Nuestro itinerario cuaresmal nos presenta hoy una oración suplicante del profeta Daniel, que tenía muy claro el motivo por el que Jerusalén había caído en la ruina.
“Señor Dios nuestro (…), nosotros hemos pecado y actuado injustamente. Señor, por tu infinita justicia, retira tu cólera enfurecida de Jerusalén, tu ciudad y monte santo; pues por nuestros pecados y por los crímenes de nuestros antepasados, Jerusalén y tu pueblo son la burla de cuantos nos rodean. Y ahora, Dios nuestro, escucha la oración y las súplicas de tu siervo y mira con buenos ojos tu santuario arruinado, ¡por tu honor, Señor! Inclina, Dios mío, tu oído y escucha; abre tus ojos y mira nuestra desolación y la ciudad en la que se invoca tu nombre, pues nuestras súplicas no se fundan en nuestra justicia, sino en tu gran misericordia. ¡Señor, escucha! ¡Señor, perdona! ¡Señor, atiende y actúa sin tardanza! ¡Por tu honor, Dios mío, pues tu nombre se invoca en tu ciudad y en tu pueblo!” (Dan 9,15-19).
En esta plegaria se expresan claramente los pecados cometidos y sus consecuencias. Esto nos ayuda a comprender mejor la situación actual. Conocemos tanta miseria en este mundo que cada uno de nosotros podría aportar suficientes ejemplos. Sin embargo, cada vez nos atrevemos menos a señalar la verdadera causa, que consiste precisamente en la transgresión de los mandamientos de Dios, acumulando crimen sobre crimen. Basta con mencionar el asesinato de niños inocentes en el vientre de sus madres para constatar cuán densas y pesadas sombras se ciernen sobre muchas naciones. ¿Cómo podrá haber verdadera paz en la tierra mientras no se produzca una conversión radical y no se respete la vida de los más inocentes? ¿No es una ilusión pretender crear un mundo pacífico mientras no cese esta injusticia que clama venganza al cielo?
No basta con enumerar todas las posibles causas sociales o antropológicas que provocan la miseria en el mundo sin dejar claro que, en última instancia, esta es consecuencia del pecado. Por tanto, la clave para alcanzar la paz que imploramos es que los hombres se conviertan a Dios y cumplan sus mandamientos. Este debe ser el mensaje perenne de la Iglesia. No en vano, Dios enviaba una y otra vez a sus profetas para señalar a su pueblo el nexo entre la transgresión de la ley de Dios y las desgracias que les sobrevenían, y para recordarles que solo volviéndose al Señor podrían obtener sanación y restablecer el verdadero orden. ¿Acaso las cosas son distintas hoy en día?
¡Qué maravilloso mensaje se nos ha confiado, al poder ofrecer, junto con la mención clara de las causas de la miseria en la tierra, una mano tendida para la reconciliación con Dios a través de su Hijo, que cargó con nuestras culpas! La respuesta a la súplica de Daniel, implorando la misericordia de Dios, es el Redentor, que vino para todos los hombres y se convirtió en el camino hacia el Padre.
En el evangelio de hoy (Jn 8,21-29), Jesús advierte a los judíos de que morirán en sus pecados por no haberle creído. No quisieron comprender que Él es el enviado del Padre y, por tanto, tampoco pudieron acoger la gracia que se ofrece a los hombres con su venida al mundo. Jesús les repite: «Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24). Y más adelante: «“El que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a él es lo que hablo al mundo”. No comprendieron que les hablaba del Padre» (vv. 26-27).
También en estas palabras de Jesús encontramos la clara mención del pecado y sus consecuencias. Creo que la mayoría somos conscientes de ello, aunque conviene reiterarlo una y otra vez. La pregunta que se plantea es qué podemos hacer nosotros cuando la injusticia sigue proliferando, cuando apenas resuena el llamamiento a la conversión para sacudir a las personas, cuando la luz otorgada a la Iglesia a menudo se eclipsa y la sal se vuelve sosa (cf. Mt 5, 13-14).
¡No debemos rendirnos ni caer en una actitud de resignación! Nuestro Padre tampoco ha dado la espalda a la humanidad, a pesar de que esta le ha ofendido tantas veces con una vida de pecado, e incluso ha maltratado y crucificado a su propio Hijo.
Lo que podemos hacer por nuestra parte es intensificar nuestro seguimiento de Cristo y ofrecérselo como expiación. Esa sería una respuesta de amor y responsabilidad hacia quienes aún no conocen el camino de Dios. Nosotros hemos recibido inmerecidamente la gracia del Señor. Ahora nos corresponde ser sus testigos y contrarrestar la avalancha de oscuridad con la luz de Cristo. Esta es más fuerte, ya que solo la verdad tiene autoridad en sí misma, mientras que la mentira y los errores carecen de fundamento.
Por tanto, quisiera invitaros hoy a recorrer el camino de la santidad, especialmente como expiación por los incontables pecados y ofensas contra Dios, la incredulidad y las injusticias cometidas contra las personas.
Así, la flor de la meditación de hoy es una «flor expiatoria».
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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/una-confesion-adecuada/
Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/dad-y-se-os-dara-2/
