UNA LECCIÓN ESPIRITUAL (I)

“De lejos penetras mis pensamientos” (Sal 138,2b)

La amorosa omnisciencia de nuestro Padre no sólo es para nosotros una reconfortante certeza; sino que se nos convierte en una lección espiritual, si permitimos que sus palabras nos impregnen profundamente.

En efecto, el amor de nuestro Padre tiene también un carácter formativo; es decir, quiere modelarnos a la imagen según la cual fuimos creados (Gen 1,27). Hemos de llegar a ser aquello para lo cual fuimos llamados y corresponder a la vocación que el Señor nos ha concedido y encomendado. Por eso Dios se preocupa tanto por nosotros y nos acompaña en todas nuestras sendas, que están desveladas ante Él. Si estamos en el camino recto, nos fortalece y nos anima; si nos desviamos, nos llama a la conversión (cf. Sal 138,24).

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La lucha por la conversión

Lc 7,11-17 (Lectura correspondiente a la memoria de Santa Mónica)

En aquel tiempo, fue Jesús a un pueblo llamado Naím. Lo acompañaban sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a las puertas del pueblo, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda. La acompañaba mucha gente del pueblo. Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: “No llores.” Luego, acercándose, tocó el féretro, y los que lo llevaban se pararon.

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EL PADRE NOS CONOCE

“Señor, tú me sondeas y me conoces” (Sal 139,1)

Nadie más que Dios conoce el corazón del hombre en su mayor profundidad. Nadie puede siquiera sondear a fondo su propio corazón, si no le es revelado en la luz del Espíritu de Dios.

¡Qué maravilloso refugio nos ofrece nuestro Padre Celestial, en medio de un mundo sumido en el caos! Dios conoce las intenciones de nuestro corazón. ¡Sólo Él podrá juzgarnos correctamente! En Él podemos contar con todo el amor y con toda la justicia.

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La necedad de la cruz

1Cor 1,17-25

No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio, y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo. Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan –para nosotros- es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: “Destruiré la sabiduría de los sabios y desecharé la inteligencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto?” ¿Dónde el intelectual que se ciñe a simples criterios humanos? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? De hecho, como el mundo, mediante su propia sabiduría, no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación.

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LA RESPUESTA SOY YO MISMO

“Yo mismo he depositado en los corazones de los hombres la búsqueda de mí. ¡Y Yo mismo soy la respuesta!” (Palabra interior).

¿Por qué el hombre busca?

Porque el Padre mismo ha depositado este anhelo en su corazón y, conforme a las inolvidables palabras de San Agustín, “nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Confesiones, I, 1).

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San Luis de Francia: modelo de un rey cristiano

Lc 19,12-19 (Lectura correspondiente a la memoria de San Luis de Francia)

 En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola: -Un hombre noble marchó a una tierra lejana a recibir la investidura real y volverse. Llamó a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: ‘Negociad hasta mi vuelta’. Sus ciudadanos le odiaban y enviaron una embajada tras él para decir: ‘No queremos que éste reine sobre nosotros’. Al volver, recibida ya la investidura real, mandó llamar ante sí a aquellos siervos a quienes había dado el dinero, para saber cuánto habían negociado. 

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EL CORAZÓN DE DIOS ES NUESTRO REFUGIO

“Mientras permanezcas en mi corazón, estarás bajo mi protección divina. Aunque los poderes de las tinieblas se subleven, nada alcanzarán” (Palabra interior).

Nuestro Padre nos ofrece su Corazón como refugio, pues contra Él nada pueden lograr los poderes de las tinieblas. Éstos atacan al hombre para confundirlo y, de ser posible, arrebatarle la gracia. Pero, si permanecemos en el Corazón de Dios, sus esfuerzos serán en vano.

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La Jerusalén Celestial

Ap 21,9-14

 El ángel me habló así: “Ven, que te voy a enseñar a la Novia, a la Esposa del Cordero.” Me trasladó en espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la ciudad santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios. Compartía la gloria de Dios: resplandecía como una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino. Estaba rodeada por una muralla grande y alta, con doce puertas, sobre las que había doce ángeles y otros tantos nombres grabados, los de las doce tribus de Israel.

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NO CONFIÉIS EN LOS PRÍNCIPES

“No confiéis en los príncipes,

seres de polvo que no pueden salvar (…).

Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,

el que espera en el Señor, su Dios.”

(Sal 145,3.5)

La invitación que nuestro Padre nos dirige una y otra vez a confiar en todo y del todo en Él, viene acompañada de la advertencia de no buscar ni en los príncipes ni en hombre alguno la seguridad existencial de nuestra vida.

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Enfrentarse a los peligros con sobriedad

2Tes 2,1-3a.14-17

Hermanos, por lo que respecta a la Venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, os rogamos que no permitáis que vuestro ánimo se altere por cualquier cosa, ni os alarméis por ciertas manifestaciones del Espíritu, por algunas palabras o por alguna carta presentada como nuestra, que os haga suponer que el Día del Señor es inminente. Que nadie os engañe de ninguna manera.

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