NO INQUIETARSE ANTE LAS IMPERFECCIONES

«Si una mota de imperfección se adhiere a tu corazón, no te preocupes; arrójala inmediatamente al fuego del amor divino y pide perdón con sincero arrepentimiento. Sigue viviendo en paz» (San Pablo de la Cruz).

 He aquí un buen consejo espiritual que nos ofrece un «alma ardiente» para avanzar en el camino de la santidad. De hecho, no conviene que caigamos en una inquietud y preocupación innecesarias cuando descubrimos imperfecciones en nosotros mismos. Por supuesto, tampoco debemos pasarlas por alto ni mucho menos acostumbrarnos a ellas. Más bien, se nos aconseja hoy lidiar sabiamente con nuestras imperfecciones. Aún estamos de camino y no hemos llegado a la meta. Nuestro Padre no espera que seamos perfectos en el momento de encontrarnos con Él, sino que quiere guiarnos hacia la perfección. Un simple acto de autoconocimiento bastará para darnos cuenta de que aún nos falta mucho para llegar a la meta. ¿Quién podría decir que ya ama perfectamente?

El fuego del Espíritu Santo que ha sido encendido en nosotros quiere, por supuesto, que lleguemos a ser tan puros y perfectos como sea posible en esta vida terrenal. De hecho, estamos llamados a ser como nuestro divino Maestro. Cuando nos topemos con nuestras imperfecciones, aunque sean apenas como una mota de polvo, debemos llevarlas inmediatamente ante nuestro Padre, pedirle perdón y dejar que el fuego del amor divino nos purifique, tal y como nos dice san Pablo de la Cruz. Se trata de un proceso que tendremos que repetir una y otra vez en nuestro camino espiritual, y cada vez experimentaremos el amor generoso de nuestro Padre celestial. Al mismo tiempo, nuestro Señor no dejará pasar ninguna oportunidad de ayudarnos a avanzar en el camino de la santidad, siempre y cuando estemos dispuestos.

En este intercambio interior de amor, crece la familiaridad con Dios y se disipa todo miedo a Él, sin que por ello descuidemos la vigilancia. Permanecemos en paz y aceptamos con humildad y gratitud que aún nos queda un largo camino por recorrer.

EL AMOR DE DIOS OTORGA LA VIDA

 «Mi amor otorga la vida al hombre en cada instante» (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

 Si nosotros, los fieles, despertáramos plenamente a esta realidad, toda nuestra vida se convertiría en un himno de alabanza al amor de Dios. Si todos los hombres lo supieran y lo reconocieran, el mundo sería distinto y muchas sombras se disiparían. El amor de Dios brillaría como un sol refulgente en los corazones de los hombres.

¡No son meros sueños! Antes bien, es la realidad que Dios ha dispuesto y eso es precisamente lo que quiere transmitir a los hombres, mostrándoles en todo lugar y circunstancia que es tal cual.

¡Cómo se iluminaría nuestra visión, cómo se transformaría todo! En efecto, el ser humano no está simplemente inmerso en un universo desconocido, sin saber de dónde viene ni adónde va. ¡No! Cada uno de sus pasos ha sido trazado y todo está preparado para que pueda vivir.

Ciertamente, experimentamos la existencia de aquellos poderíos hostiles a la vida, de esas potestades que, a pesar de haber sido creadas maravillosamente y dotadas de una belleza inimaginable, no permanecieron fieles a Dios. Ahora nos envidian la vida a nosotros, los seres humanos, y quieren destruirla. Pero Dios es capaz de valerse incluso de este abuso de libertad de los ángeles caídos para poner a prueba nuestra fidelidad hacia Él. Y, una vez más, nos concede todo lo necesario para resistir y dar testimonio de su amor en esta batalla.

Pero, sobre todo, se trata de hacer saber a las personas —y atestiguar con nuestra vida— que tienen un Padre tan bondadoso, cuyo amor las envuelve en cada instante y cuyo mayor deseo es que reconozcan y correspondan a este amor.

¿Es difícil? No, en realidad es lo más natural cuando es fruto del amor a Dios. ¡Lo único es que no debemos olvidarlo!

EL PADRE QUIERE ENRIQUECERNOS

«¡Anhelo enriqueceros cada vez más!» (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Para conocer el corazón de nuestro amado Padre, debemos dejar que estas palabras suyas calen hondo en nosotros. En ellas descubrimos cómo es su amor por nosotros. Dios quiere hacernos partícipes de su inconmensurable riqueza. Anhela colmarnos de sus bienes y solo espera a que estemos preparados para recibir todo lo que quiere darnos.

Por desgracia, nuestro Padre se encuentra a veces ante corazones poco abiertos que no comprenden cómo es Él en verdad. Es posible que incluso se sientan amenazados y piensen que Dios podría exigirles algo, o darles algo, que ellos mismos no desean en absoluto. En este caso, se tiene una imagen errónea de Dios, ya que en realidad nuestro Padre celestial solo quiere lo mejor para sus hijos. Somos nosotros quienes no siempre sabemos qué es lo mejor y no confiamos lo suficiente en su amor.

El hecho de que el Padre anhela enriquecernos significa que quiere multiplicar lo que ya ha comenzado en nosotros. Por tanto, no solo nos concede sus dones de una vez y para siempre, sino que quiere que estos se multipliquen. Pensemos en el amor, que nunca debe estancarse, sino crecer cada vez más. Para que esto suceda, el Padre nos da todo lo necesario.

En el Mensaje a sor Eugenia Ravasio, continúa diciendo: «Por eso os ofrezco constantemente nuevas gracias y os traigo a la memoria aquellas que dejáis pasar sin sacar provecho para vuestras almas, porque tenéis una idea tan limitada de mi bondad y mi amor».

Las nuevas gracias que nos ofrece debemos acogerlas, percibiendo cómo Dios nos toca y nos fortalece, y aprovechando la formación espiritual que nos brinda.

Cuando Dios nos trae a la memoria las gracias desaprovechadas, podemos expresarle nuestra consternación por haberlas dejado pasar y pedirle sinceramente que nos ayude a «recuperar» lo que sea posible. ¿Nos lo negará nuestro Padre? ¿Cómo podría hacerlo?