«Cuidaos de la prisa y la inquietud, pues nada obstaculiza más el crecimiento interior que eso». (De una carta de san Francisco de Sales a santa Francisca de Chantal). leer más
«Cuidaos de la prisa y la inquietud, pues nada obstaculiza más el crecimiento interior que eso». (De una carta de san Francisco de Sales a santa Francisca de Chantal). leer más
«Se necesita un ejército que aspire a la santidad para poder resistir en este combate» (Palabra interior).
Se trata de una palabra interior procedente de santa Juana de Arco. Nos habla de un «ejército santo», que también en esta época es necesario. Probablemente se refiera al «ejército del Cordero», es decir, a aquellos que siguen al Cordero adondequiera que vaya (Ap 14,4).
«Cinco vírgenes prudentes, junto con las lámparas, llevaron aceite en sus vasijas. A medianoche se oyó una voz: ‘¡Ya está aquí el esposo! ¡Salid a su encuentro!’» (Mt 25,4.6). leer más
«Señor, cinco talentos me entregaste; mira, he ganado otros cinco» —«Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu Señor» (Mt 25,20b-21). leer más
«Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 19,14). leer más
«Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29).
¡Cuán veraces son estas palabras del Señor!
«Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti», exclama san Agustín. Nuestra alma busca a Dios, aunque quizá no sea consciente de ello. Las cosas terrenales no pueden saciarla, pues no están destinadas a darle la plenitud, sino que son solo un regalo adicional de nuestro amoroso Padre.
«Conviene que te alegres, hijo, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (Lc 15,32).
«El padre les dijo a sus siervos: ‘Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies» (Lc 15,22). leer más
«¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros» (Lc 15,17-19).
Este es un pasaje clásico que describe la conversión de una persona. A veces sucede que, solo a través de la necesidad que Dios permite que nos sobrevenga, nos percatamos de cuán bajo hemos caído. Se dice que la miseria enseña a orar. Así sucedió con el hijo pródigo, que, como sabemos, reclamó a su padre la herencia y luego la despilfarró con ligereza. Las consecuencias eran evidentes, pero primero tuvo que experimentarlas en carne propia para admitirlo.
«El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará» (MT 16,25).
Al igual que habíamos meditado ayer, la frase de hoy nos habla de la verdadera vida. Desde la perspectiva de Dios, la auténtica vida es aquella que se desarrolla en unión con Él y conforme a su voluntad. Solo entonces se revela el sentido más profundo de la existencia, en el que también las obligaciones naturales ocupan el lugar que Dios les ha asignado. En cambio, si no se ha producido un verdadero encuentro con el Señor, la vida se limita a su dimensión natural y no llega a despertar realmente. Por tanto, no logra captar el sentido más profundo de la existencia. leer más