“EL SEÑOR LUCHA DE VUESTRO LADO”

“Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla” (Sal 26,3).

Aunque los ejércitos que avanzan contra nosotros no sean visibles, no son menos reales que aquellos que se enfrentan en una guerra física. Estamos rodeados de enemigos invisibles, que quieren desviarnos del camino de la salvación y, si no lo consiguen, al menos procuran ponernos obstáculos. Esto es lo que describe el Apóstol San Pablo en la Carta a los Efesios:

“Nuestra lucha no es contra la sangre o la carne, sino (…) contra los espíritus malignos que están en los aires” (Ef 6,12).

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“QUE MI CORAZÓN REPITA QUE TE AMO” 

“Oh mi Dios, si mi lengua no puede decir cada instante que te amo, por lo menos quiero que mi corazón lo repita cada vez que respiro” (San Juan María Vianney). 

El Santo Cura de Ars era un alma inflamada de amor, que quería corresponder plenamente al amor del Señor. ¡Un verdadero ejemplo para todos los sacerdotes! Su corazón desfallecía por Dios. Lo que más hubiera querido es entrar en un monasterio contemplativo para expresarle así todo su amor al Señor. Pero Dios tenía otros planes para él. Así, el Cura de Ars pasó incontables horas en el confesionario, sirviendo al Señor y a la salvación de las almas.

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NUESTRO CORAZÓN ESTÁ HECHO PARA DIOS

“El hombre no saboreará las verdaderas alegrías fuera de su Padre y Creador, pues su corazón está hecho sólo para mí” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

¿A quién pertenece nuestro corazón? “Donde está tu tesoro allí estará tu corazón” –dice el Señor (Mt 6,21).

De las palabras del Padre Celestial se deduce que toda búsqueda y aspiración que no lo tenga a Él como meta no puede traernos verdadera alegría. Hemos sido creados para Dios, y mientras no correspondamos a ésta nuestra destinación, seguiremos buscando y divagando en el mundo.

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SABIDURÍA AL GOBERNAR

“Le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies. Rebaños de ovejas y toros, y hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del mar, todo lo sometiste bajo sus pies. Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra, en toda la tierra” (Sal 8,7-10).

En muchos ámbitos, nosotros los hombres podemos tener parte en la gloria del Padre. Si permanecemos en el camino de Dios, lograremos ejercer de la manera que Él lo dispuso el dominio que nos ha encomendado sobre la Creación.

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POCO INFERIOR A LOS ÁNGELES 

“¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él; el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad” (Sal 8,5-6).

¿Por qué nuestro Padre creó al hombre? Él, que posee la plenitud en sí mismo, que es perfecto, que no carece de nada ni precisa evolucionar… No hay otra razón que moviera a Dios a dar vida a la creación entera –y particularmente al hombre– que el misterio de su amor. Esta constatación es de una insondable profundidad, porque el amor impregna todas las obras visibles de Dios.

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“YO SOY EL OCÉANO DE LA CARIDAD”

“Yo soy el Océano de la caridad” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio). 

Estas palabras del Padre Celestial a la Madre Eugenia Ravasio son una profunda invitación a sumergirnos confiada y totalmente en este océano. El amor de Dios es tan infinitamente grande que el Padre recurre a la comparación del océano para que intuyamos su grandeza, su inmensidad y su profundidad. Del mismo modo que la magnitud del océano –esta impetuosa creación de Dios– nos impacta, suscitando en nosotros un sentimiento de asombro y respeto, así quiere el Padre que la magnitud de su amor nos conmueva.

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LAS CAÑADAS OSCURAS

“Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan” (Sal 23,4).

Tras haber perdido el Paraíso con la caída en el pecado, la vida en la Tierra no siempre transcurre bajo el radiante sol, como ciertamente todos hemos tenido que experimentar. También tenemos que atravesar cañadas oscuras, que nos infunden temor. Sin embargo, Jesús nos asegura: “En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

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LIBERTAD EN DIOS

“No debéis temer como esclavos al Padre que os ama hasta el extremo” (Palabra interior).

Podemos imaginar cómo se siente cuando amamos de corazón a una persona y estamos dispuestos a hacer todo lo posible por ella, pero ella nos tiene miedo y se comporta como si la oprimiéramos. ¡Eso duele y nos sentimos incomprendidos! Además, no puede desarrollarse en tales circunstancias una verdadera relación de amor y confianza.

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SERENIDAD EN DIOS

“Quien se esfuerza por amoldarse a la verdad y no se preocupa tanto por cómo le traten o le estimen los hombres, encuentra su serenidad en Dios” (Beato Enrique Suso).

La “serenidad en Dios” es el gran tema del místico alemán Enrique Suso. Se refiere a aquella profunda paz que brota de la confianza en la bondad de Dios.

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