Con convicción y valentía, Juana emprende el arduo viaje hacia Chinon, que se prolongará durante once días. Sabe que ha recibido una misión de Dios, por lo que no teme ser detenida por nada ni por nadie. Además, anima constantemente a sus acompañantes. Durante el proceso de rehabilitación de la santa, dos de ellos darán testimonio de este viaje.
El caballero Bertrand de Poulengy relata:
«Fue una emocionante travesía, pero Juana nos animaba diciéndonos que no tuviéramos miedo, pues el noble heredero nos recibiría amablemente cuando llegáramos a Chinon. Os aseguro que sus palabras me encendieron, pues realmente me parecía una enviada de Dios. Nunca pude ver en ella el más mínimo mal. Era tan buena como una santa […]. Así llegamos juntos y sin obstáculos a Chinon, donde se encontraba el rey, que por entonces aún era delfín (heredero al trono). Allí presentamos a la Doncella a los nobles y a la comitiva real».
