“CONFIANZA EN EL AMOR DEL PADRE”

A veces, amado Padre, no nos resulta fácil creer firmemente en tu omnipotencia cuando vemos tanta injusticia atroz en el mundo y nos invade la impresión de que Tú no intervienes.

Como tus discípulos en el Evangelio (Lc 9,54), ciertamente nosotros también habríamos querido hacer caer fuego del cielo muchas veces para castigar a quienes se oponen a tu voluntad y reprender severamente a los que se niegan a aceptar la fe. También es difícil presenciar cómo muchas personas sufren injusticias, a menudo por parte de unos pocos que hacen el mal.

Pero, precisamente entonces, cuando los acontecimientos superan nuestra capacidad de comprensión, entra en juego la confianza de que Tú tienes en vista la salvación de todos los hombres. Tu mirada no se limita al breve tiempo de nuestra vida terrenal, sino que nos ves con los ojos del amor y llamas a todos a tu Reino eterno. ¡Tu deseo es que todos se conviertan a ti y no se condenen, para que no queden eternamente separados de ti!

En realidad, podríamos reconocer en tu Hijo Jesucristo lo que a veces nos resulta incomprensible. A Él, sin mancha de pecado, que solo reveló tu amor, lo maltrataron y lo torturaron. Muy pronto escucharemos todo lo que le hicieron y cómo, después de humillarle, lo crucificaron. ¿Y cómo reaccionó Él, el verdadero Rey, al que todos los ángeles sirven? No maldijo a sus asesinos y verdugos, sino que pronunció las incomparables palabras: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

Amado Padre, ¡eso debería bastar para silenciar las preguntas y la inquietud! ¡Contemplemos con gratitud al Crucificado! Allí, en la cruz, resplandece el misterio de tu amor. Allí se responde todo. ¡Tú sabes lo que haces y lo que permites! Por eso, simplemente nos postramos ante ti y te adoramos.