Día 2: “En la escuela de la oración”

Tras haber atravesado la puerta del Miércoles de Ceniza, la liturgia tradicional nos presenta hoy un relato del profeta Isaías. Este fue enviado para transmitir una triste noticia al rey Ezequías, que estaba enfermo de muerte: «Esto dice el Señor: Haz testamento, porque vas a morir; no vivirás» (Is 38,1b).

El rey se conmovió profundamente con este mensaje, pues evidentemente no estaba aún preparado para morir. Quizá recordaba las promesas de una larga y dichosa vida para quienes guardaban la alianza. Su dolor debió de ser aún mayor al saber que tendría que morir sin dejar un heredero al trono. Así continúa el relato:

«Ezequías volvió su rostro a la pared y oró al Señor. Dijo: ‘¡Oh, Señor! Dígnate recordar que me he conducido en tu presencia con fidelidad y corazón perfecto, haciendo lo que es recto a tus ojos.’ Y Ezequías estalló en un copioso llanto» (vv. 2-3).

En su angustia, el rey suplicó a Dios con la conciencia tranquila. Estaba seguro de la sinceridad de su relación con Dios, pues había vivido haciendo lo que es grato a sus ojos, y así pudo expresarlo en su oración. Evidentemente, era verdad lo que decía, porque Dios no le reprendió como si hubiera afirmado algo falso y hubiera vivido en un autoengaño. Al contrario, su súplica recibió una reconfortante respuesta de Dios:

«Entonces le fue dirigida a Isaías la palabra del Señor, diciendo: ‘Vete y di a Ezequías: Esto dice el Señor, Dios de tu padre David: He oído tu plegaria, he visto tus lágrimas y voy a curarte (…). Añadiré quince años a tus días. Te libraré a ti y a esta ciudad de la mano del rey de Asiria, y ampararé a esta ciudad’» (vv. 4-6).

Dios escuchó la oración suplicante del rey. Era la plegaria de un corazón sincero que, por haber vivido conforme a la voluntad del Señor, tuvo el valor de hablar así con su Creador. Dichoso el que puede dirigirse así al Padre Celestial, sin por ello justificarse a sí mismo. Esa debe ser la gran diferencia con los fariseos del Nuevo Testamento a quienes Jesús reprocha como «hipócritas».

¿Cómo podemos describir esta forma de oración? ¿Quizá como una oración humilde con la conciencia tranquila? No se trata de una exigencia ni de un «derecho» que Ezequías reclama a cambio de su recta conducta, sino de la hermosa y conmovedora oración de un rey. Si intentamos de todo corazón vivir de cara a Dios y hacer lo que es justo a sus ojos, también nosotros podremos adoptar confiadamente esta manera de orar. En el Nuevo Testamento nos encontramos con san Pablo, que con la conciencia tranquila por haber llevado una vida agradable a Dios, se prepara para la muerte y puede afirmar:

«He peleado el noble combate, he alcanzado la meta, he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la merecida corona que el Señor, el Justo Juez, me entregará aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que han deseado con amor su venida» (2Tim 4,7-8).

¡Dichoso el hombre que puede entrar así en la eternidad!

En el evangelio de hoy, nos encontramos con otro maravilloso ejemplo de oración acompañada de una gran fe (Mt 8,5-13). Se trata de un centurión romano que acude a Jesús para pedirle que cure a uno de sus criados, que yacía paralítico y con fuertes dolores. Jesús le asegura que irá a curarlo. En este centurión romano, el Señor encuentra una actitud de humildad y, a la vez, una fe firme, pues le dice: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Pero basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano» (Mt 8,8).

Jesús se admira de la gran fe del centurión y dice a los que le seguían: «En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Y os digo que muchos vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob» (v. 10-11). Con estas palabras, Jesús anunciaba que muchos paganos entrarían en el Reino de Dios.

Las maravillosas palabras del centurión romano incluso han sido adoptadas en la santa liturgia de la Iglesia, aunque con ligeras modificaciones. En el rito tradicional, justo antes de recibir la Santa Comunión, confesamos tres veces: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme».

¡Y cuán cierto es! Con la humildad del centurión, podemos reconocer que no somos dignos de recibir a Jesús en la Santa Eucaristía. Sin embargo, su fe nos asegura que una sola palabra que sale de la boca de Dios basta para sanarnos.

¿Qué podemos extraer del encuentro de hoy con el rey Ezequías y con el centurión en Cafarnaún para nuestro itinerario hacia la Pascua?

Si nos fijamos en el rey Ezequías y en el apóstol Pablo, su ejemplo debe animarnos a dirigir nuestras súplicas y peticiones al Señor con un espíritu de íntima amistad con Él. Si recorremos sinceramente el camino en pos de Cristo, a pesar de todas nuestras debilidades y errores, entonces somos amigos de Dios y podemos apelar a esta amistad.

Si nos fijamos en el centurión, vemos que la humildad puede ir de la mano de una fe tan fuerte que incluso sorprende al Señor.

Y, si nos fijamos en el Señor, nos encontramos con el amor de Dios, que quiere sanar a los hombres y los trata con gran sabiduría.

Por tanto, la flor de la meditación de hoy es ofrecer al Señor nuestras súplicas y peticiones con humildad, amistad y gran fe.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/elegir-la-vida-es-elegir-a-dios-3/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/la-verdadera-vida/

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