“BUSCAR A DIOS EN LA DEBILIDAD”

«Acude siempre a mí como un niño pequeño. Yo soy el más amoroso de los padres, que te comprende y te prepara» (Palabra interior).

Aunque llevemos un buen tiempo en el camino de Dios y ya no nos sea del todo desconocido, aunque hayamos avanzado en edad, seguimos siendo criaturas muy limitadas. Mientras no estemos cegados por una autoexaltación casi incurable, somos conscientes de nuestra pequeñez. Habrá muchas situaciones en las que notemos que no tenemos todo bajo control y que somos personas débiles. Esto se aplica especialmente al anuncio del Evangelio.

Entonces, ¿es nuestra debilidad una vergüenza o un defecto? No, claro que no. Simplemente es la realidad, y es bueno que tomemos conciencia de ello. Nada nos separa más del Señor que la soberbia, que obstruye nuestro corazón.

San Pablo se presentó ante los corintios «débil, y con temor y mucho temblor» (1Cor 2,3), y confesó: «Con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo […], pues cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2Cor 12,9-10).

De la frase de hoy debemos extraer dos lecciones esenciales que nos servirán para afrontar todas las luchas, tanto interiores como exteriores. En primer lugar, no hace falta aparentar nada ante el Señor, podemos refugiarnos en el corazón de nuestro Padre como lo hace un niño pequeño que necesita a su padre. Nadie podrá entendernos mejor ni tratarnos con más amor y comprensión.

En segundo lugar, nuestro Padre nos prepara y nos forma a través de su propia actitud. Pues solo si acudimos a Él con humildad y le pedimos ayuda, si confiamos más en Dios que en nosotros mismos, si nuestro Padre se convierte en nuestra fuerza en la que incluso nuestra debilidad está a salvo, solo entonces podremos vencer. Entonces estaremos preparados para el ineludible combate espiritual y entenderemos por qué el salmista exclama:

«No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar» (Sal 145,3).