«¡Ven, hijo mío, ven! ¡Ve, hijo mío, ve, pero no vaciles!» (Palabra interior).
Siempre está vigente la invitación a acudir a Dios y buscarle con el corazón. Aunque nuestro Padre ya haya establecido su morada en nuestro interior, desea que nuestra unión con Él se profundice cada día más al cultivar la relación de amor con el Señor.
Por otro lado, aún tenemos por delante el conocimiento pleno del amor y la gloria de Dios, tal y como atestigua el apóstol san Pablo: «Ahora vemos como en un espejo, borrosamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de modo imperfecto, entonces conoceré como soy conocido» (1Cor 13,12).
