“DIOS NOS LIBRA DE LAS TRAMPAS” 

«El Señor estará a tu lado y librará tus pies de la trampa» (Prov 3,26).

Sin duda, en nuestro camino de seguimiento de Cristo se nos tienden trampas peligrosas. Muchas de ellas las permite el Señor para ponernos a prueba. No en vano, una y otra vez escuchamos la exhortación a la vigilancia, pues existen múltiples tentaciones que quieren desviarnos del camino recto.

Ahora bien, la vigilancia no debe confundirse con la desconfianza. La vigilancia es consciente de la existencia del mal y nos enseña a lidiar con él, mientras que la desconfianza lo ve por doquier y se siente constantemente amenazada. La vigilancia tampoco es compatible con una cierta ingenuidad que no sabe medir correctamente la situación a la que nos enfrentamos y nos hace sentir seguros a nivel emocional porque ni siquiera se percata de los peligros que nos acechan.

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Fiesta del santísimo nombre de María: “El dulce nombre de María”

Is 61,9-11

Lectura correspondiente a la Fiesta del santísimo nombre de María

Su descendencia será conocida en las naciones y sus vástagos entre los pueblos; todos los que los vean reconocerán que son el linaje bendecido por el Señor. Con gozo me gozaré en el Señor, exulta mi alma en mi Dios, porque me ha revestido de ropas de salvación, en manto de justicia me ha envuelto como el esposo se pone una diadema, como la novia se adorna con aderezos. Porque, como una tierra hace germinar plantas y como un huerto produce su simiente, así el Señor hace germinar la justicia y la alabanza en presencia de todas las naciones.

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“VIVIR EN LA CERCANÍA DE DIOS” 

«Los hombres deben vivir cerca de mí y ser partícipes de mi sabiduría» (Palabra interior).

Esto es lo que nuestro bondadoso Padre ha previsto para nosotros: una vida de intimidad y amor natural con Él, cobijados por su cercanía. Al mismo tiempo, también es un llamado a asumir el lugar que nuestro Padre ha dispuesto para nosotros en su Reino.

En las circunstancias de un mundo, alejado de Dios y bajo el acoso de Satanás —que envidia a los hombres esta cercanía con el Señor y la sabiduría que conlleva, y que quiere ponernos trabas—, esto también supone una lucha. Dios no nos exonera de este combate, que nos da la oportunidad de demostrarle nuestro amor y fidelidad, y de corresponder así a su amor. En la unión con su Hijo, tenemos la victoria asegurada. Y la lucha se limita únicamente al tiempo que nos queda en la Tierra.

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La emperatriz Santa Pulqueria: una segunda Elena

El Señor es capaz de despertar a los suyos y guiarlos hacia la santidad. Esto no siempre significa retirarse a un monasterio o servir a Dios en una ermita. También puede suceder en una corte imperial, donde la pompa y la opulencia suelen ser la norma. Incluso en este contexto, encontramos una y otra vez personas que, a pesar de todo el lujo que les rodeaba y de la seducción que el poder puede ejercer sobre las personas, se convirtieron en modelos brillantes para muchos. Supieron sustraerse a la atracción de una vida cortesana, a menudo vanidosa y vacía, y en su lugar se pusieron humildemente al servicio del Señor.

Una de estas personalidades destacadas fue la santa Pulqueria, emperatriz del Imperio bizantino. El obispo san Cirilo la describió como «la esposa más casta de Cristo, la joya del mundo, el ornamento de la Iglesia», y los padres del Concilio de Calcedonia la denominaron «guardiana de la fe, promotora de la paz, combatiente de los herejes, la nueva Helena».

Pulqueria era hija del emperador Arcadio. A los nueve años quedó huérfana. Pero Dios, que quería servirse de ella como instrumento para sus santos designios, atrajo hacia sí el corazón de la joven y, desde muy tierna edad, le concedió el don de la sabiduría, el amor a la oración y a la soledad, y una valentía viril.

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“EL PRINCIPIO RECTOR DE NUESTRA VIDA” 

«Confía en el Señor de todo corazón y no te fíes de tu inteligencia; reconócelo en todos tus caminos y él enderezará tus sendas» (Prov 3,5-6).

Una vez más, el Libro de los Proverbios nos advierte de que no debemos fiarnos demasiado de nuestras propias capacidades. Esto también se aplica a la inteligencia humana. Aunque es un gran don que el Señor nos concede en el plano natural, no debe convertirse en el principio rector de nuestra vida. De hecho, sería una insensatez, ya que, al fin y al cabo, la inteligencia es un don sujeto a las limitaciones del mundo creado y necesita la luz sobrenatural de Dios para comprender las cosas en su dimensión más profunda. Por ello, el Señor nos invita a confiar en Él «de todo corazón». Dios es la verdadera roca sobre la que podemos edificar nuestra vida, una roca que no vacila. Si interiorizamos esta certeza, Dios se valdrá de nuestras facultades naturales para su obra y estas ocuparán el lugar que les corresponde. Así se establece la verdadera jerarquía.

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“NO PRESUMAS DE SABIO” 

«No presumas de sabio, teme al Señor y evita el mal» (Prov 3,7).

¡Qué insensatez presumir de los propios dones y creerse superior a los demás a causa de ellos! ¿Acaso hay algo que no hayamos recibido de nuestro Padre? Incluso si hemos contribuido a desarrollar los dones mediante nuestro esfuerzo y el estudio, al fin y al cabo, todo nos ha sido dado por Dios.

Se trata de una constatación sencilla, pero decisiva para la actitud básica de nuestra vida. Si sabemos que todo se lo debemos a Dios y se lo atribuimos como corresponde, entonces la sabiduría divina encuentra cabida en nuestra alma. La gloria y la alabanza de Dios han de ocupar el primer lugar. Por ello, evitaremos cuidadosamente ponernos a nosotros mismos en primer plano y mirarnos con vanidad.

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San Pedro Claver: apóstol de los esclavos africanos

Si queremos conocer qué clase de obras heroicas puede llevar a cabo una persona impulsada por la gracia de Dios, basta con profundizar en la vida de los santos. Una y otra vez descubriremos que el amor de Dios los hizo capaces de amar de una manera que supera con creces nuestra capacidad humana.

Nos encontramos con un fuego de amor a Dios y al prójimo que sigue ardiendo hasta hoy y que permanece vivo en la memoria de la Iglesia. Aquellas personas que, en su lucha por la santidad, han ardido tanto como el santo que celebramos hoy, siempre están dispuestas a ayudarnos a recorrer nuestro camino de seguimiento de Cristo de la mejor manera posible. Su fervor y su espíritu de sacrificio, que a veces pueden hacernos sentir avergonzados, llaman a la puerta de nuestro corazón y nos llevan a cuestionarnos si estamos dispuestos a imitar lo suficiente al Señor para convertirnos nosotros mismos en testigos de su amor inefable, cada uno según la vocación que Dios le ha confiado.

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“CRECER EN SABIDURÍA” 

«El que me escucha vivirá seguro, tranquilo, sin temor a la desgracia» (Prov 1,33).

Nuestro Padre nos lo pone fácil para adquirir sabiduría y vivir en la seguridad que tanto anhelamos. Siempre ha sido así, incluso en los tiempos en que el hombre vivía despreocupado en el Paraíso. Mientras escuchaba a Dios, antes de la caída en el pecado, su vida transcurría en plena unidad con su amantísimo Padre celestial. Pero entonces llegó la desgracia, a causa de la desobediencia y de haber prestado oído a la seductora voz del diablo.

Ahora ya no vivimos en el Paraíso y sufrimos las consecuencias de haberlo perdido. Sin embargo, nuestro Padre no nos ha abandonado a merced de la perdición. En la persona de su Hijo, Él mismo vino a nosotros para liberarnos de las cadenas de la culpa.

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Fiesta de la Natividad de María: “Elegida por Dios”

Mt 1,18-23 

El origen de Jesucristo fue de la siguiente manera. Su madre, María, estaba desposada con José; pero, antes de empezar a estar juntos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, que era justo, pero no quería infamarla, resolvió repudiarla en privado. Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta: “La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa ‘Dios con nosotros’.”

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