“CRECER EN SABIDURÍA” 

«El que me escucha vivirá seguro, tranquilo, sin temor a la desgracia» (Prov 1,33).

Nuestro Padre nos lo pone fácil para adquirir sabiduría y vivir en la seguridad que tanto anhelamos. Siempre ha sido así, incluso en los tiempos en que el hombre vivía despreocupado en el Paraíso. Mientras escuchaba a Dios, antes de la caída en el pecado, su vida transcurría en plena unidad con su amantísimo Padre celestial. Pero entonces llegó la desgracia, a causa de la desobediencia y de haber prestado oído a la seductora voz del diablo.

Ahora ya no vivimos en el Paraíso y sufrimos las consecuencias de haberlo perdido. Sin embargo, nuestro Padre no nos ha abandonado a merced de la perdición. En la persona de su Hijo, Él mismo vino a nosotros para liberarnos de las cadenas de la culpa.

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“TEN PRESENTE QUE DIOS ESTÁ SIEMPRE CONTIGO” 

«No te preocupes tanto por quién está a tu favor o en tu contra; dedica más bien toda tu atención a pensar que Dios está contigo en todo» (Tomás de Kempis).

Una y otra vez, escuchamos que los maestros de la vida espiritual nos exhortan a no estar tan pendientes de las demás personas. Esto se aplica especialmente a lo que puedan pensar de nosotros y a su relación con nosotros. De lo contrario, fácilmente caemos en todo tipo de sospechas y tampoco estaremos a salvo de prestar oído a especulaciones e incluso a rumores. De este modo, encuentran cabida en nuestro interior.

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“ORACIONES LLENAS DE ANHELO” 

«Señor, Dios mío, a ti, sólo a ti debe pertenecer mi corazón. Tú eres mi paz y mi vida, Tú eres mi salvación. Sólo a ti quiero buscarte, cautivado únicamente por ti, para ser tuyo de forma irrevocable» (San Pedro Claver).

Esta es la oración de entrega de un gran santo que, con una fidelidad inquebrantable, se ocupó de las necesidades espirituales y de los inimaginables sufrimientos físicos de los esclavos africanos en Cartagena (escucharemos más sobre su historia en la meditación diaria del 9 de septiembre).

Lleno de profunda piedad, san Pedro Claver pudo desempeñar su heroico servicio hasta el final de su vida fecunda.

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“UNA MUERTE DULCE” 

«Aprende a vivir de tal manera que la hora de tu muerte te resulte dulce. Mantén tu corazón libre y siempre levantado hacia Dios, pues no posee aquí ciudad permanente» (Tomás de Kempis).

¡Una dulce hora de la muerte! ¡Qué perspectiva tan maravillosa! No puede significar otra cosa que esperar con alegría la muerte, o mejor dicho, el retorno al Padre Celestial.

De hecho, cuando tomamos conciencia de que día a día corremos al encuentro de nuestro Padre, que nos guía y nos acompaña en nuestra peregrinación por la Tierra, nuestro corazón se inflama cada vez más y nuestro anhelo de vivir en comunión con Él en la eternidad se vuelve más fuerte.

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“LA INVENCIBILIDAD DE UN ALMA QUE AMA” 

«Ni las circunstancias físicas ni las del espacio pueden limitar la libertad de un alma que ama» (San Bernardo de Claraval).

El arte del verdadero amor consiste en hallar el sentido más elevado de todas las cosas cuando se aprende a verlas desde la perspectiva del Padre Celestial. Incluso el sufrimiento y las circunstancias más difíciles pueden vencerse cuando el alma está unida a Dios. En cierto modo, se vuelve invencible, ya que encuentra el puente que la conecta con Él en todas las circunstancias. Así, tampoco permite que la dinámica negativa de las circunstancias la desanime y siempre preserva su libertad.

A menudo podemos observarlo de manera admirable en los mártires. Ante los tormentos que tenían que soportar o con los que eran amenazados, no perdían el ánimo ni permitían que estos los indujeran a acciones contrarias a la voluntad de Dios. ¡Todo lo contrario! En medio de su angustia, entregaban al Señor el gran regalo de la vida y, por amor a Él, permanecían fieles a su camino. Se manifestaba en ellos el espíritu de fortaleza, que les hacía capaces de buscar y concretar el amor divino en todas las situaciones. Dios mismo les daba la fuerza, preservando así su libertad.

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“AFERRÉMONOS SIEMPRE AL SEÑOR” 

«Aférrate siempre a mí y adéntrate en lo más profundo de tu ser» (Palabra interior).

Pase lo que pase, por muchas tribulaciones que nos sobrevengan a nivel exterior e interior, y aunque no seamos capaces de percibir la presencia de Dios en medio de ellas, la frase de hoy nos exhorta a aferrarnos siempre a nuestro Padre. En efecto, no son los sentimientos los que pueden darnos seguridad en nuestro camino con Dios a lo largo del tiempo, sino su palabra y su voluntad de guiarnos. De ellas podemos fiarnos sin cuestionamientos ni dudas.

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“LO MÁS ÍNTIMO DEL CORAZÓN” 

«La raíz del amor debe ser lo más íntimo de tu corazón; de esa raíz no puede brotar sino el bien» (San Agustín).

En un primer momento, esta afirmación de san Agustín puede sorprendernos. Se nos vienen a la mente las palabras de Jesús:

«Del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre» (Mc 7,21-23).

El santo hace alusión al corazón nuevo que Dios quiere concedernos y se refiere a un corazón purificado en el que el Señor mismo ha puesto su morada. Una vez que nuestro Padre habite en nosotros, sucederá realmente lo que describe san Agustín y el Espíritu clamará en nosotros: “¡Abbá, Padre!” (Gal 4,6).

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“LA GRACIA DEL RETORNO” 

«Alejarse de ti es MORIR. Volver a ti es RESUCITAR. Morar junto a ti es VIVIR» (San Agustín).

Nuestra vida espiritual muere cuando abandonamos el camino de Dios y volvemos a aferrarnos a las promesas de este mundo. La vida de la gracia que antes nos había sostenido comienza a extinguirse. La cercanía directa, tierna y natural de Dios, que otorga verdadero sentido a la vida, se desvanece.

En cierta medida, esto también sucede cuando descuidamos la vocación que nuestro Padre nos ha concedido y acabamos perdiéndola. Entonces, el impulso de la gracia que acompaña al llamado de Dios se va debilitando y, aunque nos mantengamos fieles a sus mandamientos por el resto de nuestra vida, queda algo insatisfecho en nuestra alma.

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“CUANDO ME MIRAS…” 

«Mi existencia permanece oculta para mí hasta que Tú, oh Dios, me miras, y mi oscuridad se vuelve tan clara como el mediodía» (San Agustín).

Solo a través de la mirada de nuestro Padre sobre nosotros comprendemos nuestra verdadera vocación como seres humanos. Es tal y como describe San Agustín. Mientras aún no percibimos esa mirada, a menudo seguimos buscando nuestra propia identidad por diversos caminos y construimos una imagen de nosotros mismos, en lugar de que ésta se despliegue de forma orgánica según el plan de Dios para con nosotros.

¿Quiénes somos? ¿Qué somos? ¿De dónde venimos y adónde vamos?

La amorosa mirada de nuestro Padre nos despierta a la verdadera vida. Debemos dejar que esa mirada se pose sobre nosotros y permitir que el “SÍ” de nuestro Padre sobre nuestra existencia penetre suavemente en nuestro interior, entregarle a Dios el miedo y la inseguridad ante la vida y sumergirnos confiadamente en su amorosa mirada. Así podremos comprender cada vez mejor las palabras que el Padre quiere susurrar a nuestro corazón mediante el Mensaje a la Madre Eugenia.

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“ARREBATAR A LAS TINIEBLAS SU PRESA” 

«Ahora que yo os doy esta luz, permaneced en esta luz y portadla a todos. Será un poderoso medio para alcanzar conversiones e incluso –de ser posible– cerrar las puertas del infierno» (Mensaje de Dios Padre a Sor Eugenia Ravasio).

La luz de la que habla nuestro Padre Celestial es la revelación a la Madre Eugenia Ravasio. Por ello, recomiendo encarecidamente a todos que lean una y otra vez este librito, capaz de ejercer una profunda influencia en nuestro corazón cuando permitimos que las palabras de nuestro Padre calen hondo en nosotros.

En las reflexiones de los últimos días, hemos escuchado que el Señor desea darse a conocer de esta manera para que comprendamos aún más profundamente el amor que nos tiene. Este amor es la luz en la que debemos caminar. Si acogemos su invitación y vivimos en una relación íntima y confiada con Él —es decir, si permanecemos día a día en la luz de nuestro Padre—, entonces nos promete que podremos lograr muchas conversiones.

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