Amado Padre, ¿cómo podemos comprender aún mejor tu amor?
Cuando los israelitas te ofendieron danzando alrededor del becerro de oro (Éx 32,8), aceptaste la súplica de tu siervo Moisés en su favor y no les tuviste en cuenta su pecado. Una y otra vez nos encontramos con tu disposición a perdonar, aunque se trate de los pecados más repugnantes, ¡y son tantos!
Ante un amor así, no podemos sino admirarnos. Ciertamente, ya lo conocemos, pues el Espíritu Santo nos lo revela día tras día y llegamos a familiarizarnos cada vez más con él. Hay tantos ejemplos en la Escritura, y también en las vidas de los santos encontramos a menudo una indecible bondad, en la que Tú mismo te manifiestas.
Por encima de todo, tu amor se nos revela en tu Hijo Jesucristo y, cuando entremos en la Semana Santa y seamos guiados hasta la Cruz, veremos la prueba viva de este amor.
Sin embargo, amado Padre, no queremos limitarnos a contemplarlo desde fuera. Queremos saborearlo y experimentarlo en su fuente interior. Queremos adentrarnos en tu corazón y unirnos tan profundamente a él que lleguemos a ser como Tú. Pero no como aquel que quiso tu omnipotencia prescindiendo de tu bondad, y que ahora quiere seducirnos para que nos ensalcemos a nosotros mismos como si fuéramos grandes por nuestra propia cuenta. No, amado Padre, ¡de ningún modo así! Somos personas frágiles, pero queremos amar como Tú, estar dispuestos a perdonar como Tú, mirar con ojos de amor a las personas como Tú, anunciar la verdad como tu Hijo y cargar con nuestra cruz como Él.
Queremos conocerte desde dentro y luego dar testimonio de cómo eres a través de las obras de caridad.
Si nos volvemos cada vez más semejantes a ti, como tus hijos amados, habremos llegado a conocerte mejor y habremos comprendido el amor a través del amor.
