ESCENA 1
(Una mujer ve a un hombre que parece algo perdido…)
FIEL: ¿Sois nuevo aquí en Milán?
PAULINO: Sí, vengo de un largo viaje y regreso a Roma, pero he tenido que hacer una parada aquí.
FIEL: Parecéis clérigo.
PAULINO: ¡Lo soy!
ESCENA 1
(Una mujer ve a un hombre que parece algo perdido…)
FIEL: ¿Sois nuevo aquí en Milán?
PAULINO: Sí, vengo de un largo viaje y regreso a Roma, pero he tenido que hacer una parada aquí.
FIEL: Parecéis clérigo.
PAULINO: ¡Lo soy!
Durante las tres últimas meditaciones, desarrollamos un consejo indirecto que nos da San Antonio Abad, un sabio padre del desierto. En este contexto, reflexionamos sobre el combate en lo que escuchamos, hablamos y miramos, y vimos cuán necesario es colocar estos importantes ámbitos de la vida humana bajo el dominio de Dios y defenderlos contra múltiples ataques.
“El que está sentado en el desierto y procura tener el corazón calmado, ha quedado a salvo de tres combates: el de la escucha, el del habla y el de la vista. Sólo le queda un combate por librar: la lucha contra la impureza.”
Entonces, nos queda ahora por tratar la lucha contra la impureza, que es uno de los combates más difíciles para el hombre. No sólo se refiere a la impureza a nivel corporal; sino también a las inclinaciones desordenadas a nivel espiritual y psicológico. Pero en esta ocasión nos enfocaremos en la dimensión corporal.
Retomemos una vez más la meditación de estas palabras de San Antonio Abad:
“El que está sentado en el desierto y procura tener el corazón calmado, ha quedado a salvo de tres combates: el de la escucha, el del habla y el de la vista. Sólo le queda un combate por librar: la lucha contra la impureza.”
Los dos últimos días, habíamos reflexionado acerca del combate contra lo que escuchamos y contra lo que hablamos. Hoy nos dedicaremos a la lucha en relación con lo que miramos.
En la meditación de hoy, continuamos con el tema que habíamos iniciado ayer, en la memoria de San Antonio Abad. Volvamos a escuchar las palabras de este padre del desierto, para seguir describiendo el combate que los cristianos estamos llamados a librar:
“El que está sentado en el desierto y procura tener el corazón calmado, ha quedado a salvo de tres combates: el de la escucha, el del habla y el de la vista. Sólo le queda un combate por librar: la lucha contra la impureza.”
Ayer habíamos reflexionado acerca de la escucha; hoy meditaremos sobre el combate en el hablar. San Antonio, estando en el desierto, aprendió a callar. Pero, conforme a sus palabras, también cultivaba una calma en el corazón, con lo cual se refiere a un recogimiento interior, una paz que va creciendo conforme vivamos en un diálogo confiado con Dios y nos enfoquemos totalmente en Él.
Ef 6,10-13.18
Lectura correspondiente a la memoria de San Antonio Abad
Hermanos, fortaleceos por medio del Señor, de su fuerza poderosa. Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del diablo. Porque nuestra lucha no va dirigida contra simples seres humanos, sino contra los principados, las potestades, los dominadores de este mundo tenebroso y los espíritus del mal que están en el aire. Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día funesto; y manteneros firmes después de haber vencido todo. Manteneos siempre en la oración y en la súplica, orando en toda ocasión por medio del Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos.
San Francisco había enviado a seis de sus frailes a predicar el Evangelio en tierras de sarracenos. Él mismo había intentado convertir al sultán de Egipto, pero no lo consiguió.
El superior de los seis misioneros enfermó, por lo que los cinco restantes partieron hacia España. Se llamaban Berardo, Otón, Pedro, Acursio y Adyuto. Su misión era anunciar el mensaje de Cristo a los musulmanes que vivían en España. Su primer destino fue Sevilla, que por entonces estaba bajo dominio musulmán, al igual que todo el sur de la península ibérica.
Tras la serie de meditaciones sobre la Epístola de Santiago, me gustaría retomar algo que empecé el año pasado: presentar la vida de algunos santos.
El santo de hoy, San Elredo, nació en Hexham (Inglaterra) en 1109. Sus padres, reconocidos en el mundo por su origen noble, se preocuparon especialmente por su educación. En su juventud, Elredo gozó de una amplia formación clásica en el monasterio benedictino de Durham. En la época del rey David I (1124-1153), vivió en la corte real escocesa: primero, como compañero de los príncipes de Escocia y, posteriormente, como economista.
Si, al iniciar el año, ponemos nuestra mirada en la Madre del Señor, tal como la Iglesia nos insta a hacerlo, entonces todo se esclarece, a pesar de las nubes oscuras que actualmente se ciernen sobre el mundo.
Todo se esclarece, porque Tú, oh María, fuiste elegida como hija del género humano. Tú no solamente diste a luz al Hijo de Dios; sino que también lo seguiste como discípula. Así, el Señor te incluyó de forma especial en el plan de la salvación. Esto nos da esperanza, porque nuestro Padre, que te confió a su Unigénito, te convirtió también en Madre de la humanidad redimida.
Por eso, al finalizar la Octava de Navidad y al iniciar el nuevo año, nos dirigimos a Ti, oh Madre de este Amado Niño, y ponemos en tu corazón a todos los hombres.
Amado Niño, ya casi hemos llegado al final de estas meditaciones de Navidad, y también el año está a punto de culminar.
Amado Señor, ha sido un año tan extraño e incluso absurdo para muchas personas… ¿A quién podrán dirigirse si no a Ti, que incluso en tiempos tan confusos estás presente, y quizá de forma especial cuando ves la necesidad y angustia de las personas?
¿Qué quieres darnos a entender a través de los acontecimientos de este año? Amado Niño Jesús, habría tanto que decir al respecto, pero un mensaje es seguro: Aunque todo empiece a tambalear, Tú eres y seguirás siendo el mismo. Tampoco ha cambiado el mensaje de la Navidad: ¡Alegraos, Cristo ha nacido! (cf. Lc 2,10-11)
Apenas habías llegado al mundo, oh Divino Niño, cuando Tus padres tuvieron que huir contigo a Egipto. Es admirable la obediencia de Tu padre adoptivo, San José, al partir de inmediato en cuanto hubo recibido esta orden en un sueño (Mt 2,13-14).
El esfuerzo, las fatigas y adversidades, el sufrimiento y la muerte caracterizan este mundo como consecuencia del pecado, y estaríamos para siempre perdidos si no fuera porque Tú viniste a nosotros y nos trajiste la luz de la esperanza.