“UN CONSEJO DE SAN PABLO”  

«[Sed] alegres en la esperanza y pacientes en la tribulación» (Rom 12,12).

El apóstol san Pablo dirige esta exhortación a la comunidad cristiana de Roma para fortalecerla en el Espíritu del Señor. Siempre hay que mantener viva la llama de la esperanza. Sin embargo, no debe ser confundida con un optimismo humano, que es efímero, sino que es una de las tres virtudes teologales que nos unen profundamente a nuestro Padre celestial. La verdadera esperanza siempre está dirigida a Dios, pues Él mismo es nuestra esperanza.

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El fruto de la Palabra de Dios

NOTA: Siguiendo el calendario litúrgico tradicional, hoy es el así llamado “Domingo de Sexagésima”, en preparación para el pronto inicio de la Cuaresma. Meditaremos el Evangelio que la Iglesia ha dispuesto para esta ocasión. Quien prefiera escuchar una meditación sobre la lectura o el Evangelio de acuerdo al nuevo calendario litúrgico, puede encontrar los respectivos enlaces al final del texto.

Lc 8,4-15

En aquel tiempo, reuniéndose una gran muchedumbre que de todas las ciudades acudía a Jesús, les dijo esta parábola: “Salió el sembrador a sembrar su semilla; y al echar la semilla, parte cayó junto al camino, y fue pisoteada y se la comieron las aves del cielo. Parte cayó sobre piedras, y cuando nació se secó por falta de humedad. Otra parte cayó en medio de las espinas, y habiendo crecido con ella las espinas la ahogaron. Y otra cayó en la tierra buena, y cuando nació dio fruto al ciento por uno”. Dicho esto, exclamó: “El que tenga oídos para oír, que oiga.”

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“¿CÓMO AFRONTAR LAS CALUMNIAS?”  

«La indiferencia silenciosa ante las calumnias o injusticias suele ser un antídoto más saludable que la excesiva sensibilidad, la discordia o la venganza» (San Francisco de Sales).

Es un gran problema cuando las personas hablan mal unas de otras. Las calumnias pueden llegar a tal extremo y causar tanto sufrimiento a un alma sensible que ella puede llegar a pensar que su vida está destruida. En la actualidad, con los medios de comunicación modernos, este peligro se intensifica aún más y las calumnias pueden convertirse en una verdadera plaga.

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San Teodoro de Heraclea: El matador de dragones

¡Cuán ricas son las historias de los santos, que nos hacen conocer a personas que vivieron su fe hasta las últimas consecuencias y siguieron con total convicción a Nuestro Señor! Sin duda, muchas de ellas nos muestran una radicalidad que podría asustarnos. Como decía san Francisco de Sales, algunos santos son más para admirar que para imitar. Sin embargo, hay algo que siempre debemos tener presente y de lo que cada uno de ellos daría fe: fue la gracia de nuestro Padre celestial la que los hizo capaces de realizar cosas extraordinarias. Ya se trate de los incansables misioneros que no escatimaron esfuerzos para anunciar el Evangelio hasta los confines de la Tierra, o de aquellos santos que practicaron las obras de misericordia hasta la total abnegación de sí mismos, o de aquellos monjes que vivieron la vida monástica con gran disciplina y ascetismo y contribuyeron a la edificación de la Iglesia.

Pero tampoco podemos olvidar a tantos otros que, de forma más discreta pero no menos fructífera, sirvieron a Dios en el heroico cumplimiento de sus deberes de estado. Siempre fue la santa presencia del Señor la que los modeló y santificó. En este sentido, la vida de cada santo es también un mensaje de Cristo dirigido a nosotros, que nos exhorta a recorrer el camino que Dios ha trazado para nosotros y nos anima a responder al llamado universal a la santidad.

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San Pablo Miki y compañeros mártires: “El triunfo de la fe y del amor”

La Iglesia es rica en misioneros y mártires, en quienes se manifestó el triunfo de la fe y del amor. Esto puede decirse sobre los mártires japoneses Pablo Miki y sus compañeros, cuya memoria celebramos hoy.

En 1542-1543 los portugueses habían descubierto Japón y en 1549 San Francisco Javier había empezado a misionar allí. Así, en 1590 había aproximadamente medio millón de cristianos en Japón.

El gobernante japonés, aunque tolerante al principio, se volvió cada vez más hostil al cristianismo. En 1596 arrestó en Oasaka a 26 cristianos: 3 de ellos eran jesuitas japoneses; 6 franciscanos españoles (entre ellos Pedro Bautista) y 17 terciarios franciscanos japoneses; es decir, laicos que pertenecían a la Tercera Orden de San Francisco. Entre ellos se encontraban 3 monaguillos de entre 12 y 14 años de edad.

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Santa Águeda y el espíritu de fortaleza

El día de hoy nuevamente nos encontramos con una santa, que, bajo una terrible persecución, llegó a ser mártir por amor a Cristo a una edad muy temprana. En Santa Águeda descubrimos un alma encendida de amor, así como también en Santa Inés, cuya historia escuchamos recientemente. Ellas, haciendo realidad las palabras del evangelio de hoy, son testigos y modelos para nosotros en el seguimiento del Señor.

Los santos no solamente están para que los admiremos e invoquemos, sino también para que los imitemos. Por eso podemos preguntarnos: ¿Qué podría obrar en mí un amor ardiente como el suyo? No me refiero a que cada uno de nosotros deba sentir el deseo de padecer el martirio por Cristo y soportar torturas como las de Santa Inés y Santa Águeda. Pero, eso sí, cada uno ha de estar lleno de ese mismo espíritu, en el que Dios se glorifica y concede también la fuerza para el martirio. Se trata de la virtud de la valentía y, más aún, del espíritu de fortaleza.

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“DIOS PADRE ES NUESTRA FUENTE”  

«Yo soy tu fuente» (Palabra interior).

En todo momento podemos acudir a esta fuente, de la que siempre mana el agua de la vida divina para iluminar y sanar nuestra vida, para saciar nuestra sed de amor y de verdad. Como dijo Jesús a la samaritana junto al pozo de Jacob: «El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14).

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San José de Leonisa y la respuesta incondicional al llamado de Dios

En la vida del santo de hoy se puede ver cuántos obstáculos se les pone a veces a aquellos que Dios ha destinado a una gran misión. En la historia que conoceremos hoy, no fueron tanto los enemigos externos —aunque estos también se sumaron posteriormente—, sino la propia familia. Esta resistencia puede resultar aún más difícil de afrontar, ya que se trata de personas con las que uno ha crecido en el seno de la familia y a las que está unido por los lazos de sangre o de la amistad, pero que, en su incomprensión, se oponen a los designios de Dios. Así sucedió con san José de Leonisa en el siglo XVI.

Sus familiares tenían grandes expectativas sobre la brillante carrera que el joven podría alcanzar en el mundo. Ya estaba concertado su casamiento con una noble dama de extraordinaria belleza y gran fortuna. Sin embargo, José huyó de la casa paterna y pidió el hábito de los capuchinos en Asís, la ciudad natal de san Francisco. Pero ni siquiera en el convento, donde el joven había iniciado su noviciado, dieron tregua sus parientes.

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