Conclusión del himno cristológico y exhortación

Después de haber meditado ayer una gran parte del himno cristológico, que exalta la divinidad de Jesucristo e ilumina su persona de forma incomparable, centrémonos ahora en las últimas palabras de este himno, que nos presentan al Señor como Cabeza de la Iglesia:

«Él es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas:
haciendo la paz por la sangre de su cruz
con todos los seres, así del cielo como de la tierra»
(Col 1,18-20).

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Himno cristológico

Tras elogiar la vida cristiana de los colosenses, san Pablo redacta uno de los pasajes más bellos de sus cartas. Se trata del himno cristológico, que comienza con la alabanza a Dios Padre. La glorificación del Padre, que era el gran anhelo del corazón de su Hijo Jesucristo, resuena en primer lugar en este cántico de alabanza. ¿Cómo podríamos comprender las maravillosas obras de Dios si no consideráramos a Jesús como el Enviado del Padre? La comunidad de Colosas debe ser consciente de la gloria del Hijo de Dios para que su fe cristiana esté firmemente arraigada y pueda rechazar cualquier doctrina que pretenda eclipsar la divinidad de Jesús. leer más

EPÍSTOLA A LOS COLOSENSES (I): “Introducción a la Carta a los Colosenses”  

Puesto que llevo en el corazón el gran deseo de anunciar el Evangelio y, con él, todo el testimonio de la Sagrada Escritura, daré inicio a una serie en la que meditaremos sistemáticamente la Epístola a los Colosenses, redactada por el apóstol san Pablo. Quien prefiera seguir las meditaciones sobre la lectura o el evangelio del día, encontrará al final los enlaces respectivos.

Desde mi punto de vista, en la época actual es particularmente importante una sana exégesis de la Sagrada Escritura, ya que se está difundiendo cada vez más una visión modernista de la Biblia que, a menudo, no ofrece un verdadero alimento para el alma. Sin embargo, la Palabra de Dios es tan rica e importante que no deberíamos cansarnos de escucharla. ¡Conservémosla en nuestro corazón como la Virgen María para que produzca abundante fruto!

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VIDAS DE SANTOS: “San Juan de Capistrano: una vocación excepcional”  

¡Qué historias tan extraordinarias encontramos en las vidas de los santos! Se trata de personas que se entregan por completo al Señor y que, en muchas ocasiones, se consumen totalmente en su servicio. Fue su ardiente amor por Dios el que impulsó a san Juan de Capistrano a realizar hazañas que superan con creces lo que un ser humano es capaz de lograr. ¡El misterio de Dios se revela!

Juan de Capistrano nació en Nápoles en 1368 y estaba decidido a emprender una distinguida carrera mundana. Sin embargo, debido a las tensiones políticas en las que pretendía actuar como mediador en su calidad de abogado del rey Ladislao de Nápoles, fue capturado y encerrado en una torre fortificada. Por muy cruel que fuera el trato que recibió, Dios se sirvió de estas circunstancias para hacerle comprender que debía servir al Rey del Cielo y abandonar el mundo.

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Reflexión sobre los santos

En el marco de las meditaciones diarias, además de reflexionar sobre las lecturas o el Evangelio del día o de abordar diversos temas relacionados con la vida espiritual, he incluido en algunas ocasiones la vida de los santos. Siempre es una gran alegría para mí hablar de ellos. Hoy me gustaría compartir y comentar brevemente algunas reflexiones del filósofo alemán Dietrich von Hildebrand sobre los santos en general.

En su esclarecedor libro El caballo de Troya en la Ciudad de Dios, Hildebrand aborda diversos temas para explicar la crisis de la Iglesia. Dedica un capítulo entero a los santos y merece la pena escuchar atentamente sus palabras, que nos ayudarán a comprender y valorar mejor a los santos, tanto en su persona como en el mensaje que nos han legado. Así escribe Hildebrand:

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La emperatriz Santa Pulqueria: una segunda Elena

El Señor es capaz de despertar a los suyos y guiarlos hacia la santidad. Esto no siempre significa retirarse a un monasterio o servir a Dios en una ermita. También puede suceder en una corte imperial, donde la pompa y la opulencia suelen ser la norma. Incluso en este contexto, encontramos una y otra vez personas que, a pesar de todo el lujo que les rodeaba y de la seducción que el poder puede ejercer sobre las personas, se convirtieron en modelos brillantes para muchos. Supieron sustraerse a la atracción de una vida cortesana, a menudo vanidosa y vacía, y en su lugar se pusieron humildemente al servicio del Señor.

Una de estas personalidades destacadas fue la santa Pulqueria, emperatriz del Imperio bizantino. El obispo san Cirilo la describió como «la esposa más casta de Cristo, la joya del mundo, el ornamento de la Iglesia», y los padres del Concilio de Calcedonia la denominaron «guardiana de la fe, promotora de la paz, combatiente de los herejes, la nueva Helena».

Pulqueria era hija del emperador Arcadio. A los nueve años quedó huérfana. Pero Dios, que quería servirse de ella como instrumento para sus santos designios, atrajo hacia sí el corazón de la joven y, desde muy tierna edad, le concedió el don de la sabiduría, el amor a la oración y a la soledad, y una valentía viril.

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San Pedro Claver: apóstol de los esclavos africanos

Si queremos conocer qué clase de obras heroicas puede llevar a cabo una persona impulsada por la gracia de Dios, basta con profundizar en la vida de los santos. Una y otra vez descubriremos que el amor de Dios los hizo capaces de amar de una manera que supera con creces nuestra capacidad humana.

Nos encontramos con un fuego de amor a Dios y al prójimo que sigue ardiendo hasta hoy y que permanece vivo en la memoria de la Iglesia. Aquellas personas que, en su lucha por la santidad, han ardido tanto como el santo que celebramos hoy, siempre están dispuestas a ayudarnos a recorrer nuestro camino de seguimiento de Cristo de la mejor manera posible. Su fervor y su espíritu de sacrificio, que a veces pueden hacernos sentir avergonzados, llaman a la puerta de nuestro corazón y nos llevan a cuestionarnos si estamos dispuestos a imitar lo suficiente al Señor para convertirnos nosotros mismos en testigos de su amor inefable, cada uno según la vocación que Dios le ha confiado.

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Fiesta de San Agustín: “Una verdadera conversión”  

Aunque sólo en la Orden de los Agustinos exista una fiesta específica para conmemorar la conversión de San Agustín, el día de hoy se presta para meditar sobre este suceso tan extraordinario. Cada vez que se lee su historia, parece ser la primera vez, similar a lo que  acontece con la conmovedora conversión de San Pablo.

San Agustín tuvo que recorrer un largo camino con muchas luchas. Algo que le resultó particularmente difícil fue vencer las apetencias de la carne. A continuación, escucharemos un pasaje tomado del Libro Octavo de las Confesiones de San Agustín, que nos da una perspectiva conmovedora del momento decisivo de su conversión:

Reteníanme unas bagatelas de bagatelas y vanidades de vanidades, antiguas amigas mías; y tirábanme del vestido de la carne, y me decían por lo bajo: “¿Nos dejas?” Y “¿desde este momento no estaremos contigo por siempre jamás?” Y “¿desde este momento nunca más te será lícito esto y aquello?” ¡Y qué cosas, Dios mío, qué cosas me sugerían con las palabras “esto” y “aquello”! Por tu misericordia aléjalas del alma de tu siervo. ¡Oh, qué suciedades me sugerían, que indecencias! (…).

 

Hacían que yo, vacilante, tardase en romper y desentenderme de ellas y saltar adonde era llamado, en tanto que la costumbre violenta me decía: “¿Qué?, ¿piensas tú que podrás vivir sin estas cosas?”

Mas apenas una alta consideración sacó del profundo de su secreto y amontonó toda mi miseria a la vista de mi corazón, estalló en mi alma una tormenta enorme, que encerraba en sí copiosa lluvia de lágrimas. Y para descargarla toda con sus truenos correspondientes, me retiré de junto a Alipio -pues me pareció que para llorar era más conveniente la soledad- y me retiré lo más remotamente que pude, para que su presencia no me fuese estorbo. (…) Yo, tirándome debajo de una higuera, no sé cómo, solté la rienda a las lágrimas, brotando dos ríos de mis ojos, sacrificio tuyo aceptable. Y aunque no con estas palabras, pero sí con el mismo sentido, te dije muchas cosas como éstas: “¡Y tú, Señor, hasta cuándo! ¡Hasta cuándo, Señor, has de estar irritado! No quieras más acordarte de nuestras iniquidades antiguas.” Sentíame aún cautivo de ellas y lanzaba voces lastimeras: “¿Hasta cuándo, hasta cuándo, ¡mañana! ¡mañana!? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no poner fin a mis vergüenzas en esta misma hora?”

Decía estas cosas y lloraba con amarguísima contrición de mi corazón. Mas he aquí que oigo de la casa vecina una voz, como de niño o niña, que decía cantando y repetía muchas veces: “Toma y lee, toma y lee”. (…) Y así, reprimiendo el ímpetu de las lágrimas, me levanté, interpretando esto como una orden divina de que abriese la Sagrada Escritura y leyese el primer capítulo que hallase. Porque había oído decir de Antonio que, advertido por una lectura del Evangelio, a la cual había llegado por casualidad, y tomando como dicho para sí lo que se leía: “Vete, vende todas las cosas que tienes, dalas a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos, y después ven y sígueme”, se había al punto convertido a ti con tal oráculo.

Así que, apresurado, volví al lugar donde estaba sentado Alipio, allí donde yo había dejado los escritos del Apóstol Pablo al levantarme de allí. Lo tomé, pues; lo abrí y leí en silencio el primer capítulo que se me vino a los ojos, y decía: “No en comilonas y embriagueces, no en lechos y en liviandades, no en contiendas y emulaciones, sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo y no cuidéis de la carne con demasiados deseos.”

No quise leer más, ni era necesario tampoco, pues al punto que di fin a la sentencia, como si se hubiera infiltrado en mi corazón una luz de seguridad, se disiparon todas las tinieblas de mis dudas.

Escuchemos ahora el relato de aquel momento en que San Agustín hace partícipe a su madre, Santa Mónica, de la experiencia que acababa de vivir, pues el agradecido converso entendía ahora cuánto había ella sufrido por su causa. ¡La alegría de su madre es tanto más grande!

Después entramos a ver a la madre y le contamos lo que había sucedido, y se llenó de gozo; le contamos el modo cómo había sucedido, y saltaba de alegría y cantaba victoria, por lo cual te bendecía a Ti, que eres poderoso para darnos más de lo que pedimos o entendemos, porque veía que le habías concedido, respecto de mí, mucho más de lo que constantemente te pedía con gemidos lastimeros y llorosos. Porque de tal modo me convertiste a ti que ya no apetecía esposa ni abrigaba esperanza alguna de este mundo, estando ya en aquella regla de fe sobre la que hacía tantos años me habías mostrado a ella. Y así convertiste su llanto en gozo…

Este conmovedor testimonio de San Agustín, que después de un largo combate volvió a Dios, nos muestra las características de una verdadera conversión; la conversión de una vida de pecado a la santa fe.

Hasta el día de hoy sigue teniendo efecto: en sus escritos, en sus sermones, en la orden monástica que escribió, y, por supuesto, en su ejemplo, que ha de alentar al que está en busca de la verdad.

Terminemos esta meditación con una hermosa frase de nuestro santo:

“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!”

San Agustín tardó en entregarle todo su amor a Dios, pero, gracias a Dios, no fue demasiado tarde…

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SERIE SOBRE LA ORACIÓN: “El Santo Rosario”

Una de las oraciones más conocidas y practicadas en nuestra Iglesia Católica es el Santo Rosario, que constituye un elemento fundamental en la vida de muchos fieles.

¿Qué es lo que hace que el Rosario sea tan valioso y recomendable para cultivar y acrecentar la vida de la fe?

Lamentablemente, en ciertos círculos el Rosario se enfrenta a muchos prejuicios. Para algunas personas, no parece ser más que una “repetidera” sin sentido. Para otras, despierta recuerdos desagradables de tiempos pasados, cuando se veían obligados a rezar esta oración en la familia o en la iglesia. Pero estos prejuicios o resistencias pueden superarse si se intenta comprender más a profundidad el sentido del Santo Rosario.

  • El Santo Rosario es una oración meditativa; es una clásica meditación cristiana.

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SERIE SOBRE LA ORACIÓN: “Padecimientos en la oración” (Parte II)

La oración es una de las glorias que podemos gozar ya en esta vida, pues es una escalera por la cual Dios desciende a nosotros y nosotros ascendemos a Él. Sin embargo, ni siquiera en nuestra vida de oración estamos exentos de los esfuerzos que corresponden a nuestra existencia terrenal y tenemos que soportar todo tipo de perturbaciones. Pero Dios, en su sabiduría, se vale de todo ello.

Ayer habíamos empezado a hablar sobre los así llamados “padecimientos en la oración”, entre los cuales habíamos mencionado las distracciones y la sequedad en los sentimientos. Hoy queremos continuar con algunos otros…

  • Aversión a la oración

Cuando se cultiva una intensa vida de oración, puede suceder que aparece una aversión o un fastidio a la oración, a la Palabra de Dios, a lo religioso en general. ¡Todo parece sin sentido! Esto puede tener diferentes causas. Por un lado, el Diablo siempre está interesado en disuadirnos de avanzar en la vida espiritual y actúa por medio de sugestiones, queriendo influenciar nuestros pensamientos y sentimientos. Por otro lado, el desgano puede proceder también de nuestra naturaleza humana, que se rebela contra las exigencias de la fe y, de una u otra forma, dice: “Ya no quiero más”.

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