LA TRAMPA SE ROMPIÓ Y ESCAPAMOS

“Hemos salvado la vida como un pájaro
de la trampa del cazador:
la trampa se rompió, y escapamos.
Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.”
(Sal 124,7) 

Podemos adherirnos con profunda gratitud a la alabanza que el salmista dirige al Señor. En efecto, el “cazador” coloca muchas trampas alrededor de nuestra alma para apartarla de Dios. Mucho más allá de nuestros enemigos humanos, se trata de los poderes del mal que nos amenazan. Les gusta aprovecharse de nuestra debilidad y de la seducción del mundo para hacer efectivas las diversas trampas con las que pretenden atrapar al hombre.

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LA SANTA PALABRA DE DIOS 

“Tu palabra es pura en extremo, y tu siervo la ama” (Sal 118,140).

La Palabra de Dios nos ha sido dada para que por ella tengamos vida. Es distinta a las palabras meramente humanas. Tiene la fuerza de iluminar toda nuestra vida y de transformarnos. Es el Señor mismo quien se nos comunica a través de su Palabra. En efecto, Dios nos habla y así nos da acceso a su propio ser. A través de las palabras que salen de su Corazón, Él nos concede un encuentro con su amor.

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El Santo Rosario

Después de haber reflexionado sobre los padecimientos de la oración y sobre la Adoración eucarística, dirijámonos ahora a las diversas formas de oración. A pesar de que la oración es, en sí misma, algo sencillo, no siempre nos resulta fácil orar, y menos orar bien. También esto es un arte, y para aprenderlo conviene estudiar las variadas formas y métodos de oración que existen, y, sobre todo, practicar fervorosamente la oración como tal.

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La Adoración Eucarística (Parte II)

La adoración eucarística y la sanación interior

Los hombres en general –y también nosotros, los fieles– solemos estar heridos en nuestro interior, porque no hemos recibido el suficiente amor o hemos experimentado un abuso de nuestro amor. En consecuencia, pueden surgir graves deficiencias en el alma, y el ámbito afectivo puede sufrir un trastorno tal, que estas personas muy heridas podrían llegar a cerrarse interiormente.

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“OS RECOMPENSARÉ AL CIENTO POR UNO”

“Y a vosotros, que trabajáis para mi gloria y tratáis de hacerme conocer, honrar y amar, os aseguro que vuestra recompensa será grande, porque yo tendré en cuenta todo, hasta el más mínimo esfuerzo que hagáis, y os recompensaré todo al ciento por uno en la eternidad” (Mensaje del Padre a Sor Eugenia Ravasio).

Nuestro Padre nos hace ver que es muy importante para Él la expansión de la “obra de amor” que vino a realizar entre los hombres. En las palabras que le dirigió a través de Sor Eugenia al Papa de aquel entonces, el Padre habla de la primacía de esta obra, que es una gracia especial para este tiempo, relacionada con grandes promesas: que se producirán conversiones auténticas y duraderas, que llegará la verdadera paz, que se completará el culto de la Santa Iglesia…

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EL AMOR CRECE

“Cuanto más respondáis a mi amor, tanto más amor recibiréis” (Palabra interior).

Es propio del amor ensancharse tanto más cuanto más espacio se le dé. Por tanto, cuanto más acojamos en nuestro interior el amor de nuestro Padre, cuanto más lo busquemos, tanto más podrá Él comunicársenos.

Tengamos presente que el amor de Dios es ilimitado, mientras que nuestra capacidad de amar es limitada. Cuando nuestro Padre pone su morada en nosotros, Él ilumina y calienta nuestro corazón con la fuerza del Espíritu Santo. Si nos dejamos guiar por esta luz interior y nos entregamos al calor de su amor, la dureza de nuestro interior empieza a transformarse y la capa de hielo que rodea nuestro corazón se derrite.

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La Adoración Eucarística (Parte I)

El permanecer en silencio ante el Señor Sacramentado, ya sea el Santísimo expuesto o en el Sagrario, tiene un gran efecto en la profundización de la oración. Por eso, en el marco de estas meditaciones sobre el tema de la oración, conviene que dediquemos dos días específicamente a la Adoración Eucarística.

Antes de entrar en materia, sólo una breve explicación para aquellos que no están familiarizados con la devoción católica. Los católicos creemos que, después de la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo durante la Santa Misa, su presencia permanece en la santa hostia, aun cuando ha concluido la liturgia. Es por eso que los católicos hacemos una genuflexión (esto es, una reverencia) ante el Sagrario, donde se conservan las hostias consagradas.

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“¡DEJAD QUE YO ME OCUPE DE TODO!” 

“No os sobrecarguéis ni os aquejéis con preocupaciones innecesarias. ¡Dejad que yo me ocupe de todo! Os quiero totalmente puros y sinceros, caminando de la mano del Padre como niños, sin preocuparos de qué será mañana” (Palabra interior).

La despreocupación –que no debe confundirse con la ingenuidad o falta de responsabilidad– se cimienta sobre la confianza en Dios y confiere un resplandor especial al camino de seguimiento de Cristo. A menudo va de la mano con una cierta alegría y serenidad, que ni aun en las situaciones más difíciles se desvanece.

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Padecimientos en la oración (Parte II)

La oración es una de las glorias que podemos gozar ya en esta vida, pues es una escalera por la cual Dios desciende a nosotros y nosotros ascendemos a Él. Sin embargo, ni siquiera en nuestra vida de oración estamos exentos de los esfuerzos que corresponden a nuestra existencia terrenal y tenemos que soportar todo tipo de perturbaciones. Pero Dios, en su sabiduría, se vale de todo ello.

Ayer habíamos empezado a hablar sobre los así llamados “padecimientos en la oración”, entre los cuales habíamos mencionado las distracciones y la sequedad en los sentimientos. Hoy queremos continuar con algunos otros…

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