«Aquel que no se deja seducir por los elogios ni desconcertar por los reproches posee una gran paz interior» (Tomás de Kempis).
En la frase de hoy, Tomás de Kempis hace referencia a lo que puede desconcertarnos y hacernos perder la paz interior con facilidad.
Por un lado, hay que aprender a lidiar con los elogios. Sin duda, un elogio sincero es edificante. Sin embargo, los maestros de la vida espiritual nos advierten del peligro de que, cuando recibimos reconocimiento por parte de los demás, nuestra mirada puede centrarse cada vez más en nosotros mismos. Así, caemos fácilmente en una carencia de libertad que consiste en deleitarse en ese elogio e incluso comenzar a derivar su valor de las alabanzas que recibe de otros. Sin embargo, eso nos vuelve dependientes de las personas. En consecuencia, puede suceder que busquemos sus elogios y que nos sintamos decepcionados cuando no los recibimos. En ese momento, nuestro corazón ya no está totalmente centrado en Dios, de quien procede la verdadera paz. Nos hemos olvidado de atribuir todas las alabanzas al Señor, y es como si las retuviéramos para nosotros mismos.
