Una de las cosas más bellas en este mundo es cuando las personas se esfuerzan por hacer felices a los demás. Ciertamente, todos lo hemos experimentado, sobre todo cuando ese gesto está exento en gran medida de interés propio y marcado por el olvido de uno mismo.
Sin embargo, lo más bello es cuando vivimos para la alegría de Dios, cuando le hemos confiado toda nuestra vida al Padre Celestial, sencillamente porque le amamos y respondemos a su amor. Así, comienza ya aquí, en la Tierra, una cierta bienaventuranza, porque, más allá de nosotros mismos, nuestra vida apunta hacia Aquel que es nuestra alegría y para cuya alegría vivimos.
