“CONFIANZA Y VIGILANCIA”  

«El que piense estar en pie, que tenga cuidado de no caer» (1Cor 10,12).

Esta frase debe preservarnos de vivir en una falsa seguridad. Sin duda, nuestro Padre celestial nos ofrece la seguridad de su amor, en el que siempre podemos encontrar refugio. También es cierto que podemos recorrer confiadamente nuestro camino de seguimiento de Cristo, sin tener que cuestionarlo todo de forma hipercrítica. Sin embargo, la cita que hemos escuchado hoy de la Primera Carta a los Corintios se refiere a una falsa seguridad en la que podemos caer. Esta se apoya en nuestra propia naturaleza y se cimenta en nuestras propias convicciones. De esta manera, se olvida de la debilidad humana y se deja llevar por la ilusión que se genera cuando uno se sobreestima a sí mismo.

Esto también puede suceder con personas piadosas. Como vemos en el Evangelio, algunos fariseos estaban llenos de esta falsa seguridad y, en consecuencia, a menudo no advertían el peligro espiritual en el que se encontraban.

Este y otros ejemplos negativos deberían conducirnos a una actitud vigilante y hacernos seguir el consejo de muchos maestros espirituales: si bien podemos y debemos ser confiados y abiertos con Dios, siempre debemos permanecer alerta ante los engaños en los que puede hacernos sucumbir nuestra naturaleza caída, con sus sentimientos tan influenciables. La falsa seguridad es precisamente uno de estos engaños.

Por tanto, una y otra vez debemos examinarnos cuidadosamente ante nuestro Padre celestial y vivir en íntima comunión con él. Para ello, podemos recurrir a las palabras del Salmo: «Mira si mi camino se desvía, guíame por el camino eterno» (Sal 138, 24).

Si, además, le pedimos a nuestro Padre que nos corrija ante el más mínimo indicio de soberbia y autoengaño, estaremos aplicando correctamente la exhortación del Apóstol y arraigando nuestra seguridad en nuestro Padre celestial, mientras permanecemos vigilantes frente a cualquier desviación.