Día 2: “En la escuela de la oración”

Tras haber atravesado la puerta del Miércoles de Ceniza, la liturgia tradicional nos presenta hoy un relato del profeta Isaías. Este fue enviado para transmitir una triste noticia al rey Ezequías, que estaba enfermo de muerte: «Esto dice el Señor: Haz testamento, porque vas a morir; no vivirás» (Is 38,1b).

El rey se conmovió profundamente con este mensaje, pues evidentemente no estaba aún preparado para morir. Quizá recordaba las promesas de una larga y dichosa vida para quienes guardaban la alianza. Su dolor debió de ser aún mayor al saber que tendría que morir sin dejar un heredero al trono. Así continúa el relato:

«Ezequías volvió su rostro a la pared y oró al Señor. Dijo: ‘¡Oh, Señor! Dígnate recordar que me he conducido en tu presencia con fidelidad y corazón perfecto, haciendo lo que es recto a tus ojos.’ Y Ezequías estalló en un copioso llanto» (vv. 2-3).

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Día 1: “Un camino de conversión, penitencia y oración”

Reflexiones introductorias

Dentro del año litúrgico, la Cuaresma ocupa un lugar muy importante. Comienza hoy con el Miércoles de Ceniza y termina el Sábado Santo. Durante cuarenta días y cuarenta noches, los fieles emprenden un camino de profunda conversión con el fin de prepararse para la celebración de la Santa Pascua.

Cuarenta días y cuarenta noches duró el diluvio, cuarenta años tardó la travesía de Israel por el desierto antes de entrar en la tierra prometida, cuarenta días ayunó Moisés antes de recibir la Ley para su pueblo, cuarenta días peregrinó el profeta Elías hacia el monte Horeb y cuarenta días y cuarenta noches ayunó Nuestro Señor Jesucristo en el desierto antes de iniciar su ministerio público y darse a conocer como el Hijo de Dios.

A nivel litúrgico, este tiempo nos insta enfáticamente a meditar sobre la Pasión del Señor, la gracia del Santo Bautismo y la penitencia. Las obras clásicas que deben acompañar la Cuaresma son el ayuno, la oración y la limosna. También se suele recomendar vivirla como un tiempo de retiro, es decir, alejarse de las distracciones del mundo, evitar celebraciones y festejos innecesarios y, sobre todo, dedicar tiempo a la oración y al diálogo íntimo con Dios.

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“Algunos aspectos sobre la pobreza voluntaria”

Hoy quiero concluir esta pequeña serie en la que hemos abordado algunos aspectos sobre los tres consejos evangélicos y su aplicación por parte de los discípulos del Señor que viven en el mundo. En lo que respecta al tercero de ellos, no es tan sencillo aplicarlo en el mundo, ya que la pobreza voluntaria por causa del Señor puede adoptar rasgos muy radicales, como vemos tanto en el Nuevo Testamento como en muchos ejemplos a lo largo de la historia de la Iglesia.

Basta con pensar en la comunidad de bienes de la Iglesia primitiva, tal y como nos la presenta el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 2,44-45). También podemos recordar a los ermitaños y a tantas comunidades monásticas que hicieron realidad este ideal, abandonándolo todo para seguir a Cristo y donando sus posesiones a los pobres. Hasta el día de hoy, este sigue siendo un llamado inmensamente valioso. ¡Ojalá Dios conceda que muchos respondan a él y que sigan habiendo comunidades que lo hagan realidad!

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REFLEXIÓN SOBRE LA OBEDIENCIA: “Un camino regio para seguir a Cristo”  

Tras haber dedicado dos meditaciones previas a reflexionar sobre el consejo evangélico de la castidad, me gustaría abordar hoy algunos aspectos generales de la obediencia espiritual, tan importante para todos en la imitación de Cristo. Espero que esta reflexión ayude a apreciar un poco más la obediencia espiritual.

La palabra latina oboedire, de la que se deriva «obedecer», incluye el verbo audire, que significa «escuchar». Por tanto, la obediencia se relaciona con una escucha atenta, es decir, con oír correctamente, prestando toda nuestra atención a quien nos habla.

Cuando Dios comunicó sus mandamientos al Pueblo de Israel por medio de Moisés, empezó diciendo: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor» (Dt 6,4).

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Santos Faustino y Jovita, mártires

Hb 10,32-38

Acordaos de los días primeros, cuando, recién iluminados, tuvisteis que sostener una lucha grande y dolorosa: unas veces sometidos públicamente a calumnias y vejaciones, otras estrechamente unidos a los que así eran tratados, porque compartisteis los sufrimientos de los encarcelados y recibisteis con alegría el robo de vuestros bienes, sabiendo que poseéis un patrimonio mejor y más duradero. No perdáis, por tanto, vuestra confianza, que tiene una gran recompensa: porque necesitáis paciencia para conseguir los bienes prometidos cumpliendo la voluntad de Dios. En efecto, todavía un poco de tiempo, muy poco, y el que va a venir llegará y no tardará; pero mi justo vivirá de fe; y si se volviera atrás, mi alma no se complacerá en él.

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REFLEXIÓN SOBRE LA CASTIDAD: “La castidad: guardiana de la belleza del alma”  

Retomamos hoy las reflexiones sobre la virtud de la castidad que iniciamos ayer.

En una época marcada por la constante estimulación de la sensualidad, se debe prestar la máxima atención para proteger esta virtud. Esto se aplica tanto a las provocaciones que vienen del exterior como a las que surgen en nuestro interior.

La Sagrada Escritura nos recuerda que nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo:

«Huid de la fornicación. Todo pecado que un hombre comete queda fuera de su cuerpo; pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados mediante un precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo» (1Cor 6,18-20).

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San Fulcran de Lodève: Amante de la castidad

En la Iglesia católica existen innumerables santos, a los que se honra de manera especial en el día de su festividad. Como mencioné hace algún tiempo, me he propuesto presentaros a algunos santos poco conocidos. El santo de hoy, Fulcran de Lodève, provenía de una familia de la nobleza francesa y fue consagrado obispo de Lodève el 4 de febrero de 949.

Ejerció el ministerio episcopal durante 57 años, dedicándose enteramente a la santificación de su rebaño. Combatió el vicio, erradicó los abusos y estableció una vida cristiana dichosa por doquier. Su amor universal le mostraba una y otra vez los medios para atender las necesidades de los enfermos y los pobres de su diócesis. Movido por su profundo aprecio hacia los consagrados, fundó el monasterio de San Salvador, restauró otros ya existentes e introdujo la disciplina y el orden en todas las comunidades religiosas. También otorgó grandes beneficios a las iglesias y hospitales. Mediante los milagros que obró en la tumba de su fiel servidor, Dios confirmó lo que ya se creía sobre su santidad. En torno al año 1127, exhumaron el cuerpo de san Fulcran, que permaneció incorrupto hasta 1572, cuando los hugonotes lo arrojaron al fuego.

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San Teodoro de Heraclea: El matador de dragones

¡Cuán ricas son las historias de los santos, que nos hacen conocer a personas que vivieron su fe hasta las últimas consecuencias y siguieron con total convicción a Nuestro Señor! Sin duda, muchas de ellas nos muestran una radicalidad que podría asustarnos. Como decía san Francisco de Sales, algunos santos son más para admirar que para imitar. Sin embargo, hay algo que siempre debemos tener presente y de lo que cada uno de ellos daría fe: fue la gracia de nuestro Padre celestial la que los hizo capaces de realizar cosas extraordinarias. Ya se trate de los incansables misioneros que no escatimaron esfuerzos para anunciar el Evangelio hasta los confines de la Tierra, o de aquellos santos que practicaron las obras de misericordia hasta la total abnegación de sí mismos, o de aquellos monjes que vivieron la vida monástica con gran disciplina y ascetismo y contribuyeron a la edificación de la Iglesia.

Pero tampoco podemos olvidar a tantos otros que, de forma más discreta pero no menos fructífera, sirvieron a Dios en el heroico cumplimiento de sus deberes de estado. Siempre fue la santa presencia del Señor la que los modeló y santificó. En este sentido, la vida de cada santo es también un mensaje de Cristo dirigido a nosotros, que nos exhorta a recorrer el camino que Dios ha trazado para nosotros y nos anima a responder al llamado universal a la santidad.

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San Pablo Miki y compañeros mártires: “El triunfo de la fe y del amor”

La Iglesia es rica en misioneros y mártires, en quienes se manifestó el triunfo de la fe y del amor. Esto puede decirse sobre los mártires japoneses Pablo Miki y sus compañeros, cuya memoria celebramos hoy.

En 1542-1543 los portugueses habían descubierto Japón y en 1549 San Francisco Javier había empezado a misionar allí. Así, en 1590 había aproximadamente medio millón de cristianos en Japón.

El gobernante japonés, aunque tolerante al principio, se volvió cada vez más hostil al cristianismo. En 1596 arrestó en Oasaka a 26 cristianos: 3 de ellos eran jesuitas japoneses; 6 franciscanos españoles (entre ellos Pedro Bautista) y 17 terciarios franciscanos japoneses; es decir, laicos que pertenecían a la Tercera Orden de San Francisco. Entre ellos se encontraban 3 monaguillos de entre 12 y 14 años de edad.

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Santa Águeda y el espíritu de fortaleza

El día de hoy nuevamente nos encontramos con una santa, que, bajo una terrible persecución, llegó a ser mártir por amor a Cristo a una edad muy temprana. En Santa Águeda descubrimos un alma encendida de amor, así como también en Santa Inés, cuya historia escuchamos recientemente. Ellas, haciendo realidad las palabras del evangelio de hoy, son testigos y modelos para nosotros en el seguimiento del Señor.

Los santos no solamente están para que los admiremos e invoquemos, sino también para que los imitemos. Por eso podemos preguntarnos: ¿Qué podría obrar en mí un amor ardiente como el suyo? No me refiero a que cada uno de nosotros deba sentir el deseo de padecer el martirio por Cristo y soportar torturas como las de Santa Inés y Santa Águeda. Pero, eso sí, cada uno ha de estar lleno de ese mismo espíritu, en el que Dios se glorifica y concede también la fuerza para el martirio. Se trata de la virtud de la valentía y, más aún, del espíritu de fortaleza.

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