1Tes 4,1-7
Hermanos, os rogamos y os exhortamos en el Señor Jesús a que, conforme aprendisteis de nosotros sobre el modo de comportaros y de agradar al Señor, y tal como ya estáis haciendo, progreséis cada vez más. Pues conocéis los preceptos que os dimos de parte del Señor Jesús. Porque ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; que os abstengáis de la fornicación: que cada uno sepa guardar su propio cuerpo santamente y con honor, sin dejarse dominar por la concupiscencia, como los gentiles, que no conocen a Dios. En este asunto, que nadie abuse ni engañe a su hermano, pues el Señor toma venganza de todas estas cosas, como ya os advertimos y aseguramos; porque Dios no nos llamó a la impureza, sino a la santidad.
En la lectura de hoy, san Pablo nos exhorta a vivir en santidad y a aspirar a la perfección. Esta es la tarea que nos concierne tras haber tenido la gracia de conocer a nuestro Señor y haber emprendido su seguimiento. Es importante que no nos detengamos ni, mucho menos, que retrocedamos en este camino. Si tomamos conciencia de que la perfección consiste en crecer en el amor para alcanzar la unión plena con Dios, comprenderemos que cada día que se nos concede es una oportunidad para progresar. Eso es lo que Dios quiere de nosotros, y nos da todo lo necesario para conseguirlo.
En este contexto, san Pablo hace alusión a la impureza, que se opone a la santidad. Con ello, nos trae a la memoria un tema muy delicado al que, no obstante, debemos enfrentarnos.
No son pocas las personas para las que supone un gran desafío el manejo correcto del don de la sexualidad. Así ha sido desde tiempos remotos y, probablemente, hoy en día lo es aún más, cuando las provocaciones en esta esfera impregnan casi toda la sociedad a través de los medios de comunicación. Sin embargo, los mandamientos no cambian por el hecho de que al ser humano le resulte difícil cumplirlos.
San Pablo no tiene reparos en utilizar el término «fornicación», que aparentemente hoy en día nos cuesta cada vez más pronunciar. Se trata sencillamente de los actos sexuales fuera del matrimonio. Estos no cuentan con la bendición de Dios, sino que incluso nos separan de Él, de nosotros mismos y de la otra persona. En muchas partes del mundo se ha perdido la conciencia sobre su gravedad. Y si alguien se atreviera a hablar de ello, se expondría rápidamente a comentarios sarcásticos.
Lo que resulta particularmente trágico para nosotros, los católicos, es que esta actitud haya penetrado incluso en la propia Iglesia. Se teme cada vez más decir con claridad a los fieles que la doctrina de la Iglesia sobre este aspecto tan importante no ha cambiado y que no se pueden justificar o aprobar mediante un «acompañamiento pastoral» estados de vida que no están en sintonía con los mandamientos de Dios (véase Amoris Laetitia).
También podemos observar cómo ha cambiado la forma de abordar y manejar el tema de la homosexualidad con respecto a tiempos pasados. Se percibe que, desde los círculos más altos de la Iglesia, se están realizando esfuerzos para considerar la homosexualidad como una expresión normal de la sexualidad humana y no como un pecado grave, adaptándose así a la mentalidad del mundo. La declaración Fiducia Supplicans, que pretende permitir la bendición de parejas homosexuales, fue calificada de «blasfemia» por el cardenal Müller, antiguo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y sin duda lo es.
¡Qué abismos se abren aquí, revelando la gravedad de los errores del modernismo! Bajo la influencia del espíritu del mundo, se cree que hay que adaptar la praxis de la Iglesia, tal vez incluso bajo la errónea premisa de que solo así se puede seguir dialogando con el hombre moderno. Sin embargo, la realidad es que, de esta manera, la Iglesia pierde su voz profética de corrección. Una Iglesia que se adapta al mundo pervierte paulatinamente la misión que se le ha confiado y oculta la luz que Dios le ha concedido. Pierde su sabor y se sitúa a un mismo nivel que otras entidades, que ni siquiera tienen un mandato divino.
No cabe duda de que es importante acercarse a las personas de hoy en día con una pastoral prudente y no bombardearlas con los mandamientos de Dios como si fueran golpes de martillo. La misericordia y la sensibilidad pastoral que de ella se deriva son sumamente deseables y, tal vez, a veces no están lo suficientemente desarrolladas. Sin embargo, la pastoral solo podrá dar frutos si parte de la verdad y tiene como objetivo conducir a los hombres al orden de Dios. En cambio, si se relativizan sus mandamientos, se engaña a las personas y se les priva del sostén que la Iglesia debería brindarles en este mundo confuso. ¡Esto tiene consecuencias gravísimas!
La exhortación de la lectura de hoy a «guardar su propio cuerpo santamente y con honor, sin dejarse dominar por la concupiscencia» se aplica también al matrimonio. Aunque los placeres conyugales tienen su lugar dentro de este marco, el lecho matrimonial no debe convertirse en un lugar de pasión desenfrenada. Antes bien, como advierte el Apóstol en la Carta a los Efesios (5, 8): «Los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo».
Así pues, la flor de la meditación de hoy es manejar el don de la sexualidad según lo que Dios ha dispuesto en nuestro estado de vida y evitar toda forma de impureza.
