Evangelio de San Juan (Jn 3,9-21): Nicodemo y el mensaje de Jesús

Nicodemo preguntó: “¿Cómo puede ser eso?” Jesús le respondió: “Tú, que eres maestro en Israel, ¿no sabes estas cosas? En verdad, en verdad te digo que nosotros hablamos de lo que sabemos, y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la tierra no creéis, ¿cómo vais a creer si os hablo de las cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo: el Hijo del hombre. Y, del mismo modo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga en él la vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no es juzgado; pero el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios.

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Evangelio de San Juan (Jn 2,23-25; 3,1-8): Nacidos del Espíritu

Jn 2,23-25; 3,1-8

Mientras estuvo en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos; y no necesitaba que alguien le dijera cómo son las personas, pues él conocía lo que hay en el ser humano. Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: “Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar los signos que tú realizas, si Dios no está con él.” Jesús le respondió: “En verdad, en verdad te digo que el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios.” Nicodemo le preguntó: ¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?” Respondió Jesús: “En verdad, en verdad te digo que el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.

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Evangelio de San Juan (2,13-25): La purificación del Templo

Jn 2,13-22

Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Entonces hizo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes, desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los vendedores de palomas: “Quitad esto de aquí. No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado.” Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: “El celo por tu casa me devorará.”

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Evangelio de San Juan (2,1-12): El primer signo de Jesús en Caná

Jn 2,1-12

Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Y, como faltó vino, la madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”. Jesús le respondió: “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora”. Dijo su madre a los sirvientes: “Haced lo que él os diga”. Había allí seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada una con capacidad de unas dos o tres metretas. Jesús les dijo: “Llenad de agua las tinajas”. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: “Sacadlas ahora y llevadlas al maestresala”. Así lo hicieron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde provenía –aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían– llamó al esposo y le dijo: “Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has reservado el vino bueno hasta ahora”. 

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Evangelio de San Juan (1,44-51): «Ven y verás»

Jn 1,44-51

Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encontró a Natanael y le dijo: “Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José”. Entonces le dijo Natanael: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” “Ven y verás” -le respondió Felipe. Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él: “Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay engaño”. Le contestó Natanael: “¿De qué me conoces?” Respondió Jesús y le dijo: “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi”. Respondió Natanael: “Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”. 

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Evangelio de San Juan (1,35-42): La vocación de los primeros discípulos

Jn 1,35-42

Al día siguiente estaban allí de nuevo Juan y dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: “Éste es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: “¿Qué buscáis?” Ellos le dijeron: “Rabbí –que significa: ‘Maestro’–, ¿dónde vives?” Les respondió: “Venid y veréis”. Fueron y vieron dónde vivía, y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Encontró primero a su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías -que significa: ‘Cristo’.” Y lo llevó a Jesús. Jesús le miró y le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas -que significa: ‘Piedra’”.  leer más

Evangelio de San Juan (1,19-34): El testimonio del Bautista

Jn 1,19-34

Éste es el testimonio de Juan, cuando desde Jerusalén los judíos le enviaron sacerdotes y levitas para que le preguntaran: “¿Tú quién eres?”. Entonces él confesó la verdad y no la negó, y declaró: “Yo no soy el Cristo”. Y le preguntaron: “¿Quién, pues? ¿Eres tú Elías?” Y dijo: “No lo soy”. “¿Eres tú el Profeta?” “No” -respondió. 

Por último le dijeron: “¿Quién eres, para que demos una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?” Contestó: “Yo soy la voz del que clama en el desierto: ‘Haced recto el camino del Señor’, como dijo el profeta Isaías”. 

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Evangelio de San Juan (1,6-8): La potestad de ser hijos de Dios

Jn 1,6-18

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran. No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo se hizo por él, y el mundo no le conoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios. Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: “Éste era de quien yo dije: ‘El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo’.” 

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EVANGELIO DE SAN JUAN: “El prólogo de San Juan”

NOTA PRELIMINAR: Puesto que, con la gracia de Dios, llevo ocho años escribiendo y grabando meditaciones sobre la lectura o el evangelio del día, se ha juntado ya un rico tesoro que siempre está a disposición para los oyentes (es.elijamission.net). Para casi todos los días del año, se puede recurrir a una meditación ya existente.

La Palabra de Dios es y seguirá siendo un tesoro inagotable para nosotros. Cuando, al empezar el año, estuve reflexionando sobre cómo continuar con las meditaciones, surgió la idea de recorrer sistemáticamente los cuatro evangelios y algunas de las epístolas. No es una idea totalmente nueva, porque hace muchos años ya hice algo similar, pero sólo oralmente. Ahora, al hacerlo también de forma escrita, será posible traducir las meditaciones a varios idiomas.

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Jesús destruye las obras del Diablo

1Jn 3,7-10 

Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo, como él es justo.

Quien comete el pecado es del Diablo, pues el Diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del Diablo. Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado porque su germen permanece en él; y no puede pecar porque ha nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del Diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano.

Algo que caracteriza a San Juan es el lenguaje claro que utiliza. Sus afirmaciones son contundentes, y hoy en día no las pronunciaríamos fácilmente de esa mismo manera; sino que más bien tendemos a expresarnos de forma diferenciada. Por supuesto que no está mal diferenciar las cosas, pero nunca se debe debilitar la verdad en su núcleo.

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