“EL SEÑOR ENJUGA LAS LÁGRIMAS”  

«Acabará para siempre con la muerte. Enjugará el Señor Dios las lágrimas de todos los rostros» (Is 25,8).

Amado Padre, se acerca el día en que, a través de tu Iglesia, nos recuerdas la gran obra que has realizado por medio de tu Hijo. Allí, en el Calvario, acabaste para siempre con la muerte. Así, has enjugado las lágrimas de todos los rostros, porque todos los hombres pueden alcanzar la vida eterna si creen en tu Hijo y reconocen tu amor manifestado en Él.

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“INCLINAD EL OÍDO”  

«Inclinad el oído y acudid a mí, oíd y vuestra vida prosperará» (Is 55,3).

Para recibir todo lo que nuestro Padre nos tiene preparado, tenemos que aprender a escuchar y, por tanto, centrar toda nuestra atención en Él. Inclinar el oído significa escuchar con el corazón, querer descubrir exactamente lo que el Dios vivo tiene que decirnos, investigar sus planes acercándonos a Él con total confianza y dispuestos a escuchar. De esta manera, prospera la verdadera vida, porque se produce un intercambio de amor. El que nos habla —nuestro Padre— es el amor mismo, y aquel que está llamado a escuchar —el hombre— fue creado por este amor.

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“TODO ES PRÉSTAMO DE DIOS”

«Todo lo que tenemos en esta vida nos ha sido dado para nuestro uso y encomendado como préstamo» (Santa Catalina de Siena).

Es una frase de gran importancia, ya que nos recuerda que todo lo que tenemos procede de nuestro Padre, a quien pertenece nuestra vida y todo lo que forma parte de ella. Sin embargo, como seres humanos, corremos el peligro de apropiarnos de las cosas, como si procedieran de nosotros mismos. La consecuencia es que colocamos fácilmente a Dios en un segundo plano, dando el primer lugar a nuestros propios logros y cualidades. Estos incluso pueden convertirse en nuestro supuesto «tesoro». Así, puede suceder que no dejemos traslucir suficientemente la presencia de Dios en nuestra vida y que, por tanto, se debilite nuestro testimonio, cuya primera tarea consiste en glorificar a Dios.

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