San Jorge: el vencedor del dragón y mártir

Probablemente, hay pocos santos tan conocidos y rodeados de tantas historias y leyendas como san Jorge, cuya fiesta se conmemora hoy en la Santa Misa. Por lo general, se le representa como el matador del dragón y es muy venerado en todo el mundo cristiano, tanto en Oriente como en Occidente. En torno a la matanza del dragón surgió la siguiente historia, que citaré de forma resumida de la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine:

El caballero Jorge, del linaje de los capadocios, llegó un día a la ciudad de Silca, en la tierra de Libia. Cerca de la ciudad había un enorme lago en el que habitaba un dragón venenoso que, en más de una ocasión, había obligado a todo el pueblo a huir cuando intentaba enfrentarse a él armado. Entonces se acercaba a las murallas de la ciudad y lo contaminaba todo con su aliento venenoso. Los habitantes de la ciudad, que aún eran paganos, le sacrificaban dos ovejas cada día. A medida que el número de ovejas iba disminuyendo, la población se vio obligada a sacrificar a sus propios habitantes, elegidos por sorteo. Así, le llegó también el turno a la hija del rey. Su padre, aunque profundamente dolido, no logró salvarla, pues el pueblo amenazaba con quemarlo a él y a su casa si no acataba la ley que él mismo había promulgado.

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Relación confiada con Dios ­– Reflexiones sobre San Conrado

Sin duda, nos maravillamos ante el testimonio de San Conrado, cuya vida fue tan fecunda en el humilde y agotador servicio de fraile portero, que desempeñó durante cuarenta y un años, hasta tres días antes de su muerte. A través de fray Conrado, los peregrinos que llegaban al santuario de Altötting podían experimentar la presencia de Dios de una forma muy cercana. Él mismo nos reveló algo del «secreto» de su amor, que lo mantenía tan íntimamente unido al Señor.

Por un lado, hemos de admirar una vida así y alabar al Señor por la obra que realizó en él y a través de él. Por otro lado, también debemos agradecer al santo por haber seguido tan atentamente la guía de nuestro Padre celestial y por haberle servido incansablemente a Él y a los hombres. También conviene pedir su intercesión para nuestro propio camino de seguimiento de Cristo. Pero podemos ir un paso más allá y preguntarnos: ¿cómo podemos sacar el mayor provecho posible de la vida de este santo?

Se trata de que también nosotros encontremos la fuente de la que el hermano Conrado bebió en abundancia, de modo que brotaron de su interior ríos de agua viva hacia el mundo (cf. Jn 7,38). Con su habitual sencillez y bondad, nuestro santo nos mostró cómo deberíamos vivir:

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San Conrado de Parzham: apóstol de la santidad

Tras las meditaciones sobre la Resurrección del Señor y las realidades últimas del hombre, me gustaría retomar algo que empecé el año pasado: tratar con frecuencia la vida de los santos del día. No necesariamente serán siempre los santos cuya memoria se celebra en la liturgia del día, sino que también hablaré de aquellos que quizá sean menos conocidos o que solo se veneran a nivel local, pero que también figuran en los santorales.

Todos los santos son verdaderos testigos del Evangelio, tanto si realizaron obras extraordinarias a la vista de todos como si su amor a Dios floreció más bien en lo oculto. Son un don inestimable para la Iglesia y, por tanto, para toda la humanidad. Solo Dios sabe cuántas gracias se han derramado sobre la humanidad gracias a sus vidas.

Hoy pondremos nuestra mirada en san Conrado de Parzham, un santo alemán de quien procede esta memorable afirmación:

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El purgatorio: la purificación tras la muerte

Para completar esta serie de meditaciones sobre las «postrimerías», solo nos queda abordar el tema del purgatorio, que es muy importante, aunque a menudo se malinterpreta. A pesar de su seriedad, la doctrina del purgatorio resulta muy reconfortante.

Debemos asumir que, después de la muerte, la mayoría de las personas aún no están en condición de alcanzar inmediatamente la unión plena con Dios, ya que para ello es preciso estar completamente purificados. Al mismo tiempo, esperamos que el menor número posible de almas —ojalá ninguna— se condenen en el infierno. Esto, por supuesto, queda sometido exclusivamente al Juicio misericordioso y justo de Dios. Desde este trasfondo, podemos comprender el profundo sentido de la doctrina del purgatorio. El lugar de purificación brota de la sabiduría de Dios y constituye un acto de su misericordia. Así, para aquellas personas que durante su vida terrenal no respondieron suficientemente al amor de Dios, aún existe la posibilidad de ser purificados después de la muerte.

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“El infierno”

Una reflexión sobre las «postrimerías» —las realidades últimas del hombre— quedaría incompleta si no abordáramos también la posibilidad de que el ser humano fracase en su camino. Tanto la Sagrada Escritura como la Tradición de la Iglesia dan testimonio inequívoco de la existencia del infierno.

Es cierto que puede resultar aterrador hablar de ello, pero eso no justifica que se omita esta dimensión de nuestra fe. De hecho, también puede existir un «susto» provechoso que nos sacuda. San Juan Crisóstomo hizo hincapié en la importancia de esta doctrina y destacó cuán esencial es tenerla presente:

«En verdad, si pensáramos siempre en el castigo del infierno, no caeríamos tan fácilmente en él. Por eso Dios nos ha amenazado con el castigo del infierno: si su consideración no tuviera algo salvífico, no lo habría hecho. Puesto que el recuerdo de los castigos del infierno produce efectos tan positivos, Dios nos ha brindado la amenaza como un remedio sanador […]. Un alma que teme al infierno no caerá fácilmente en el pecado […]. El temor que habita en el corazón expulsa de él todo lo pecaminoso» (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre la Segunda Carta a los Tesalonicenses, 2,3).

Hasta aquí las palabras de san Juan Crisóstomo, que destacan especialmente la función pedagógica de la doctrina del infierno.

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El cielo: la vida eterna con Dios (II)

Como vimos en la meditación de ayer, el bien supremo que nos espera en el Cielo es la visión beatífica de Dios, que nos hará infinitamente dichosos. Algunos Padres de la Iglesia han intentado, en cierta medida, hacernos accesible lo inaccesible. Quisiera citar a continuación una de esas voces para acrecentar nuestro anhelo por lo que nos espera. San Agustín, maestro de la palabra, escribe en La Ciudad de Dios:

«¡Qué grande será aquella felicidad donde no habrá mal alguno, donde no faltará bien alguno y donde toda ocupación consistirá en alabar a Dios, que será todo en todos! No sé qué otra cosa se podría hacer allí, donde ni por pereza cesará la actividad, ni se trabajará por necesidad (…).

Todos los miembros y partes internas del cuerpo incorruptible, que ahora vemos desempeñando diversas funciones por necesidad, se ocuparán entonces en la alabanza de Dios, ya que allí no habrá necesidad alguna, sino una felicidad plena, cierta, segura y eterna. (…) Todas las demás cosas grandes y admirables que allí se verán, encenderán las mentes racionales con el deleite de la hermosura racional en la alabanza de tan excelente artífice» (Libro XXII, capítulo 30).

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El cielo: la vida eterna con Dios

Ayer nos centramos en la resurrección espiritual, también denominada «la primera resurrección». No es necesario profundizar más en este tema, ya que se trata del camino diario de la fe unido a la lucha por la santidad. Este tema nos acompañará a lo largo de toda nuestra vida y, por mi parte, intento ofrecer constantemente a los fieles y a los buscadores pautas sobre el camino de la santidad, tanto en mis meditaciones diarias como en mis conferencias.

Pero lo que aún nos queda por abordar en estas meditaciones posteriores a la Resurrección del Señor es la vida eterna. Para los creyentes que han permanecido fieles hasta el final, será el Cielo: la unión plena con Dios en la contemplación de su gloria.

Sería insensato perder de vista la maravillosa meta hacia la que nos dirigimos. Es incomparablemente más gloriosa de lo que podemos imaginar y su belleza debería estimularnos. Al elevar nuestra mirada hacia la gloria del Cielo, de ningún modo nos desconectamos de la vida real, ni nos volvemos pseudomísticos, ni evadimos la realidad. Todas esas ideas son erróneas. Al contrario, el anhelo del Cielo debería aumentar nuestro fervor por cumplir la tarea que se nos ha encomendado en este mundo para glorificar a Dios y servir a los hombres.

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La primera resurrección

Tras haber dedicado las tres últimas meditaciones a hablar sobre la resurrección de la carne, que podemos esperar con alegría como fieles, conviene abordar ahora el tema de la resurrección espiritual, que precede a la del cuerpo y es el requisito indispensable para afrontar la muerte con serenidad y confianza. La resurrección espiritual se denomina también «primera resurrección», en referencia al despertar del alma a la verdadera vida.

San Agustín escribe sobre este tema en La Ciudad de Dios, comentando las siguientes palabras de Jesús:

«En verdad, en verdad os digo que llega la hora, y es ésta, en la que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán pues como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo tener vida en sí mismo» (Jn 5,25-26).

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La resurrección de la carne (III)

En las dos últimas meditaciones ya abordamos el tema de la resurrección corporal y pudimos constatar cuán maravilloso es el futuro que Dios ha previsto para nosotros. Los cuerpos resucitados ya no estarán sujetos a la corrupción. Tanto el alma como el cuerpo de los fieles, una vez que el Señor los haya vuelto a unir al final de los tiempos, podrán gozar para siempre de la visión beatífica de Dios.

Nuestro cuerpo resucitado poseerá cuatro gloriosas cualidades, tal y como nos enseña el Catecismo Romano de san Pío V:

«Los cuerpos resucitados de los santos tendrán ciertas propiedades maravillosas, que los harán inmensamente más nobles y espléndidos que fueron antes de la resurrección. Los Padres, apoyándose en la doctrina de San Pablo, señalaron cuatro, llamadas dotes:

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La resurrección de la carne (II)

Retomemos hoy la sana doctrina sobre la resurrección de los muertos. Esta certeza es tan esencial que san Pablo llega a afirmar: «Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe» (1Cor 15,13-14).

Puesto que nuestra fe católica nos comunica la luz de la verdad, es sanadora en todo el sentido de la palabra. No hay nada que introduzca más al ser humano en su verdadera identidad que reconocer la verdad por gracia de Dios y aceptar la salvación que Él, en su infinita misericordia, le ofrece en Cristo Jesús. Si permanece en la verdad, el Padre celestial podrá restablecer en él la imagen según la cual lo creó. En la eternidad alcanzará su plenitud. Por otro lado, no podemos pasar por alto el hecho de que el hombre, por su propia culpa, puede fallar al propósito para el cual fue creado y, en consecuencia, estar eternamente separado de Dios, sufriendo indecibles tormentos. Esta verdad de fe sobre el infierno también es provechosa, puesto que puede sacudirnos y recordarnos que tendremos que rendir cuentas de nuestra propia vida, exhortándonos así a optar por la verdad.

¿Qué sucede cuando una persona muere? La Iglesia católica enseña que, inmediatamente después de la muerte, tiene lugar el juicio particular, en el que se decide el destino eterno del difunto mediante una sentencia divina.

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