EN TU BONDAD, ENVIASTE A LOS PROFETAS

“En tu bondad, enviaste a los profetas para devolverlos al camino correcto, ¡pero cuántas veces tu pueblo no escuchó sus palabras, sino que persiguió y mató a Tus enviados!” (Himno de Alabanza a la Santísima Trinidad).

Nuestro Padre hizo todo por conducir a su Pueblo por la senda de la salvación. Pero una y otra vez la historia de Israel muestra cómo se desviaron. Les resultaba difícil ser distintos a los pueblos de alrededor.

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EL PUEBLO RECHAZA A DIOS

“Allí [en la Tierra Prometida] quisiste guiarlos por medio de Jueces, pero ellos quisieron tener reyes, como los otros pueblos. Entonces Tú les diste reyes, pero frecuentemente hacían lo que Te disgustaba” (Himno de Alabanza a la Santísima Trinidad).

El drama en torno al Pueblo de Israel no había terminado. Después de la muerte de Josué, los israelitas se alejaron del Señor y sirvieron a los Baales. Siguieron a los dioses de los pueblos de alrededor (Jc 2,11-12). Como reprensión, el Señor los entregó en manos de salteadores y de los enemigos que los rodeaban (v. 14). En las guerras ya no salían victoriosos y cayeron en una gran miseria.

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LA TRAVESÍA POR EL DESIERTO

“Pero una y otra vez Tu pueblo se rebeló contra Ti. En consecuencia, tuvo que atravesar durante cuarenta años el desierto – hasta que lo llevaste a la Tierra Prometida, por manos de Tu siervo Josué” (Himno de Alabanza a la Santísima Trinidad).

La Alianza que había quedado sellada entre Dios y su Pueblo no garantizaba que, a partir de entonces, todos los israelitas quedasen exentos de la confusión y del pecado y, confiando en Dios, emprendiesen en adelante el camino recto, dejándose guiar dócilmente por el Señor hacia la Tierra Prometida.

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LA ALIANZA DEL PADRE CON SU PUEBLO

“Entonces sacaste a tu Pueblo con mano fuerte y lo llevaste al desierto con signos y milagros portentosos. En el monte revelaste a Tu siervo Moisés los mandamientos que habían estado oscurecidos en los corazones de los pueblos” (Himno de Alabanza a la Santísima Trinidad).

La oscuridad en la que el hombre se había sumido desde la caída en el pecado, hizo necesario que nuestro Padre aislara a su Pueblo de las naciones paganas, para enseñarle el camino a la verdadera vida. Los mandamientos que Dios había inscrito en los corazones de los hombres habían quedado oscurecidos y no bastaban para iluminarlos. Habían caído en el olvido y los hombres estaban constantemente en peligro de sucumbir a sus pasiones y errores, y de dejarse engañar por los poderes de las tinieblas. En lugar de al Creador, adoraban a la criatura. Se hacían sus propios dioses y se postraban ante ellos, viviendo en ignorancia.

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NUESTRO PADRE ACUDE EN AYUDA DE SU PUEBLO

“Después Te creaste el pueblo Israel, que lleva Tu nombre inscrito y al que llamaste tu primogénito. En Egipto lo hiciste crecer, transformándolo en un gran pueblo, hasta que gritó a Ti en su opresión por el Faraón” (Himno de Alabanza a la Santísima Trinidad).

A partir de aquel justo que Dios halló en medio de la confusión de las naciones, surgió todo un pueblo. Éste debía ser preparado para que, por la bondadosa providencia de nuestro Padre, naciera de él el Justo, el Redentor de la humanidad y Cabeza de la Iglesia que es una: “Él es antes que todas las cosas y todas subsisten en él. Él es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,17-18a).

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NUESTRO PADRE NO SE RINDIÓ

“Salvaste a Noé del diluvio y a Lot, de la destrucción de la ciudad depravada. En Abrahán bendijiste todos los pueblos”(Himno de Alabanza a la Santísima Trinidad).

Aun en medio del creciente caos en la humanidad, nuestro Padre siempre encontraba a un justo a quien podía atraer hacia sí de forma especial, mostrándole su favor y salvándolo de la corrupción generalizada.

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SIEMPRE HAS BUSCADO AL HOMBRE

“En tu constante bondad siempre has buscado al hombre. En el Paraíso exclamaste: ‘Adán, ¿dónde estás?’” (Himno de Alabanza a la Santísima Trinidad).

Esta fue la respuesta de nuestro Padre a la dolorosa caída del hombre, cuya consecuencia fue que, a partir de entonces, el pecado proliferara y, en adelante, todas las generaciones venideras tuvieran que vivir bajo la sombra del pecado original, a excepción de la Virgen María, a quien Tú preservaste de la mancha del pecado para que fuese el puente a través del cual viniese al mundo el Redentor.

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LA PÉRDIDA DEL PARAÍSO

“Mas el hombre no permaneció en su esplendor. Tentado por el Maligno, desobedeció a tu mandato y fue desterrado del Paraíso” (Himno de Alabanza a la Santísima Trinidad).

Nuestro Padre se lo había puesto fácil al hombre… De entre todas las cosas que existían en abundancia en el maravilloso jardín del Paraíso, sólo de una debía abstenerse: del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal (Gen 2,16-17). Sin embargo, nuestros primeros padres prestaron oído a las mentiras del ángel caído, que despertó sus apetencias sensuales y espirituales. Así, Adán y Eva violaron el mandamiento de Dios, lo que trajo consigo todas las consecuencias de las que nuestro Padre les había advertido. Lo que había sucedido, no podía deshacerse: el hombre había inclinado su oído a la seducción y tuvo que abandonar el paraíso.

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“CREASTE A LOS ÁNGELES Y HOMBRES SEGÚN TU IMAGEN”

“Creaste a los ángeles y hombres según tu imagen. Al hombre le diste el Paraíso para que viviera ante tu presencia en santidad y justicia” (Himno de Alabanza a la Santísima Trinidad).

El “cosmos de Dios” no sólo incluye su Creación visible –el entorno material del hombre–, sino también la Creación invisible. Aquí nos encontramos con los maravillosos ángeles, creados también a imagen y semejanza de Dios. Una explicación del Catecismo afirma:

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TODOS LOS PUEBLOS VIENEN A ADORARTE

“Todos los pueblos vienen a adorarte y rinden gloria a tu Nombre, porque Tú eres el Dios santo, vivo, veraz y bondadoso”(Himno de Alabanza a la Santísima Trinidad).

Así debería ser y así será, una vez que las tinieblas hayan sido separadas de la luz y nuestro Padre haya restablecido definivitamente el orden del amor en el caos surgido a consecuencia del pecado.

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