Ven, Espíritu Santo, ilumínanos, pues Tú eres la luz que esclarece nuestra oscuridad. Líbranos de toda nuestra ceguera espiritual, para que te reconozcamos mejor y en Tu luz podamos ver la verdad. Y es que hay una gran diferencia entre ver la realidad nada más en su dimensión natural, o saber reconocer en todo Tu obra.
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Meditaciones sobre el Espíritu Santo: “La paz”
Amado Espíritu Santo, uno de tus frutos más maravillosos es el de la paz. Es una paz que el mundo no puede dar (cf. Jn 14,27), pero tampoco puede arrebatar. Se trata, entonces, de una paz distinta a la que usualmente conocemos; una paz que permanece.
Meditaciones sobre el Espíritu Santo: «La amabilidad»
Espíritu Santo, de Ti se dice que eres un espíritu amable y amante de los hombres, y uno de los frutos que Tú haces crecer en las almas es precisamente la amabilidad.
Meditaciones sobre el Espíritu Santo: “La alegría“
Amado Espíritu Santo, uno de los más bellos frutos que Tú haces crecer en nosotros es la alegría. Es aquella alegría que, al igual que el amor, hace que todo sea más fácil y vence el peso que tantas veces trae consigo la vida; una alegría que es contagiosa, y le regala un rayo de luz y algo de consuelo a la otra persona, siempre y cuando ella no esté cerrada.
Meditaciones sobre el Espíritu Santo: «El dominio de sí mismo»
Amado Espíritu Santo, al principio Tú aleteabas sobre las aguas y transformaste el caos en orden (cf. Gen 1,2). Tú también quieres traer orden al caos provocado por el pecado: orden en nuestra vida interior y exterior. Fue tanto lo que se alborotó con el pecado original y los consiguientes pecados personales, a tal punto que Tu amigo Pablo gemía al advertir esta ley en sus miembros que luchaba contra la ley de su espíritu, y que lo esclavizaba bajo la ley del pecado (cf. Rom 7,23). Junto con él, también nosotros gemimos, diciendo: “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte…?” (v. 24)
Meditaciones sobre el Espíritu Santo: «La mansedumbre»
Amado Espíritu Santo, dulce huésped de las almas, infunde en nosotros el espíritu de mansedumbre; aquel espíritu que todo lo penetra, que transforma el corazón y lo hace dócil, que lo purifica de toda dureza, que es tan suave y dulce como lo es Tu Amada Esposa, nuestra Madre María.
Meditaciones sobre el Espíritu Santo: «Crea en mí un corazón puro»
Amado Espíritu Santo, Tú que eres la luz eterna y pura, ven y penetra en nosotros, para que nada quede escondido ante Ti; para que no pueda subsistir ninguna sombra en nuestra alma; para que la oscuridad retroceda y todo quede inflamado en Tu amor. Despiértanos de toda letargia y purifica nuestro corazón, para que pueda yo amar como Dios ama, como Tú amas; para que Tú y yo estemos unidos hasta lo más íntimo en la alabanza de la gloria de Dios. leer más
Meditaciones sobre el Espíritu Santo: «La longanimidad»
¡Oh Espíritu Santo, Tú, beso del Padre y del Hijo, Tú, dulcísimo y profundísimo beso! (San Bernardo de Claraval) Queremos conocerte mejor y aprender a amarte. Desciende, por eso, sobre nuestra alma, “como el sol que, de no encontrar obstáculos e impedimentos, ilumina todas las cosas; como una saeta encendida, que no se detiene por el camino, sino que llega hasta las últimas profundidades que encuentra abiertas, y allí descansa. Tú no te detienes en los corazones soberbios y en las inteligencias altaneras, sino que pones tu morada en las almas humildes” (Santa María Magdalena de Pazzis). Ilumínanos en estos días, cuando nos preparamos para la Fiesta de tu descenso, Tú que eres nuestro consuelo y maestro, el Esposo de nuestra alma, nuestro santificador…
La transformación de la vida cotidiana en el Espíritu de Dios (Parte III)
Después de haber meditado los dos últimos días sobre la importancia de que nuestra vida natural quede impregnada por la espiritual, para que adquiera un carácter sobrenatural, queremos hoy dar algunas pautas concretas al respecto…
La transformación de la vida cotidiana en el Espíritu de Dios (Parte II)
La meditación de hoy será la continuación del tema de ayer: ¿Cómo podrá quedar impregnada por el amor de Dios toda nuestra vida, particularmente la vida cotidiana, con todas sus obligaciones y sus retos?
No puede existir un contraste fundamental entre la vida sobrenatural -aquella que cultivamos al recibir los sacramentos, en la meditación de la Sagrada Escritura y en la oración- y nuestro trabajo a nivel natural. Mientras vivamos en este mundo, una de las tareas que Dios nos ha encomendado es que tratemos de forma adecuada y sabia con la Creación y las realidades terrenales que nos rodean. leer más