Día 27: “San Abraham y su sobrina, Santa María”

Puesto que el evangelio de hoy relata nuevamente la purificación del Templo, y ya habíamos desarrollado este tema el séptimo día de nuestro itinerario cuaresmal (https://es.elijamission.net/dia-7-purificacion-del-templo-interior-y-exterior/), he decidido dedicar la meditación de hoy a dos santos cuya fiesta se celebra el 16 de marzo: san Abraham de Edesa (Mesopotamia) y su sobrina María.

Desde muy joven, Abraham anhelaba una vida en soledad con Dios, por lo que pidió permiso a sus padres para ser ermitaño. Sin embargo, sus padres ya habían elegido a una joven que, en su opinión, era digna de él, para que fuera su esposa. Con gran pesar, Abraham les obedeció. La leyenda cuenta que, tras la boda, le comunicó a su mujer su decisión de vivir en abstinencia permanente. Después, se marchó en secreto y se encerró en una celda solitaria situada aproximadamente a una hora de la ciudad de Edesa.

El llamado de Dios a la soledad era tan fuerte que todos los intentos de su familia por devolverlo a su esposa fueron en vano. Amuralló su celda, dejando solo una pequeña ventana por la que recibía lo necesario para vivir.

Entonces, se dedicó a una vida muy ascética y entregada a Dios durante cincuenta años. Cuando sus padres murieron, le dejaron una gran fortuna que entregó a un amigo piadoso para que la distribuyera entre los pobres y huérfanos. Entretanto, la fama de su santidad se extendía y la gente acudía de todas partes para verlo y escuchar sus sermones, llenos de unción, sabiduría y gracia.

Por aquel entonces, cerca de Edesa había una pequeña pero muy poblada ciudad cuyos habitantes aún practicaban la idolatría. Ninguno de los misioneros que habían sido enviados allí había logrado encender la luz del Evangelio en aquella densa oscuridad y el único fruto que cosecharon de su labor había sido sufrir miles de maltratos. El obispo de Edesa, que siempre había tenido el gran deseo de que aquella comarca se convirtiera, decidió realizar un nuevo intento. Por ello, fijó su mirada en Abraham, que gozaba de gran fama de santidad. A pesar de su resistencia, lo ordenó sacerdote y le encomendó la misión de anunciar el Evangelio a este rebaño descarriado. Mientras se dirigía allí, el santo encomendó su tarea a la protección divina.

Al acercarse a la ciudad, vio cómo se elevaba el humo de los sacrificios a los ídolos. Entonces derramó muchas lágrimas por la ceguera del pueblo y redobló sus fervientes oraciones. Apenas llegó, comenzó a predicar el mensaje de Jesús, pero nadie quería escucharlo. Pero eso no lo desanimó, y por más que los paganos lo maltrataran y lo ahuyentaran, él regresaba cada vez con el mismo fervor.

Así transcurrieron tres años. Finalmente, la paciencia y mansedumbre de Abraham conmovieron a los idólatras. Reflexionaron sobre la actitud de aquel hombre, que les parecía incomprensible, y concluyeron que debía de actuar movido por la inspiración divina. Poco a poco, todos renunciaron a sus supersticiones y pidieron el bautismo. Durante un año entero, Abraham se dedicó a fortalecerlos en la fe; luego, dejó a fervientes ministros a su cargo y regresó a su celda.

Cuando murió el hermano de Abraham, dejando atrás a una hija muy joven llamada María, el santo se hizo cargo de ella y construyó una cabaña junto a la suya para introducirla en una vida piadosa. María aceptó de buen grado su formación y comenzó a llevar una vida virtuosa y ejemplar de penitencia. Sin embargo, luego llegó un hombre que se hizo pasar por monje y fingió haber venido para pedir consejo a Abraham. Entonces sedujo a María, induciéndola a la impureza.  Al principio, María no encontró el camino de vuelta a Dios, cayó en la desesperación, se trasladó a otra ciudad y se entregó a una vida pecaminosa.

Abraham, que no sabía qué había sucedido con su sobrina, lloró su desgracia con amargas lágrimas y suplicó a Dios en constantes oraciones para que se convirtiera. No fue hasta dos años después cuando supo dónde se encontraba. Entonces se puso en camino, disfrazado, y solo se dio a conocer una vez que estuvo a solas con ella. Le dijo: «María, hija mía, María, ¿me reconoces? ¿Qué ha pasado con el manto angélico de tu virginidad? ¿Cómo has caído en el abismo del vicio, amada hija mía? ¿Por qué no me confesaste tu caída?. Te habría ayudado a volver a la gracia de Dios».

Y, con delicadeza, siguió animándola: «No te desesperes, yo asumiré tus pecados. ¡Solo créeme y vuelve a tu soledad! No hay nada vergonzoso en ser derribado en la lucha, pero es deshonroso no volverse a levantar. Ahuyenta la desconfianza, pues todos los hombres pueden caer; es una consecuencia de su debilidad natural. Piensa solo en pedir el auxilio de la gracia divina. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva».

Estas palabras conmovieron tanto a María que volvió con su tío a su vida de soledad con Dios. Pasó los últimos quince años de su vida practicando fervorosamente todas las virtudes. Dios aceptó con agrado su penitencia y, tres años después de su conversión, le concedió incluso el don de hacer milagros. Finalmente, murió la muerte de los justos. San Efrén, que vio su cuerpo antes de ser enterrado, declaró que su rostro resplandecía de gloria y que, sin duda, una multitud de ángeles había llevado su alma a las moradas eternas.

San Abraham vivió otros cinco años en su ermita y se dice que ocurrían milagros con solo tocar sus ropas.

El nombre de Santa María figura en el calendario griego, mientras que el de Abraham aparece no solo en el griego, sino también en los calendarios latino y copto.

Ahora bien, ¿qué enseñanza podemos extraer de esta maravillosa historia para nuestro itinerario cuaresmal? Cuando el Señor llama, la vocación debe anteponerse a todo lo demás para que surja una gran fecundidad. Si servimos al Señor en la evangelización, debemos ser perseverantes e imitar la paciencia y mansedumbre de san Abraham. Si vemos que alguien se está desviando del camino de la virtud e incluso está en peligro de perder su vocación, debemos luchar espiritualmente por esa persona. Finalmente, si caemos en nuestro camino de seguimiento del Señor y sufrimos una derrota en el combate que este conlleva, debemos volvernos a levantar y confiar en la misericordia de Dios.

La flor que recogemos hoy es orar con perseverancia por aquellos que han caído en la esclavitud del pecado.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/viene-un-tiempo-de-regocijo/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/dar-el-sitio-adecuado-a-los-signos-y-milagros-2/

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