En el decimoquinto día de nuestro itinerario cuaresmal, me encuentro en Jerusalén escribiendo esta meditación bajo la sombra de las acciones bélicas entre Estados Unidos, Israel e Irán. La mañana del 28 de febrero de 2026 comenzó un bombardeo de Irán bajo el nombre de «Operation Roaring Lion» («Operación León Rugiente»). Irán respondió con lanzamientos de misiles que fueron anunciados con sirenas en gran parte de Israel, incluida Jerusalén.
La lectura de hoy, tomada del Libro de Ester (13, 8-11.15-17), atestigua la omnipotencia de Dios, y el Evangelio (Mt 20,17-28) habla del reinado de Cristo.
El contexto de la lectura es que el rey persa Asuero, influenciado por Amán, el segundo al mando, estaba a punto de llevar a cabo la exterminación de todos los judíos en su reino. En su gran aflicción, Mardoqueo, un judío ilustre que servía en el palacio, elevó esta súplica a Dios:
«Señor, oh Señor rey omnipotente, de tu potestad dependen todas las cosas, y no hay quien resista a tu majestad. Tú hiciste el cielo y la tierra, y todo cuanto el ámbito de los cielos abraza. Tú eres el Señor de todas las cosas, y no hay quien resista a tu Majestad. Por tanto ahora, oh Señor, Rey de reyes, oh Dios de Abrahán apiádate de tu pueblo; pues nuestros enemigos quieren perdernos y acabar con tu heredad. No menosprecies tu posesión, este pueblo rescatado por ti de Egipto. Escucha mis súplicas, y muéstrate propicio a una nación que has escogido por herencia tuya, y convierte nuestro llanto en gozo, para que viviendo alabemos, oh Señor, tu santo Nombre; y no cierres las bocas de los únicos que cantan tus alabanzas».
Aquí se alaba la omnipotencia de Dios, capaz de valerse de cualquier situación en favor de su pueblo cuando este le invoca sinceramente. Con esta certeza de fe, Mardoqueo se dirige al Señor y, mediante su oración confiada, anticipa la solución a la situación desesperada de los judíos. ¡Que Dios intervenga, que Dios salve, que Dios se apiade, que Dios convierta el llanto en gozo, que Dios recuerde su elección, para que su pueblo siga alabando sus obras!
Conocemos oraciones así, llenas de poder y confianza, que invocan a Dios en su omnipotencia, a la que nada ni nadie puede resistir. Son oraciones que nuestro Padre atiende y le agradan porque expresan la realidad. En lugar de caer en desesperación, los amenazados, que carecen de cualquier posibilidad humana para escapar del peligro, se confían a la omnipotencia del Padre celestial. ¡Y con razón! Dios es el Señor de todo y nada ni nadie puede resistirse a Él.
Pero, ¿de qué manera quiere Dios establecer su soberanía absoluta en la Tierra?
El Evangelio nos da la respuesta: Dios envía a su Hijo, dotado de todo el poder de la divinidad, que se hace hombre. Sin embargo, Él no viene al mundo con la pompa de un príncipe humano ni establece visiblemente su reino. Al contrario, instruye así a sus discípulos:
«Sabéis que los que gobiernan las naciones las oprimen y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos» (Mt 20,25-28).
El reinado de Dios en la Tierra es, por tanto, totalmente distinto al poder y la magnificencia externos. Es un reinado que quiere establecerse en los corazones de las personas. Estas han de conocer su amor servicial, que no por ello deja de ser todopoderoso. El ministerio público del Señor estuvo acompañado de incontables signos y milagros: sanaba a los enfermos y liberaba a los poseídos, acreditando así su filiación divina y glorificando al Padre celestial. Jesús no recurre a la violencia para llevar a las personas a la fe. Su arma es el inagotable amor que nos llega del corazón del Padre y que fluye hacia nosotros a través del suyo. Se trata de un reino distinto, un reino que no es de este mundo, como testifica Jesús ante Pilato (Jn 18, 36). «Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes», como proclama la Virgen María en su cántico de alabanza (Lc 1,52).
Sin descartar el uso legítimo y necesario de la fuerza armada en el mundo, que debe servir para defenderse de un mal, debemos saber que el reino al que servimos cuando seguimos a Cristo es distinto. Nos llama al servicio del amor. Nuestro Señor nos dice: «Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra. Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,5.9).
Así que hoy, ante la enemistad entre Israel e Irán, que ahora se manifiesta concretamente en acciones bélicas, quiero invitaros a rezar por la verdadera paz. ¡Cuánto desearía que hubiera otra forma de resolver los conflictos y no tener que escuchar los aviones de combate volando sobre nosotros, oír las sirenas con su tono triste y amenazador, sentir los impactos de los misiles y enterarnos por las noticias de los muertos y heridos! ¿Acaso no es posible?
De la meditación de hoy, pues, quiero recoger una flor de paz e invito a quienes me escuchan a unirse a nosotros en oración mediante este canto de Harpa Dei que implora la misericordia de Dios: «¡Kyrie eleison! ¡Señor, ten piedad!»: https://youtu.be/663oViTBcE0.
¡Creamos en la omnipotencia de Dios, capaz de cambiarlo todo, y en el suave dominio de su Hijo Jesucristo, que quiere establecer entre nosotros su Reino de verdadera paz!
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/los-planes-de-iniquidad-2/
Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/lecciones-del-senor/
