La emperatriz Santa Pulqueria: una segunda Elena

El Señor es capaz de despertar a los suyos y guiarlos hacia la santidad. Esto no siempre significa retirarse a un monasterio o servir a Dios en una ermita. También puede suceder en una corte imperial, donde la pompa y la opulencia suelen ser la norma. Incluso en este contexto, encontramos una y otra vez personas que, a pesar de todo el lujo que les rodeaba y de la seducción que el poder puede ejercer sobre las personas, se convirtieron en modelos brillantes para muchos. Supieron sustraerse a la atracción de una vida cortesana, a menudo vanidosa y vacía, y en su lugar se pusieron humildemente al servicio del Señor.

Una de estas personalidades destacadas fue la santa Pulqueria, emperatriz del Imperio bizantino. El obispo san Cirilo la describió como «la esposa más casta de Cristo, la joya del mundo, el ornamento de la Iglesia», y los padres del Concilio de Calcedonia la denominaron «guardiana de la fe, promotora de la paz, combatiente de los herejes, la nueva Helena».

Pulqueria era hija del emperador Arcadio. A los nueve años quedó huérfana. Pero Dios, que quería servirse de ella como instrumento para sus santos designios, atrajo hacia sí el corazón de la joven y, desde muy tierna edad, le concedió el don de la sabiduría, el amor a la oración y a la soledad, y una valentía viril.

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“EL PRINCIPIO RECTOR DE NUESTRA VIDA” 

«Confía en el Señor de todo corazón y no te fíes de tu inteligencia; reconócelo en todos tus caminos y él enderezará tus sendas» (Prov 3,5-6).

Una vez más, el Libro de los Proverbios nos advierte de que no debemos fiarnos demasiado de nuestras propias capacidades. Esto también se aplica a la inteligencia humana. Aunque es un gran don que el Señor nos concede en el plano natural, no debe convertirse en el principio rector de nuestra vida. De hecho, sería una insensatez, ya que, al fin y al cabo, la inteligencia es un don sujeto a las limitaciones del mundo creado y necesita la luz sobrenatural de Dios para comprender las cosas en su dimensión más profunda. Por ello, el Señor nos invita a confiar en Él «de todo corazón». Dios es la verdadera roca sobre la que podemos edificar nuestra vida, una roca que no vacila. Si interiorizamos esta certeza, Dios se valdrá de nuestras facultades naturales para su obra y estas ocuparán el lugar que les corresponde. Así se establece la verdadera jerarquía.

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“NO PRESUMAS DE SABIO” 

«No presumas de sabio, teme al Señor y evita el mal» (Prov 3,7).

¡Qué insensatez presumir de los propios dones y creerse superior a los demás a causa de ellos! ¿Acaso hay algo que no hayamos recibido de nuestro Padre? Incluso si hemos contribuido a desarrollar los dones mediante nuestro esfuerzo y el estudio, al fin y al cabo, todo nos ha sido dado por Dios.

Se trata de una constatación sencilla, pero decisiva para la actitud básica de nuestra vida. Si sabemos que todo se lo debemos a Dios y se lo atribuimos como corresponde, entonces la sabiduría divina encuentra cabida en nuestra alma. La gloria y la alabanza de Dios han de ocupar el primer lugar. Por ello, evitaremos cuidadosamente ponernos a nosotros mismos en primer plano y mirarnos con vanidad.

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San Pedro Claver: apóstol de los esclavos africanos

Si queremos conocer qué clase de obras heroicas puede llevar a cabo una persona impulsada por la gracia de Dios, basta con profundizar en la vida de los santos. Una y otra vez descubriremos que el amor de Dios los hizo capaces de amar de una manera que supera con creces nuestra capacidad humana.

Nos encontramos con un fuego de amor a Dios y al prójimo que sigue ardiendo hasta hoy y que permanece vivo en la memoria de la Iglesia. Aquellas personas que, en su lucha por la santidad, han ardido tanto como el santo que celebramos hoy, siempre están dispuestas a ayudarnos a recorrer nuestro camino de seguimiento de Cristo de la mejor manera posible. Su fervor y su espíritu de sacrificio, que a veces pueden hacernos sentir avergonzados, llaman a la puerta de nuestro corazón y nos llevan a cuestionarnos si estamos dispuestos a imitar lo suficiente al Señor para convertirnos nosotros mismos en testigos de su amor inefable, cada uno según la vocación que Dios le ha confiado.

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“CRECER EN SABIDURÍA” 

«El que me escucha vivirá seguro, tranquilo, sin temor a la desgracia» (Prov 1,33).

Nuestro Padre nos lo pone fácil para adquirir sabiduría y vivir en la seguridad que tanto anhelamos. Siempre ha sido así, incluso en los tiempos en que el hombre vivía despreocupado en el Paraíso. Mientras escuchaba a Dios, antes de la caída en el pecado, su vida transcurría en plena unidad con su amantísimo Padre celestial. Pero entonces llegó la desgracia, a causa de la desobediencia y de haber prestado oído a la seductora voz del diablo.

Ahora ya no vivimos en el Paraíso y sufrimos las consecuencias de haberlo perdido. Sin embargo, nuestro Padre no nos ha abandonado a merced de la perdición. En la persona de su Hijo, Él mismo vino a nosotros para liberarnos de las cadenas de la culpa.

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Fiesta de la Natividad de María: “Elegida por Dios”

Mt 1,18-23 

El origen de Jesucristo fue de la siguiente manera. Su madre, María, estaba desposada con José; pero, antes de empezar a estar juntos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, que era justo, pero no quería infamarla, resolvió repudiarla en privado. Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta: “La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa ‘Dios con nosotros’.”

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“TEN PRESENTE QUE DIOS ESTÁ SIEMPRE CONTIGO” 

«No te preocupes tanto por quién está a tu favor o en tu contra; dedica más bien toda tu atención a pensar que Dios está contigo en todo» (Tomás de Kempis).

Una y otra vez, escuchamos que los maestros de la vida espiritual nos exhortan a no estar tan pendientes de las demás personas. Esto se aplica especialmente a lo que puedan pensar de nosotros y a su relación con nosotros. De lo contrario, fácilmente caemos en todo tipo de sospechas y tampoco estaremos a salvo de prestar oído a especulaciones e incluso a rumores. De este modo, encuentran cabida en nuestro interior.

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La curación de un hombre en sábado

Lc 6,6-11

En aquel tiempo, entró Jesús en la sinagoga un sábado y comenzó a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. Los escribas y los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si curaba en sábado, porque querían encontrar algo de qué acusarlo. Pero Jesús, conociendo sus intenciones, dijo al hombre que tenía la mano paralizada: “Levántate y ponte ahí en medio”. El se levantó y se puso allí. Luego les dijo: “Quiero preguntaros: ¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?”. Entonces, dirigiendo la mirada a todos, dijo al hombre: “Extiende tu mano”. Él la extendió y su mano quedó curada. Pero ellos se enfurecieron, y deliberaban entre sí para ver qué podían hacer contra Jesús.

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“ORACIONES LLENAS DE ANHELO” 

«Señor, Dios mío, a ti, sólo a ti debe pertenecer mi corazón. Tú eres mi paz y mi vida, Tú eres mi salvación. Sólo a ti quiero buscarte, cautivado únicamente por ti, para ser tuyo de forma irrevocable» (San Pedro Claver).

Esta es la oración de entrega de un gran santo que, con una fidelidad inquebrantable, se ocupó de las necesidades espirituales y de los inimaginables sufrimientos físicos de los esclavos africanos en Cartagena (escucharemos más sobre su historia en la meditación diaria del 9 de septiembre).

Lleno de profunda piedad, san Pedro Claver pudo desempeñar su heroico servicio hasta el final de su vida fecunda.

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Una vida según el Espíritu

Meditaremos hoy la lectura del XV Domingo después de Pentecostés, según el calendario tradicional.

Gal 5,25-26; 6,1-10

Si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el Espíritu. No seamos ambiciosos de vanagloria, provocándonos unos a otros, envidiándonos recíprocamente. Hermanos, si a alguien se le sorprendiera en alguna falta, vosotros, que sois espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, fijándote en ti mismo, no vaya a ser que tú también seas tentado. Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo. Porque si alguno se imagina que es algo, sin ser nada, se engaña a sí mismo. Que cada uno examine su propia conducta, y entonces podrá gloriarse solamente en sí mismo y no en otro; porque cada uno tendrá que llevar su propia carga. Que el discípulo comparta toda clase de bienes con el que le instruye. No os engañéis: de Dios nadie se burla. Porque lo que uno siembre, eso recogerá: el que siembra en su carne, de la carne cosechará corrupción; y el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará la vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, porque si perseveramos, a su tiempo recogeremos el fruto. Por tanto, mientras disponemos de tiempo hagamos el bien a todos, pero especialmente a los hermanos en la fe.

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