pensar en el apóstol Pablo y las incontables persecuciones que afrontó!
Para llegar ahí, hace falta una decisión fundamental: No hay nada más importante que la misión encomendada por el Señor. Ésta está en primer plano, hasta el punto de que todo lo demás debe someterse a esta jerarquía de valores.
Así, Jesús se puso en camino con sus discípulos hacia la casa de Lázaro y de sus hermanas, alegrándose de que su fe se volviera más profunda al presenciar el extraordinario signo de la resurrección de Lázaro. El deseo de Jesús no es solo despertar la fe de los que aún no creen, sino también fortalecer la de aquellos que ya le siguen. Por eso dice: «Me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis.»
Este sigue siendo el deseo del Señor hasta el día de hoy. No se trata solo de despertar la fe, sino de que esta fe conduzca a las personas por un camino que las llene cada vez más del Espíritu de Dios, de modo que el Señor pueda obrar más y más en ellas. En efecto, su obra debe seguirse realizando. También en estos tiempos, el anuncio junto con los signos que lo acompañan debe servir para la gloria de Dios. Aunque no pudiéramos presenciar signos palpables en la evangelización actual (que, sin duda, siguen produciéndose en abundancia), los milagros de Jesús atestiguados por los evangelios siempre pueden fortalecer nuestra fe.
De hecho, la resurrección de Lázaro dio grandes frutos, pues el evangelio concluye diciendo: «Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que hizo Jesús, creyeron en él» (v. 45).
Por otro lado, conocemos las consecuencias que este signo tuvo en aquellos que habían endurecido sus corazones hacia Jesús y no estaban dispuestos a dejarse convencer: «Desde aquel día decidieron darle muerte» (Jn 11,53). En esto vemos que ni siquiera una intervención tan evidente de Dios, destinada a despertar la fe en los hombres, produce siempre los frutos previstos. Se trata de un asunto triste que se repite una y otra vez tanto en las Sagradas Escrituras como en las vidas de los santos. En casos extremos, incluso se sospechaba que los milagros innegables eran obra de Satanás. Uno puede preguntarse: ¿qué más puede hacer el Señor en tales circunstancias?
Nuestro consuelo es que el Padre celestial no cesará de cortejar a los hombres con su amor. También seguirá obrando milagros para manifestar este amor, tratando de despertar la fe en quienes no creen y de afianzarla en los creyentes.
Aunque a veces se dice que quien cree no necesita milagros y, bajo esta premisa, se tiende a menospreciar los signos que Dios sigue obrando hasta el día de hoy, no debemos dejarnos llevar por tales puntos de vista. Cada milagro que el Señor realiza, incluso en el plano visible, es una manifestación de su amor y debemos verlo como tal, acogerlo con gratitud en nuestra vida y acrecentar nuestra fe.
Como flor de la meditación de hoy, seamos agradecidos por los signos y milagros de Dios y permitamos que éstos fortalezcan nuestra fe.
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Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/no-habia-llegado-su-hora-2/
