Día 16: “Un corazón que confía en Dios y le pertenece”

Hoy, en el decimosexto día de nuestro «retiro cuaresmal», el profeta Jeremías nos recuerda de manera inequívoca en quién debemos confiar y en quién no: «Así dice el Señor: Maldito el que confía en el hombre y hace de las criaturas su apoyo, y aparta su corazón del Señor» (Jer 17,5). Se trata de una exhortación similar a la que encontramos en otro valioso dicho de los Salmos: «No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar» (Sal 148,3).

En efecto, es una necedad buscar en las personas la seguridad que solo Dios puede darnos. Es un indicio de que la fe aún no ha calado suficientemente hondo en nosotros. Por eso seguimos buscando falsas seguridades que, en última instancia, suponen una gran carga para nuestra vida y, en cierto modo, nos mantienen cautivos. El profeta Jeremías expresa esta realidad en términos contundentes y llega a decir que es «maldito» el hombre que actúa así, ya que aparta el corazón del Señor. De hecho, puede convertirse en una especie de maldición, porque, por un lado, nunca obtendremos esa seguridad que buscamos en las personas y, por otro, no acudimos al Señor y nos privamos así de su ayuda para superar situaciones de amenaza. Seguirá siendo así mientras no lo reconozcamos y nos pongamos en camino hacia Dios.

Por desgracia, no se trata de un asunto secundario, ya que, por ejemplo, los miedos derivados de la falta de confianza en Dios pueden extenderse a todos los ámbitos de nuestra vida e incluso convertirse en acompañantes constantes, aunque indeseados. Aun cuando nuestro corazón no se aparte completamente del Señor, se cumple en cierta medida lo que Jeremías explica a continuación: el hombre que busca en las criaturas su apoyo «es como el tamarisco en la Arabá, y no verá el bien cuando viniere. Vive en los sitios quemados del desierto, en saladar inhabitable» (v.6).

La situación cambia cuando nos abandonamos por completo en el Señor y depositamos toda nuestra confianza en Él. Entonces no solo seremos capaces de superar los miedos que nos acechan y las situaciones que nos amenazan, sino que nos asemejaremos a un «árbol plantado a las orillas del agua, que a la orilla de la corriente echa sus raíces. No temerá cuando viene el calor, y estará su follaje frondoso; en año de sequía no se inquieta ni se retrae de dar fruto» (v. 8).

Así, las palabras de Jeremías nos invitan enfáticamente a confiar sin reservas en el Señor, para que los torrentes de su gracia impregnen nuestras vidas y nuestros corazones le pertenezcan por completo. Entonces, pase lo que pase, el hombre que confía en Dios podrá afrontarlo todo en Él, porque el Señor responderá a su confianza con su presencia, dándole la verdadera seguridad y fecundidad que le permitirán vivir despreocupado. Más bien, habrá aprendido a entregarle todas sus preocupaciones a Dios (cf. 1Pe 5,7).

Jeremías sigue hablando sobre el importante tema del corazón humano y nos transmite esta palabra del Señor: «El corazón es lo más retorcido, no tiene arreglo: ¿quién lo conoce?» (v. 9).

A primera vista, tal afirmación parece una realidad sin salida y, de hecho, refleja la experiencia del corazón humano. Jesús también nos dice sin tapujos que «del corazón proceden los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las blasfemias. Estas cosas son las que hacen impuro al hombre» (Mt 15,19-20).

Para crecer espiritualmente, conviene que hagamos frente a esta realidad y que anhelemos y procuremos urgentemente la conversión de nuestro corazón. El último versículo de la lectura de Jeremías sugiere el camino que debemos emprender para conseguirlo, pues deja claro: «Yo, el Señor, exploro el corazón, pruebo los riñones, para dar a cada cual según su camino, según el fruto de sus obras» (v. 10).

Dios conoce nuestro corazón hasta sus últimas profundidades, que ni siquiera nosotros mismos podemos escudriñar. Por tanto, aquí se nos señala de dónde nos vendrá el auxilio. Debemos confiar nuestro corazón al Padre celestial. Hemos de presentarle todo lo oscuro que detectemos en él y pedirle que el Espíritu Santo toque esas sombras para que se desvanezcan. Además, le pedimos que ilumine con su luz toda la oscuridad que aún llevamos dentro y nos la haga ver, si eso es importante para el camino de transformación del corazón.

Sin miedo y con gran confianza en la misericordia de Dios, podemos emprender este camino tan esencial para que nuestro corazón se vuelva completamente libre y receptivo al Señor. Este proceso es muy importante para toda nuestra vida de fe, pues nuestro corazón ha de convertirse realmente en un corazón nuevo, capaz de amar y cada vez más lleno de la pureza de nuestro Señor.

Además, también resulta fundamental para nuestro testimonio cristiano. Las personas han de percibir cómo Dios nos transforma, de modo que nuestro testimonio de vida sea convincente y las palabras que les anunciamos estén respaldadas por nuestro modo de vivir.

Así pues, como flor de la meditación de hoy, le pedimos al Señor que nos conceda un corazón nuevo, lleno de confianza en Él y que le pertenezca sin reservas.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/retorcido-es-nuestro-corazon/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/la-existencia-de-los-pobres-nos-invita-a-hacer-el-bien-3/

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