Judas consumó su traición y Jesús es apresado. Esto acontece después de que el Señor, en Getsemaní, había aceptado el sufrimiento de manos de su Padre y había dado su ‘sí’ a todo lo que tenía por delante.
Un SÍ que tuvo que atravesar la angustia y la agonía; un SÍ, después de haberle pedido a su Padre que, si era posible, aquel cáliz pasara sin tener que beberlo (cf. Mt 26,39-44); un SÍ que expresa la entrega incondicional al Padre; un SÍ por amor a nosotros, los hombres.
Ahora Jesús se entrega sin reservas al sufrimiento que ha de soportar por nuestra Redención; se enfrenta a todas las burlas y humillaciones, a todas las ofensas, al desamor y a la crueldad que encontrará en su camino doloroso. Todo el odio de las tinieblas se cierne sobre Él; la espantosa oscuridad del pecado con su terrible consecuencia: el alejamiento de Dios.
Durante la cena, Jesús se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una palangana y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. (Jn 13,4-5)
¡Cuán grande amor se nos manifiesta en este día! ¡Con qué gestos tan extraordinarios nos encontramos! El Señor del cielo y de la tierra lava los pies de sus discípulos, revelándoles así más profundamente en qué consiste su seguimiento: se trata de servir. Dios mismo, en su infinito amor, sirve al hombre; y a nosotros nos llama a vivir en este mismo servicio.
Entonces, si nos cuestionamos cómo podemos servir a nuestro prójimo, la respuesta es: ¡Así como Jesús nos sirve a nosotros! No hay nada que le resulte demasiado bajo o despreciable, como para no tocarlo y transformarlo con su amor. A sus discípulos los convierte en príncipes de su Reino; de los pecadores quiere hacer santos.
Judas Iscariote fue donde los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Qué me daréis, si os lo entrego?” Ellos le asignaron treinta monedas de plata. (Mt 26,14-15)
La traición de Dios a cambio del dinero injusto… ¡Cuántas veces se repite esta historia! ¡Cuántas veces las personas se venden a precio de dinero, de honor, de placeres desordenados, de poder!
Le dieron a Judas treinta monedas de plata, conscientes de que ese dinero estaba manchado de sangre. Y esa sangre no era “sólo” la de un hombre, lo cual sería ya suficientemente grave. ¡Esta sangre era la del Hijo de Dios, la sangre que había de redimirlos, la sangre del Cordero, derramada por el mundo! Ese fue el precio que los sumos sacerdotes pagaron al traidor.
¿Y qué decir de Judas? “¡Ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le habría valido a ese hombre no haber nacido!” (Mt 26,24)
¡Qué final tan trágico! ¡Y cuánto alcance tienen estas palabras de Jesús!
Treinta monedas de plata…
¿Quizá hemos sentido alguna vez el temor de que también nosotros podríamos ser capaces de negar o incluso traicionar al Señor? ¿Es posible que en las profundidades de nuestro corazón pueda habitar la traición o la negación, y que éstas salgan a la luz en determinadas circunstancias?
¡Nunca debemos sentirnos demasiado seguros de nosotros mismos! También en nuestro interior moran sombras que han de ser redimidas por el Señor. ¡El pecado debe ser rechazado incluso a nivel del inconsciente!
¿Cómo protegernos de la negación o de la traición?
En el corazón puro de la Virgen María podemos encontrar refugio; en una relación confiada con el Señor, como la tuvo San Juan; en el sincero esfuerzo por percibir los movimientos y sentimientos de nuestro corazón, llevando ante Dios todo lo oscuro, egocéntrico, orgulloso y vanidoso. Podemos desvelar ante el Señor nuestra miseria y suplicarle que jamás lo neguemos ni lo traicionemos. Hemos de vencer toda falsa auto-confianza. ¡Sólo en el Señor y en su fuerza seremos capaces de resistir las más duras pruebas! ¡Sólo en Él evitaremos sucumbir a nuestra corrupción interior y ceder a las seducciones que nos vienen de fuera!
El Señor permite las tentaciones, para fortalecer a los Suyos. Tal vez empieza permitiendo pequeñas pruebas para la fidelidad, de modo que estemos armados y preparados cuando lleguen otras mayores.
Con la ayuda de Dios, despojémonos en esta Semana Santa de todo lo que huele a negación y traición en nuestro interior, y profundicemos día a día el amor a Jesús. Así, estaremos armados y bien equipados en el Señor, más allá de lo que podríamos lograr con nuestra buena voluntad y nuestros propios esfuerzos.
“En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará.” (Jn 13,21b)
¡La traición! Aquí se revelan los más terribles abismos del corazón humano. Traicionar al amigo, traicionar al Maestro y Señor, traicionar el amor…
Aparentemente, nadie más que el discípulo amado se atrevía a preguntarle quién sería el que lo traicionaría. Sólo él, que tenía una relación de especial confianza con el Señor y a quien Pedro había pedido mediante una señal que le preguntase… El corazón de Juan era puro y amaba indivisamente al Señor. Él pudo pronunciar la pregunta ante aquella declaración que había dejado desconcertados a todos. El que ama y cuyo corazón se ha purificado, puede encararse con la sombra y no tiene nada que esconder. Así, Juan se recostó sobre el pecho de Jesús y le preguntó: “Señor, ¿quién es?” (Jn 13,25) Este gesto de amor y de confianza era puro y sincero, a diferencia del beso del traidor, que abusó de esta expresión de amor, poniéndola al servicio de su maldad.
“María, tomando una libra de perfume de nardo puro muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos.” (Jn 12,3)
¡Qué gesto tan tierno de parte de María nos narra este pasaje evangélico! Es una ternura que corresponde al ser de la mujer, y que refleja algo de su belleza y capacidad de entrega. María le ha entregado todo su corazón a Jesús, y cuánto consuelo habrá sido para Él, en medio de tanta hostilidad, aquella alma amante. Algo similar le sucederá en el Viacrucis, cuando Verónica enjuga su rostro.
“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Mt 21,9)
Todo el pueblo está congregado y durante un breve tiempo sucede aquello que corresponde a la realidad de que el Hijo de Dios ha venido al mundo. Entre júbilo y alegría lo aclaman; el pueblo da la bienvenida a su verdadero Rey, a su Mesías, al prometido y esperado por tanto tiempo.
Antes de entrar en la Semana Santa, daremos hoy el último paso en nuestro itinerario cuaresmal. Os invito cordialmente a seguir acompañándonos durante la Semana Santa, cuyas reflexiones tendrán un carácter más meditativo. También podréis verlas a modo de vídeos en los enlaces respectivos que os enviaremos a diario.
Al comienzo del evangelio de hoy (Jn 12,10-36), se anticipa ya la entrada de Jesús en Jerusalén, que mañana, en el Domingo de Ramos, contemplaremos con mayor profundidad.
Por poco tiempo, la realidad en Jerusalén fue como debía ser. El pueblo saludó al verdadero Rey de Israel y salió a su encuentro. En este acontecimiento se manifiesta la verdad y se reconoce la misión que Israel estaba llamado a cumplir para toda la humanidad. No se trataba de un rey humano, sino del Rey del cielo que vino a la Tierra para redimir a su pueblo. Entra en la «ciudad del gran Rey» (Mt 5,35), es decir, en Jerusalén, la ciudad escogida por Dios. ¡Qué alegría y qué gracia concede el Padre Eterno a su pueblo! Viene Aquel que merece toda alabanza, honor y gloria.
«La Cuaresma es el otoño de la vida espiritual, en el que debemos cosechar los frutos y almacenarlos para todo el año. Haga todo lo posible —se lo ruego— para enriquecerse con estos tesoros preciosos que nadie podrá robarle y que no se oxidan (cf. Mt 6,20). Recuerde lo que digo con frecuencia: mientras pretendamos vivir dos Cuaresmas al mismo tiempo, nunca conseguiremos vivir bien ni siquiera una. Por tanto, vivamos la Cuaresma actual como si fuera la última, entonces la aprovecharemos bien» (De una carta de San Francisco de Sales a Juana Francisca de Chantal).
La Semana Santa ya está a las puertas y, por tanto, nuestro itinerario cuaresmal nos presenta hoy el pasaje del Evangelio en el que los enemigos de Jesús deciden matarlo (Jn 11,47-54). Dice así:
«Entonces los príncipes de los sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín: “¿Qué hacemos, puesto que este hombre realiza muchos signos? -decían-. Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación”» (vv. 47-48).
Aquí vemos los falsos pretextos que esgrimieron, pues Jesús con su predicación y sus obras no suponía en absoluto una amenaza para los romanos. En realidad, eran los líderes religiosos quienes se sentían amenazados y temían perder su influencia sobre el pueblo.
La resurrección de Lázaro, un signo inequívoco de la autoridad divina de Jesús, resultó intolerable para ellos. Como no tenían manera de rebatirle ni de acusarle de algún pecado —y, por tanto, de haber transgredido la Ley—, simplemente decidieron matarle.