«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos» (Mt 5,8-10).
¿Cómo podemos adquirir un corazón puro, uno capaz de explorar sus propias profundidades a la luz del Espíritu Santo y de entregarle a Dios toda oscuridad que detecta?
La gran meta de un corazón puro consiste en hacer con amor todo lo que Dios, en su amor, nos ha confiado y encomendado.
