Las cartas de San Ignacio

 

En el calendario tradicional, se celebra hoy la fiesta de San Ignacio de Antioquía. Si alguien prefiere una meditación que corresponda al calendario actual, puede encontrar el enlace al final.

De acuerdo con la tradición de la Iglesia, San Ignacio de Antioquía fue discípulo de los apóstoles Pedro y Juan. Más adelante fue nombrado obispo de Antioquía, la capital siria. Murió mártir, y desde los primeros tiempos fue venerado como santo en la Iglesia. Él se llamaba a sí mismo siempre con este nombre: Teóforo (θεοφόρος), que quiere decir “portador de Dios”.

Según Orígenes, Eusebio y Jerónimo, San Ignacio habría sido el tercer obispo de Antioquía, si se cuenta al apóstol Pedro como primero y a su sucesor Evodio como el segundo. Lo cierto es que fue obispo y que fue condenado a muerte bajo el emperador Trajano. En su viaje de Antioquía a Roma, Ignacio escribió las siete cartas que han sido preservadas hasta nuestro tiempo y que son consideradas como una joya de la fe cristiana primitiva y de profunda piedad.

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Santa Martina de Roma

Hoy celebramos nuevamente a una de las santas vírgenes que sufrieron el martirio al comienzo de la propagación del cristianismo en el Imperio Romano, convirtiéndose así en semillas para el crecimiento del Reino de Dios. Es admirable ver con qué fe y determinación estas jóvenes permanecieron fieles al Señor, sin dejarse doblegar. No sólo debemos recordarlas e imitar su ejemplo, sino que podemos pedirles concretamente que nos ayuden a permanecer fieles al Señor cuando nosotros mismos suframos calumnias y persecuciones.

Una y otra vez he señalado en mis meditaciones y conferencias que creo que actualmente nuestra fe está siendo amenazada tanto desde fuera como desde dentro. Ciertamente en todas las épocas se ha visto en peligro, pero no podemos pasar por alto que ahora estamos en un tiempo en que la verdad de nuestra fe está siendo atacada globalmente (aunque con distinta intensidad dependiendo de la región). Así, se puede llegar fácilmente a una situación de persecución.

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La sabiduría de San Francisco de Sales

En el calendario tradicional, se conmemora hoy a San Francisco de Sales. Si alguien prefiere una meditación que corresponda al calendario actual, puede encontrarla en este enlace: https://es.elijamission.net/la-luz-sobre-el-candelero/

San Francisco de Sales nació el 21 de agosto de 1567 en la región de Saboya en Francia. El joven, perteneciente a la nobleza, estaba inicialmente encaminado hacia una carrera mundana. Estudió Derecho en París y en Padua. Paralelamente estudió teología, debido a que la doctrina calvinista de la predestinación le produjo una crisis. Tras doctorarse en derecho civil y canónico, iba a convertirse en senador, pero impuso su decisión de hacerse sacerdote a pesar de las resistencias de su padre.

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PARTE IV: Fiel hasta la muerte   

ESCENA 15

AMBROSIO: Hermanos míos, ¿recordáis lo que en la parábola le dijo Abraham al rico epulón? “Si no creen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque uno resucite de entre los muertos” (Lc 16,31). Pues bien, sucedió exactamente así cuando Claudio hubo resucitado. Aquella generación, que no había creído el elocuente testimonio de tantos mártires, tampoco al ver este potente signo se convirtió de sus malas obras ni dio la gloria al Dios del cielo (Ap 16,9.11). Antes bien, así como en su tiempo los fariseos quisieron aniquilar el testimonio del Lázaro a quien Jesús hubo resucitado, los sacerdotes de los ídolos enviaron a Claudio al destierro, para silenciar este viviente testimonio a favor de Cristo. Su padre Minucio Rufo, Prefecto y Supremo Juez de Roma, al ver tan grande milagro, quiso una vez más salvar a Inés; pero temió la cólera del pueblo y abdicó su autoridad en manos de su representante, por nombre Aspasiano.

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PARTE III: Intacta en su pureza   

ESCENA 12

PREFECTO MINUCIO RUFO: Hoy abro la última sesión de este proceso, para anunciar pública y solemnemente la sentencia contra la acusada. ¡Levántate, acusada, para escuchar el dictamen de la Suprema Corte de Justicia de Roma! En nombre del Augusto Emperador, de la santa Ciudad de Roma y del pueblo romano. En su duodécimo año de vida, la virgen Inés, hija del patricio Honorio Plácido y su esposa Laurencia, ha sido acusada de alta traición y de blasfemia. Después de haber investigado los hechos y examinado justa e imparcialmente a la persona de la acusada en sus actos y omisiones, ponderando el grado de su responsabilidad y el peso de sus propias declaraciones, dictamos la siguiente sentencia: La acusada es hallada culpable de blasfemia. Aunque la acusada afirme que renunciar a nuestros dioses no necesariamente implica blasfemar contra ellos, es evidente que la fe en los dioses resulta del todo incompatible con la doctrina cristiana. Por tanto, la sentencia contra la virgen Inés, acusada y condenada por blasfemia contra los dioses, es: a perpetuidad el trabajo forzado más despreciable, en un burdel del más bajo nivel.

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PARTE II: Firme en la tribulación   

ESCENA 7

CLAUDIO (en la Corte Suprema de Justicia): Vengo a poner una denuncia pública contra la virgen Inés, hija del patricio Honorio Plácido y su esposa Laurencia. Los cargos que presento contra ella son blasfemia y alta traición. Para evitar una fuga, solicito inmediata aprehensión de la acusada.

AMBROSIO (en la homilía): Fue así como la pequeña Inés, contando apenas 12 años de vida, fue encadenada y encerrada en un calabozo… En la prisión y en el proceso, la doncella demostró que verdaderamente pertenecía al séquito del Cordero, no solo habiendo preservado a todo precio su virginidad, sino también en cuanto que “no se halló mentira en su boca” y la veracidad resplandecía en cada una de sus palabras.

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En la escuela de los padres del desierto (IV): “El combate por la pureza”

Durante las tres últimas meditaciones, desarrollamos un consejo indirecto que nos da San Antonio Abad, un sabio padre del desierto. En este contexto, reflexionamos sobre el combate en lo que escuchamos, hablamos y miramos, y vimos cuán necesario es colocar estos importantes ámbitos de la vida humana bajo el dominio de Dios y defenderlos contra múltiples ataques.

“El que está sentado en el desierto y procura tener el corazón calmado, ha quedado a salvo de tres combates: el de la escucha, el del habla y el de la vista. Sólo le queda un combate por librar: la lucha contra la impureza.”

Entonces, nos queda ahora por tratar la lucha contra la impureza, que es uno de los combates más difíciles para el hombre. No sólo se refiere a la impureza a nivel corporal; sino también a las inclinaciones desordenadas a nivel espiritual y psicológico. Pero en esta ocasión nos enfocaremos en la dimensión corporal.

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En la escuela de los padres del desierto (III): “El combate en lo que miramos”

Retomemos una vez más la meditación de estas palabras de San Antonio Abad:

“El que está sentado en el desierto y procura tener el corazón calmado, ha quedado a salvo de tres combates: el de la escucha, el del habla y el de la vista. Sólo le queda un combate por librar: la lucha contra la impureza.”

Los dos últimos días, habíamos reflexionado acerca del combate contra lo que escuchamos y contra lo que hablamos. Hoy nos dedicaremos a la lucha en relación con lo que miramos.

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En la escuela de los padres del desierto (II): “El combate en lo que hablamos”

En la meditación de hoy, continuamos con el tema que habíamos iniciado ayer, en la memoria de San Antonio Abad. Volvamos a escuchar las palabras de este padre del desierto, para seguir describiendo el combate que los cristianos estamos llamados a librar:

“El que está sentado en el desierto y procura tener el corazón calmado, ha quedado a salvo de tres combates: el de la escucha, el del habla y el de la vista. Sólo le queda un combate por librar: la lucha contra la impureza.”

Ayer habíamos reflexionado acerca de la escucha; hoy meditaremos sobre el combate en el hablar. San Antonio, estando en el desierto, aprendió a callar. Pero, conforme a sus palabras, también cultivaba una calma en el corazón, con lo cual se refiere a un recogimiento interior, una paz que va creciendo conforme vivamos en un diálogo confiado con Dios y nos enfoquemos totalmente en Él.

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