Día 14: “El primer lugar para el Señor”

En la lectura de hoy (1Re 17,8-16), volvemos a encontrarnos con el profeta Elías, a quien Dios envía a Sarepta, donde había ordenado a una viuda que le diera de comer (v. 9). Cuando Elías la encuentra recogiendo leña a las puertas de la ciudad, le pide que le traiga agua y un bocado de pan. La pobre viuda le responde: «Vive el Señor, tu Dios, no tengo nada de pan cocido: sólo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la orza. Estoy recogiendo dos palos, entraré y lo prepararé para mí y para mi hijo, lo comeremos y moriremos» (v. 12).

No obstante, Elías la animó a hacer tal y como él le había dicho: primero traerle un panecillo a él y después hacer uno para ella y para su hijo (v. 13), y le aseguró: «Esto dice el Señor, Dios de Israel: No se acabará la harina en la tinaja, no se agotará el aceite en la orza hasta el día en que el Señor conceda la lluvia sobre la haz de la tierra» (v. 14).

La viuda hizo lo que Elías le dijo, creyendo sus palabras, y se cumplió al pie de la letra lo que él había predicho.

En efecto, escuchar a un verdadero profeta, como lo era Elías, es escuchar la voz de Dios. Eso fue lo que hizo la viuda, y como recompensa Dios se encargó de que tuviera suficiente alimento para seguir viviendo ella y su hijo. La viuda obedeció la petición de Elías a pesar de que su situación era tan desesperada. Desde un punto de vista humano, habría sido comprensible que, para sobrevivir ella y su hijo, se hubiera negado a su petición.

Pero este pasaje nos enseña que siempre hay que dar prioridad a Dios, incluso y precisamente cuando nuestra propia necesidad es grande. Si confiamos en Él, el Señor siempre nos mostrará una salida, incluso cuando no veamos ninguna. En tal situación, la confianza es la clave para dejar actuar a Dios, que conoce nuestra situación y llevará todo a buen término.

En el Evangelio de hoy (Mt 23,1-12), Jesús señala la discrepancia entre las enseñanzas y las obras de los fariseos y escribas, y nos enseña cómo lidiar con tal incoherencia: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no obréis como ellos, pues dicen pero no hacen» (v. 2-3).

¿Cómo podemos aplicar esta distinción en la situación actual como discípulos del Señor? A nuestra Iglesia Católica se le ha confiado el gran tesoro de una doctrina auténtica, cuyos dogmas son infalibles. Estos son el punto de referencia inmutable para los fieles. Si alguien enseñara algo contrario —aunque fueran los «escribas y fariseos» de nuestros días—, no podría exigir obediencia. A este respecto, san Pablo pronuncia palabras contundentes:

«No es que haya otro [Evangelio], sino que hay algunos que os inquietan y quieren cambiar el Evangelio de Cristo. Pero aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciásemos un evangelio diferente del que os hemos predicado, ¡sea anatema! Como os lo acabamos de decir, ahora os lo repito: si alguno os anuncia un evangelio diferente del que habéis recibido, ¡sea anatema!» (Gal 1,7-9).

Los fieles no deben dejarse confundir ni por falsas enseñanzas ni por una forma de vivir que sea incoherente con la doctrina que se predica. Toda verdadera autoridad proviene de Dios, y solo quien se atiene a la recta doctrina y lleva una vida acorde con ella está a la altura de la autoridad que se le ha confiado. Jesús señala incluso que tenemos un solo Maestro, que es él mismo (Mt 23, 8), y un solo Padre: nuestro Padre celestial (v. 9).

Si en nuestra Iglesia solemos dirigirnos a los sacerdotes llamándolos «padre», siempre tenemos presente que esa paternidad espiritual se basa en Dios y proviene de Él, y no de la propia grandeza y autoridad del ministro.

El Señor concluye el pasaje de hoy diciéndonos: «Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado» (vv. 11-12). Esta advertencia tan esencial es el antídoto contra la soberbia, que con tanta facilidad se abre paso en el hombre y que fue la causa de la caída de Lucifer. Este ángel no quiso servir ni someterse a Dios ni a sus designios. Como ángel caído, sigue intentando hasta el día de hoy establecer su dominio en el ser humano y en el mundo. La soberbia es un medio idóneo para seducir al hombre, que busca ser grande, alejándolo de Dios y haciendo que se autoensalce.

Jesús no critica el hecho de que el hombre aspire a la grandeza. Sin embargo, nos muestra en qué consiste la verdadera grandeza: en el servicio humilde a Dios, que es nuestro Padre, buscando cumplir su voluntad; en el servicio a los hermanos que el Señor ha puesto en nuestro camino. Es aquí donde se despliega la verdadera grandeza, pues cuando nos sometemos a Dios, su majestad puede resplandecer en nuestra vida. Recordemos que el Señor lavó los pies a sus discípulos (Jn 13,4-5), Él, que es el Maestro y el Señor.

Así, como flores de la meditación de hoy, podemos recoger los siguientes propósitos:

– Confiar en Dios en todas las situaciones, dándole el primer lugar en nuestra vida.

– Permanecer fieles a la recta doctrina de la Iglesia y vivir conforme a ella.

– Superar las tentaciones de la soberbia sirviendo a Dios y al prójimo.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/la-paciencia-de-dios/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/una-leccion-de-humildad-2/

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