Desde que Juana de Arco entró en escena, el panorama de la guerra cambió a favor de la Corona francesa. Lo decisivo había sucedido: el heredero Carlos VII había recibido a Juana y se había convencido de que había sido enviada por el Rey del Cielo; también las autoridades eclesiásticas habían dado su aprobación. Así, Dios pudo llevar a cabo sus planes.
Juana no solo era esperada con ansias por la población sitiada en la ciudad de Orléans, sino que, sobre todo, fortaleció a los soldados del rey. La presencia de la Doncella, con su inagotable confianza, infundió nuevas fuerzas al ejército francés y lo sacó de la desesperanza.
Juana, por su parte, nunca llevaba armas ni mató a nadie. Sin embargo, su valentía y determinación al permanecer frente al ejército, incluso en situaciones aparentemente desesperadas, alentaban una y otra vez a los soldados. Esto ocurría incluso cuando, en un principio, la campaña militar parecía abocada al fracaso, pero finalmente llegaba a buen término.
El confesor de Juana, Jean Pasquerel —quien, a petición de ella, la acompañó hasta el momento de su captura en Compiègne—, relata que, en lugar de un arma, la Doncella siempre llevaba consigo un estandarte. Así declaró el clérigo:
