“QUE TODOS ME CONOZCAN”

“Puesto que yo deseo, sobre todo, darme a conocer a todos vosotros, para que todos podáis gozar de mi bondad y ternura ya aquí en la tierra, convertíos en apóstoles de aquellos que no me conocen todavía” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Este es el gran deseo de nuestro Padre Celestial, y Él lo enfatiza aún más al decir que ése es su deseo “sobre todo”. Esta petición suya se dirige “sobre todo” a aquellos que ya han comprendido algo de su amor y viven en él. Por tanto, es una misión que tiene por objeto a todos los hombres, porque nadie está excluido del amor de Dios.

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UNA MIRADA DE SU AMOR

“Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa” (Sal 83,11).

¡Hasta qué punto el salmista comprendió lo que significa estar en la cercanía de Dios! En efecto, ¿no es así? Aunque fuera un solo día que pudiéramos pasar cerca de nuestro amado Padre, ¡qué incomparable sería éste en relación con todos los demás días en que no estuvimos junto a Él!

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“TE ALIMENTARÍA CON FLOR DE HARINA”

 

“¡Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino!: te alimentaría con flor de harina, te saciaría con miel silvestre” (Sal 80,14.17).

Esto es lo que nuestro Padre Celestial nos tiene preparado: una vida en abundancia, una vida en su amorosa presencia, supliendo copiosamente las necesidades corporales y espirituales de sus hijos y colmándolos con su amor desbordante e incesante. ¡Éstas son las intenciones de nuestro Padre, que permanecen inmutables! Con los ojos de la fe podemos reconocerlas y regocijarnos día a día en el Padre.

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“ISRAEL NO QUISO OBEDECER”

“Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer: los entregué a su corazón obstinado,
para que anduviesen según sus antojos”
(Sal 80,12-13).

Estos versos del salmo describen la consecuencia de no escuchar la voz de nuestro Padre. Dios nos hace ver que con nuestra voluntad nos negamos a obedecerle: “Israel no QUISO obedecer”.

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“OJALÁ ME ESCUCHASES, ISRAEL”


“Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti; ¡ojalá me escuchases Israel!” (Sal 80,9).

Conocemos un poco el gran sufrimiento que resulta cuando no escuchamos la voz del Señor, cuando no prestamos atención a sus advertencias y directrices, cuando nos desviamos de sus mandamientos… Cuando esto sucede, el hombre se aleja de la guía del Señor e incluso puede caer bajo el dominio de influencias hostiles a Dios. Así, la vida puede convertirse en un desastre.

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“OS HABLO A TODOS”

En el Mensaje a la Madre Eugenia, el Padre Celestial nos dice: “Vosotros no me veis; a excepción de una sola persona: aquella a la que dicto este mensaje. ¡Una sola en toda la humanidad! Sin embargo, aquí estoy, hablándoos, y, a través de aquella a quien veo y a quien hablo, os veo a todos, os hablo a todos y a cada uno de vosotros, y os amo como si estuvierais viéndome” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

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“EXPONGO ANTE ÉL MI ANGUSTIA”

“Desahogo ante El mis afanes, expongo ante Él mi angustia” (Sal 141,2).

Podemos e incluso debemos hablar abiertamente con nuestro Padre sobre todo lo que nos angustia; plantearle las preguntas que llevamos en nuestro corazón, especialmente aquellas para las cuales no hemos hallado respuesta y cuya respuesta quizá incluso tememos en cierto modo. Conocemos muchos versos de los salmos en los que el salmista expresa lo más profundo de sus angustias. No es capaz de superarlas por sí mismo y así se dirige al Padre Celestial.

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“¿QUIÉN SE DA CUENTA DE SUS YERROS?”

“¿Quién se da cuenta de sus yerros? De las faltas ocultas límpiame” (Sal 19,13).

La preocupación de nuestro Padre Celestial por nuestra salvación eterna no sólo abarca el ámbito del pecado y las malas actitudes de las que estamos conscientes y por cuya superación podemos trabajar; sino que incluye también todas aquellas esferas de las que no estamos conscientes y que, no obstante, surten efecto en nuestro interior.

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