REFLEXIÓN SOBRE LA OBEDIENCIA: “Un camino regio para seguir a Cristo”  

Tras haber dedicado dos meditaciones previas a reflexionar sobre el consejo evangélico de la castidad, me gustaría abordar hoy algunos aspectos generales de la obediencia espiritual, tan importante para todos en la imitación de Cristo. Espero que esta reflexión ayude a apreciar un poco más la obediencia espiritual.

La palabra latina oboedire, de la que se deriva «obedecer», incluye el verbo audire, que significa «escuchar». Por tanto, la obediencia se relaciona con una escucha atenta, es decir, con oír correctamente, prestando toda nuestra atención a quien nos habla.

Cuando Dios comunicó sus mandamientos al Pueblo de Israel por medio de Moisés, empezó diciendo: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor» (Dt 6,4).

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Santos Faustino y Jovita, mártires

Hb 10,32-38

Acordaos de los días primeros, cuando, recién iluminados, tuvisteis que sostener una lucha grande y dolorosa: unas veces sometidos públicamente a calumnias y vejaciones, otras estrechamente unidos a los que así eran tratados, porque compartisteis los sufrimientos de los encarcelados y recibisteis con alegría el robo de vuestros bienes, sabiendo que poseéis un patrimonio mejor y más duradero. No perdáis, por tanto, vuestra confianza, que tiene una gran recompensa: porque necesitáis paciencia para conseguir los bienes prometidos cumpliendo la voluntad de Dios. En efecto, todavía un poco de tiempo, muy poco, y el que va a venir llegará y no tardará; pero mi justo vivirá de fe; y si se volviera atrás, mi alma no se complacerá en él.

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REFLEXIÓN SOBRE LA CASTIDAD: “La castidad: guardiana de la belleza del alma”  

Retomamos hoy las reflexiones sobre la virtud de la castidad que iniciamos ayer.

En una época marcada por la constante estimulación de la sensualidad, se debe prestar la máxima atención para proteger esta virtud. Esto se aplica tanto a las provocaciones que vienen del exterior como a las que surgen en nuestro interior.

La Sagrada Escritura nos recuerda que nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo:

«Huid de la fornicación. Todo pecado que un hombre comete queda fuera de su cuerpo; pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados mediante un precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo» (1Cor 6,18-20).

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San Fulcran de Lodève: Amante de la castidad

En la Iglesia católica existen innumerables santos, a los que se honra de manera especial en el día de su festividad. Como mencioné hace algún tiempo, me he propuesto presentaros a algunos santos poco conocidos. El santo de hoy, Fulcran de Lodève, provenía de una familia de la nobleza francesa y fue consagrado obispo de Lodève el 4 de febrero de 949.

Ejerció el ministerio episcopal durante 57 años, dedicándose enteramente a la santificación de su rebaño. Combatió el vicio, erradicó los abusos y estableció una vida cristiana dichosa por doquier. Su amor universal le mostraba una y otra vez los medios para atender las necesidades de los enfermos y los pobres de su diócesis. Movido por su profundo aprecio hacia los consagrados, fundó el monasterio de San Salvador, restauró otros ya existentes e introdujo la disciplina y el orden en todas las comunidades religiosas. También otorgó grandes beneficios a las iglesias y hospitales. Mediante los milagros que obró en la tumba de su fiel servidor, Dios confirmó lo que ya se creía sobre su santidad. En torno al año 1127, exhumaron el cuerpo de san Fulcran, que permaneció incorrupto hasta 1572, cuando los hugonotes lo arrojaron al fuego.

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San Teodoro de Heraclea: El matador de dragones

¡Cuán ricas son las historias de los santos, que nos hacen conocer a personas que vivieron su fe hasta las últimas consecuencias y siguieron con total convicción a Nuestro Señor! Sin duda, muchas de ellas nos muestran una radicalidad que podría asustarnos. Como decía san Francisco de Sales, algunos santos son más para admirar que para imitar. Sin embargo, hay algo que siempre debemos tener presente y de lo que cada uno de ellos daría fe: fue la gracia de nuestro Padre celestial la que los hizo capaces de realizar cosas extraordinarias. Ya se trate de los incansables misioneros que no escatimaron esfuerzos para anunciar el Evangelio hasta los confines de la Tierra, o de aquellos santos que practicaron las obras de misericordia hasta la total abnegación de sí mismos, o de aquellos monjes que vivieron la vida monástica con gran disciplina y ascetismo y contribuyeron a la edificación de la Iglesia.

Pero tampoco podemos olvidar a tantos otros que, de forma más discreta pero no menos fructífera, sirvieron a Dios en el heroico cumplimiento de sus deberes de estado. Siempre fue la santa presencia del Señor la que los modeló y santificó. En este sentido, la vida de cada santo es también un mensaje de Cristo dirigido a nosotros, que nos exhorta a recorrer el camino que Dios ha trazado para nosotros y nos anima a responder al llamado universal a la santidad.

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San Pablo Miki y compañeros mártires: “El triunfo de la fe y del amor”

La Iglesia es rica en misioneros y mártires, en quienes se manifestó el triunfo de la fe y del amor. Esto puede decirse sobre los mártires japoneses Pablo Miki y sus compañeros, cuya memoria celebramos hoy.

En 1542-1543 los portugueses habían descubierto Japón y en 1549 San Francisco Javier había empezado a misionar allí. Así, en 1590 había aproximadamente medio millón de cristianos en Japón.

El gobernante japonés, aunque tolerante al principio, se volvió cada vez más hostil al cristianismo. En 1596 arrestó en Oasaka a 26 cristianos: 3 de ellos eran jesuitas japoneses; 6 franciscanos españoles (entre ellos Pedro Bautista) y 17 terciarios franciscanos japoneses; es decir, laicos que pertenecían a la Tercera Orden de San Francisco. Entre ellos se encontraban 3 monaguillos de entre 12 y 14 años de edad.

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Santa Águeda y el espíritu de fortaleza

El día de hoy nuevamente nos encontramos con una santa, que, bajo una terrible persecución, llegó a ser mártir por amor a Cristo a una edad muy temprana. En Santa Águeda descubrimos un alma encendida de amor, así como también en Santa Inés, cuya historia escuchamos recientemente. Ellas, haciendo realidad las palabras del evangelio de hoy, son testigos y modelos para nosotros en el seguimiento del Señor.

Los santos no solamente están para que los admiremos e invoquemos, sino también para que los imitemos. Por eso podemos preguntarnos: ¿Qué podría obrar en mí un amor ardiente como el suyo? No me refiero a que cada uno de nosotros deba sentir el deseo de padecer el martirio por Cristo y soportar torturas como las de Santa Inés y Santa Águeda. Pero, eso sí, cada uno ha de estar lleno de ese mismo espíritu, en el que Dios se glorifica y concede también la fuerza para el martirio. Se trata de la virtud de la valentía y, más aún, del espíritu de fortaleza.

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San José de Leonisa y la respuesta incondicional al llamado de Dios

En la vida del santo de hoy se puede ver cuántos obstáculos se les pone a veces a aquellos que Dios ha destinado a una gran misión. En la historia que conoceremos hoy, no fueron tanto los enemigos externos —aunque estos también se sumaron posteriormente—, sino la propia familia. Esta resistencia puede resultar aún más difícil de afrontar, ya que se trata de personas con las que uno ha crecido en el seno de la familia y a las que está unido por los lazos de sangre o de la amistad, pero que, en su incomprensión, se oponen a los designios de Dios. Así sucedió con san José de Leonisa en el siglo XVI.

Sus familiares tenían grandes expectativas sobre la brillante carrera que el joven podría alcanzar en el mundo. Ya estaba concertado su casamiento con una noble dama de extraordinaria belleza y gran fortuna. Sin embargo, José huyó de la casa paterna y pidió el hábito de los capuchinos en Asís, la ciudad natal de san Francisco. Pero ni siquiera en el convento, donde el joven había iniciado su noviciado, dieron tregua sus parientes.

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Las cartas de San Ignacio

 

En el calendario tradicional, se celebra hoy la fiesta de San Ignacio de Antioquía. Si alguien prefiere una meditación que corresponda al calendario actual, puede encontrar el enlace al final.

De acuerdo con la tradición de la Iglesia, San Ignacio de Antioquía fue discípulo de los apóstoles Pedro y Juan. Más adelante fue nombrado obispo de Antioquía, la capital siria. Murió mártir, y desde los primeros tiempos fue venerado como santo en la Iglesia. Él se llamaba a sí mismo siempre con este nombre: Teóforo (θεοφόρος), que quiere decir “portador de Dios”.

Según Orígenes, Eusebio y Jerónimo, San Ignacio habría sido el tercer obispo de Antioquía, si se cuenta al apóstol Pedro como primero y a su sucesor Evodio como el segundo. Lo cierto es que fue obispo y que fue condenado a muerte bajo el emperador Trajano. En su viaje de Antioquía a Roma, Ignacio escribió las siete cartas que han sido preservadas hasta nuestro tiempo y que son consideradas como una joya de la fe cristiana primitiva y de profunda piedad.

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Santa Martina de Roma

Hoy celebramos nuevamente a una de las santas vírgenes que sufrieron el martirio al comienzo de la propagación del cristianismo en el Imperio Romano, convirtiéndose así en semillas para el crecimiento del Reino de Dios. Es admirable ver con qué fe y determinación estas jóvenes permanecieron fieles al Señor, sin dejarse doblegar. No sólo debemos recordarlas e imitar su ejemplo, sino que podemos pedirles concretamente que nos ayuden a permanecer fieles al Señor cuando nosotros mismos suframos calumnias y persecuciones.

Una y otra vez he señalado en mis meditaciones y conferencias que creo que actualmente nuestra fe está siendo amenazada tanto desde fuera como desde dentro. Ciertamente en todas las épocas se ha visto en peligro, pero no podemos pasar por alto que ahora estamos en un tiempo en que la verdad de nuestra fe está siendo atacada globalmente (aunque con distinta intensidad dependiendo de la región). Así, se puede llegar fácilmente a una situación de persecución.

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