Ya hemos atravesado más de la mitad de nuestro itinerario cuaresmal y nos acercamos cada vez más a la Semana Santa. El cuarto domingo de Cuaresma es un domingo de alegría (Laetare, en latín). El sacerdote puede utilizar paramentos color rosa para destacar el carácter alegre de este día.
El evangelio de hoy (Jn 6, 1-15) nos presenta la conocida historia de la multiplicación milagrosa de los panes y los peces. La multitud había escuchado la predicación de Jesús y, al final, Él quiso alimentarlos y mostrarles la providencia y la gloria de Dios mediante este signo. Así sucedió, y no solo se saciaron todos, sino que además sobraron doce cestos. El Evangelio testifica que eran cinco mil hombres (v. 10).
Este milagro fue motivo para que la gente alabara a Jesús como el profeta esperado: «Este es verdaderamente el Profeta que viene al mundo» (v. 14). Sin embargo, sacaron una conclusión errónea, como sugiere la Escritura: «Jesús, conociendo que estaban dispuestos a llevárselo para hacerle rey, se retiró otra vez al monte él solo» (v. 15).
Jesús no vino al mundo para establecer un reinado terrenal, sino que, como Él mismo testificaría posteriormente ante Pilato, su Reino no es de este mundo (Jn 18,37). No obstante, Él es el Rey, y de hecho celebramos en la Iglesia la Solemnidad de su realeza.
Para reflexionar sobre el Reinado del Señor, escucharemos hoy algunos pasajes de la encíclica del papa Pío XI sobre la Fiesta de Cristo Rey, promulgada el 11 de diciembre de 1925 bajo el título Quas primas.
El papa comienza señalando dos puntos esenciales con los que introduce su carta circular:
1) La causa más profunda de todos los males que han invadido la Tierra es el alejamiento de los hombres de Jesucristo y su ley.
2) El remedio es «buscar la paz de Cristo en el reino de Cristo» (n. 1).
Más adelante, Pío XI declara en su encíclica:
«Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así, se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia cuanto porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad. Se dice también que reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en El la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres porque, con su supereminente caridad y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie —entre todos los nacidos— ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús» (n. 6).
A continuación, el Papa cita numerosos pasajes del Antiguo Testamento que predicen el reinado de Cristo y, después, expone esta doctrina basándose en el Nuevo Testamento:
«Esta misma doctrina sobre Cristo Rey que hemos entresacado de los libros del Antiguo Testamento, tan lejos está de faltar en los del Nuevo que, por lo contrario, se halla magnífica y luminosamente confirmada.
En este punto, y pasando por alto el mensaje del arcángel, por el cual fue advertida la Virgen que daría a luz un niño a quien Dios había de dar el trono de David su padre y que reinaría eternamente en la casa de Jacob, sin que su reino tuviera jamás fin (Lc 1,32-33), es el mismo Cristo el que da testimonio de su realeza, pues ora en su último discurso al pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas perpetuamente a los justos y a los réprobos; ora al responder al gobernador romano que públicamente le preguntaba si era Rey; ora, finalmente, después de su resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se atribuyó el título de Rey (Mt 25,31-40) y públicamente confirmó que es Rey (Jn 18,37), y solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt 28,18). Con las cuales palabras, ¿qué otra cosa se significa sino la grandeza de su poder y la extensión infinita de su reino? Por lo tanto, no es de maravillar que San Juan le llame Príncipe de los reyes de la tierra (Ap 1,5), y que Él mismo, conforme a la visión apocalíptica, lleve escrito en su vestido y en su muslo: Rey de Reyes y Señor de los que dominan (Ibíd., 19,16). Puesto que el Padre constituyó a Cristo heredero universal de todas las cosas (Heb 1,1), menester es que reine Cristo hasta que, al fin de los siglos, ponga bajo los pies del trono de Dios a todos sus enemigos (1Cor 15,25)» (n. 9).
Por tanto, Nuestro Señor Jesucristo es Rey en el sentido pleno de la palabra. Su dominio no solo abarca la mente, la voluntad y el corazón de los fieles, sino que todos deberían dar testimonio de su reinado también en el ámbito público. Esto traería la verdadera paz a la humanidad. Con justa razón, el Papa Pío XI afirma en su encíclica:
«En cambio, si los hombres, pública y privadamente, reconocen la regia potestad de Cristo, necesariamente vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios, como justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia» (n. 17).
Mientras cito estas conmovedoras palabras del Papa, me encuentro en Jerusalén, en medio de una nueva guerra en Oriente Medio. Mientras Israel se ve atacado por frecuentes lanzamientos de misiles por parte de Irán y Hezbolá, y mientras Israel, aliado con Estados Unidos, bombardea a Irán, no puedo evitar pensar que todo esto no sucedería si los hombres reconocieran el reinado de Cristo y lo siguieran. Si los corazones de los hombres se sometieran al suave dominio del Espíritu Santo, se erradicarían las causas de las guerras.
Así pues, concluyo la meditación de hoy con una última cita del papa Pío XI, cuya encíclica nos ha acompañado en este domingo de alegría, y me uno a su esperanza:
«Si el reino de Cristo abrazase de hecho a todos los hombres, como los abraza de derecho, ¿por qué no habríamos de esperar aquella paz que el Rey pacífico trajo a la tierra, aquel Rey que vino para reconciliar todas las cosas (Col 1,20); que no vino a que le sirviesen, sino a servir (Mt 20,28); que siendo el Señor de todos, se hizo a sí mismo ejemplo de humildad y estableció como ley principal esta virtud, unida con el mandato de la caridad; que, finalmente dijo: ‘Mi yugo es suave y mi carga es ligera’ (Mt 11,28)» (n. 19).
Como flor de esta meditación, imploramos que el reino de Cristo se extienda por toda la Tierra.
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Meditación sobre el evangelio del día (Parte I): https://es.elijamission.net/evangelio-de-san-juan-jn-91-12-la-curacion-de-un-ciego-de-nacimiento/
Meditación sobre el evangelio del día (Parte II): https://es.elijamission.net/evangelio-de-san-juan-jn-913-23-es-un-profeta/
Meditación sobre el evangelio del día (Parte III): https://es.elijamission.net/evangelio-de-san-juan-jn-924-41-los-ciegos-ven-los-que-ven-se-enceguecen/
