«El Espíritu Santo no se dirige a un alma distraída y charlatana. Habla a través de sus suaves inspiraciones a un alma recogida y capaz de guardar silencio» (Santa Faustina Kowalska).
«El Espíritu Santo no se dirige a un alma distraída y charlatana. Habla a través de sus suaves inspiraciones a un alma recogida y capaz de guardar silencio» (Santa Faustina Kowalska).
Fil 4,4-9.11-13
Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada; al contrario: en toda oración y súplica, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de íntegro, de amable y de encomiable; todo lo que sea virtuoso y digno de alabanza, tenedlo en estima. Lo que aprendisteis y recibisteis, lo que oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra; y el Dios de la paz estará con vosotros.
He aprendido a contentarme con lo que tengo: he aprendido a vivir en la pobreza, he aprendido a vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. Todo lo puedo en Aquel que me conforta.
En el pasaje que meditamos ayer, san Pablo enfatizó que no fue la ley la que lo salvó, a pesar de que, siendo un ferviente judío, siempre la había observado estrictamente, sino el don inmerecido de la fe en Jesucristo. En los versículos siguientes vuelve a recalcarlo:
Fil 3,9-21
No mediante mi justicia, la que procede de la Ley, sino mediante la que viene de la fe en Cristo, justicia que procede de Dios, por la fe [busco] conocerle a él y la fuerza de su resurrección, y participar así de sus padecimientos, asemejándome a él en su muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos. No es que ya lo haya conseguido, o que ya sea perfecto, sino que continúo esforzándome por ver si lo alcanzo, puesto que yo mismo he sido alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no pienso haberlo conseguido aún; pero, olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto por Cristo Jesús. Así pues, los que somos perfectos tengamos estos sentimientos.
«Hijo mío, entrégame tu corazón; y tus ojos seguirán mis caminos». (Antífona de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús). leer más
«La verdad tiene el poder de perdurar». (Palabra interior).
Todo pasa, pero la Palabra de Dios permanece. Así nos lo asegura el Señor en el Evangelio (Lc 21, 33). En medio de la agitación y los turbulentos cambios que nos rodean, hay algo que permanece para siempre: ¡nuestro Padre mismo! Por eso nos ha comunicado sus palabras imperecederas. Estamos llamados a vivir conforme a esta verdad inmutable. A partir de ella, debemos aprender a distinguir lo perecedero de lo imperecedero, lo importante de lo menos importante y de lo insignificante.
Tras el pasaje de la Epístola a los Filipenses que meditamos ayer, el Apóstol Pablo pasa a hablar con gran afecto de su colaborador Timoteo, a quien considera como un hijo en Cristo y a quien desea enviar a la comunidad de Filipos. Llama la atención la calidez de estos versículos (Fil 2,19-22), en los que se nos revela mucho del corazón del Apóstol. También tiene la intención de enviar a Epafrodito, que estuvo a punto de morir por el Evangelio. Sin embargo, se recuperó para alegría y consuelo de todos (vv. 25-27). En varios pasajes de la Epístola se percibe el anhelo de Pablo de visitar personalmente a la comunidad de Filipos (Fil 1,27; 4,1). «Confío en el Señor, que yo mismo pueda ir pronto» (Fil 2,24).
A continuación, el Apóstol vuelve a abordar algunos puntos para ayudar a la joven comunidad en su camino. En esta ocasión, se trata, en primer lugar, de una advertencia:
«Cuidaos de la prisa y la inquietud, pues nada obstaculiza más el crecimiento interior que eso». (De una carta de san Francisco de Sales a santa Francisca de Chantal). leer más
Fil 2,12-18
Por tanto, queridísimos míos, así como siempre habéis obedecido, no sólo en mi presencia, sino también mucho más ahora en mi ausencia, trabajad por vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito. Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones, para que lleguéis a ser irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha en medio de una generación depravada y perversa, en la cual brilláis como luceros en el mundo al poner en alto la palabra de vida, para gloria mía en el día de Cristo, porque no habré corrido en vano ni en vano habré trabajado. Pues, aunque sea derramada mi sangre sobre el sacrificio y ofrenda de vuestra fe, me alegro y me congratulo con todos vosotros; por la misma causa alegraos también vosotros y congratulaos conmigo. leer más
«Se necesita un ejército que aspire a la santidad para poder resistir en este combate» (Palabra interior).
Se trata de una palabra interior procedente de santa Juana de Arco. Nos habla de un «ejército santo», que también en esta época es necesario. Probablemente se refiera al «ejército del Cordero», es decir, a aquellos que siguen al Cordero adondequiera que vaya (Ap 14,4).
Fil 2,1-11
Así pues, por la consolación en Cristo y por el consuelo de la caridad, por la comunión en el Espíritu y por las entrañas de misericordia, colmad mi gozo con vuestro mismo sentir, con vuestra misma caridad y concordia y con vuestros mismos anhelos. No actuéis por rivalidad ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada uno a los demás como superiores, buscando no el propio interés, sino el de los demás. Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Y por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ‘¡Jesucristo es el Señor!’, para gloria de Dios Padre.