Día 10: “Valiosas advertencias”

En la lectura de hoy (Ez 18,20-28), el Señor se enfrenta a un litigio con su pueblo, que lo acusa de ser injusto. ¿Cuál es el motivo? El Señor se explica:

«En cuanto al malvado, si se aparta de todos los pecados que ha cometido, observa todos mis preceptos y practica el derecho y la justicia, vivirá sin duda, no morirá. Ninguno de los crímenes que cometió se le recordará más; vivirá a causa de la justicia que ha practicado. ¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado —oráculo del Señor—, y no más bien en que se convierta de su conducta y viva?» Pero si el justo se aparta de su justicia y comete el mal, imitando todas las abominaciones que comete el malvado, ¿acaso vivirá? No, no quedará ya memoria de ninguna de las obras justas que había practicado, sino que, a causa de la infidelidad en que ha incurrido y del pecado que ha cometido, morirá» (Ez 18,21-24).

Evidentemente, los judíos estaban en desacuerdo con estas afirmaciones, pues el Señor les dice a través del Profeta: «Vosotros decís:  “No es justo el proceder del Señor”. Escuchad, casa de Israel: ¿Que no es justo mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que no es justo?» (v. 25).

En efecto, es cierto lo que el Señor les da a entender: quien no se convierta, morirá en sus pecados, pero aquel que se arrepienta vivirá. Este último se salva porque «ha abierto los ojos y se ha apartado de todos los crímenes que había cometido; vivirá sin duda, no morirá» (v. 28).

En nuestro camino de conversión, este pasaje del profeta Ezequiel nos lanza una valiosa advertencia en dos sentidos. Si aún hay alguien entre nosotros que esté indeciso, titubeando entre dos bandos, ¡no hay tiempo que perder para volverse completamente a Dios y dejar atrás las sendas de la tibieza o incluso del pecado! La vida es demasiado seria y el tiempo demasiado valioso como para desaprovecharlo e impedir que el amor de Dios penetre en nuestro corazón y dé fruto. No debemos olvidar que la fe puesta en práctica no es una entre muchas opciones en la vida. Antes bien, es la vida misma y prenda de la vida eterna. En cambio, cuando no seguimos el camino de Dios, vivimos en contradicción con el sentido más profundo de nuestra existencia e incluso corremos el peligro de condenarnos para siempre.

A quienes ya han emprendido seriamente el camino de Dios, el pasaje de hoy les exhorta a perseverar y permanecer fieles hasta el final. Porque, como se menciona en la lectura, puede suceder que uno abandone el buen camino que había empezado y muera fuera de la gracia de Dios. Nadie debe sentirse demasiado seguro, «el que piense estar en pie, que tenga cuidado de no caer» (1Cor 10, 12), no sea que se pueda decir que comenzó bien, pero terminó mal.

En el Libro del Apocalipsis, el Señor dirige esta advertencia a la fiel iglesia de Esmirna: «Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida» (Ap 2,10b). Podríamos elegir esta frase como oración recurrente, pidiendo al Señor la gracia de serle fieles hasta la muerte.

En el evangelio de hoy (Jn 5,1-15) también nos encontramos con un litigio casi incomprensible entre Dios y su Pueblo. Jesús se apiada de un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años y que esperaba junto a las piscinas de Betesda a que se produjera el milagro de la curación. Pero, como no tenía a nadie que lo llevara a las aguas cuando estas se agitaban por el descenso de un ángel del Señor y solo se sanaba el primero que entraba en la piscina, probablemente ya había perdido casi toda esperanza.

En estas circunstancias, Jesús, el «Señor de los ángeles», vio su necesidad y se compadeció de él, diciéndole: «“Levántate, toma tu camilla y anda”. El hombre recobró al instante la salud, tomó su camilla y se fue andando».

En realidad, este milagro debió de ser motivo de gran alegría. Pero resultó que aquel día era sábado y cargar una camilla era considerado trabajo, cosa que estaba prohibida durante el «Día del Señor». Por eso, los judíos se escandalizaron y confrontaron al hombre. Él les contó su historia y, puesto que querían saberlo, les dijo que había sido Jesús quien le había curado.

A más tardar llegados a este punto, y habiéndose aclarado el asunto, los judíos en cuestión debieron alabar al Señor. Sin embargo, lejos de alegrarse por la curación de ese hombre que había sufrido durante tantos años y de reconocer que se trataba de la obra de Dios, los judíos cerraron aún más sus corazones a Jesús. El Señor les había invitado a comprender, no solo a través de la curación milagrosa, sino también al darles la clave en su respuesta: «Mi Padre no deja de trabajar, y yo también trabajo».

Por desgracia, los corazones de los fariseos hostiles se cierran cada vez más y el peligro para el Señor se vuelve cada vez más latente. Es alarmante ver que precisamente los fariseos y escribas, que eran considerados piadosos por el pueblo o, al menos, querían ser reconocidos como tales, se hayan cerrado a la obra de Dios. Y todos sabemos hasta dónde llegó la hostilidad contra Jesús. Abusaron del mandamiento de santificar el sábado —que en sí mismo es muy bueno y correcto— para acusar a Jesús, quien tuvo que aclarar: «El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Por tanto, el Hijo del Hombre es señor incluso del sábado» (Mc 2,27-28).

Como flores de la meditación de hoy, guardemos las valiosas advertencias que se desprenden de la lectura y el evangelio de hoy: pidamos perseverancia y fidelidad en el seguimiento del Señor hasta el final, y que comprendamos la jerarquía de la actuación de Dios sin volvernos legalistas allí donde el Espíritu Santo quiere ampliar nuestra visión.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/dios-quiere-perdonar/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/la-sutileza-de-la-ensenanza-de-jesus-3/

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