La limitación de lo creado

Ecl 1,2-11

¡Vanidad de vanidades! -dice Qohélet-, ¡vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol? Una generación va, otra generación viene; pero la tierra permanece donde está. Sale el sol, se pone el sol; corre hacia su lugar y de allí vuelve a salir. Sopla hacia el sur el viento y gira al norte; gira y gira y camina el viento. Todos los ríos van al mar, y el mar nunca se llena; al lugar donde los ríos van, allá vuelven a fluir. Todas las cosas cansan. Nadie puede decir que no se cansa el ojo de ver ni el oído de oír. Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará. Nada nuevo hay bajo el sol. Si de algo se dice: “Mira, eso sí que es nuevo”, aun eso ya sucedía en los siglos que nos precedieron. No hay recuerdo de los antiguos, como tampoco de los venideros quedará memoria entre los que después vendrán.

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“CORAZONES ABIERTOS”

«Nada es imposible para mí. Cuando encuentro un corazón abierto, quiero colmarlo y, a través de él, bendecir también a otras personas» (Palabra interior).

¡Cuánto anhela nuestro Padre encontrar corazones abiertos! Quizás ni siquiera podamos imaginarlo, pues sabemos que Dios se basta a sí mismo. Es cierto que Dios posee la plenitud en sí mismo y no necesita nuestro amor para alcanzar aún mayor plenitud. Y, sin embargo…

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La sencillez del discípulo

Lc 9,1-6

En aquel tiempo, Jesús convocó a los Doce y les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, así como para curar dolencias. Después los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar, pero antes les dijo: “No toméis nada para el camino: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno. Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí. Y si algunos no os acogen, salid de aquel pueblo y sacudid el polvo de vuestros pies como testimonio contra ellos.” Partieron, pues, y recorrieron los pueblos anunciando la Buena Nueva y curando por todas partes.

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“¡NO DESPRECIÉIS MI AMOR!”

«¡Convertíos antes de que sea demasiado tarde! ¡No despreciéis mi amor! Éste retiene mi ira» (Palabra interior).

Es cierto que, al meditar sobre el amor de nuestro Padre, podemos descubrir su misericordia en tal medida que nos resulte difícil imaginar que haya personas que no se dejen atrapar por la red de amor que el Hijo de Dios ha extendido sobre la Tierra. Sin embargo, esta certeza no debe llevarnos a una actitud frívola o ligera en nuestra relación con Dios.

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La verdadera unidad entre los hombres

Lc 8,19-21

En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero no podían llegar hasta él a causa de la gente. Le avisaron: “Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte.” Pero él les respondió: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen.”

Con estas palabras, el Señor revela la suprema dimensión del parentesco entre los hombres; es decir, el vínculo entre aquellos que viven como verdaderos hijos de Dios. Esta nueva dimensión supera todos los lazos que proceden de la sangre, pues los hijos de Dios están orientados hacia una misma meta: su Padre Celestial. Con nadie podremos tener una relación tan familiar como con aquellos que buscan seriamente la Voluntad de Dios y tratan de cumplirla día tras día.

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“¡SIN VACILAR!” 

«¡Ven, hijo mío, ven! ¡Ve, hijo mío, ve, pero no vaciles!» (Palabra interior).

Siempre está vigente la invitación a acudir a Dios y buscarle con el corazón. Aunque nuestro Padre ya haya establecido su morada en nuestro interior, desea que nuestra unión con Él se profundice cada día más al cultivar la relación de amor con el Señor.

Por otro lado, aún tenemos por delante el conocimiento pleno del amor y la gloria de Dios, tal y como atestigua el apóstol san Pablo: «Ahora vemos como en un espejo, borrosamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de modo imperfecto, entonces conoceré como soy conocido» (1Cor 13,12).

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“FIJAR LA MIRADA EN DIOS”

«No te fijes tanto en tus debilidades y limitaciones; sino en mí, que te he llamado y te sostengo, pase lo que pase» (Palabra interior).

En nuestro camino de seguimiento, esta frase constituye una orientación significativa. A veces puede suceder que nos desanimemos cuando nos enfrentamos a nuestras debilidades y limitaciones. En efecto, no es fácil soportar nuestra propia incapacidad. En esos momentos, difícilmente podemos sacar fuerzas de nosotros mismos y puede que incluso nos sintamos paralizados.

Pero es entonces cuando debemos fijar la mirada en nuestro Padre Celestial, teniendo presente que es Él quien nos ha llamado y que hará todo lo necesario para conducirnos a salvo por el camino hacia la eternidad. Esta certeza nos sostiene cuando nos sentimos profundamente insatisfechos con nosotros mismos. Al mismo tiempo, nos ayuda a reorientar el enfoque de nuestra vida, ya que tanto la seguridad excesiva en nosotros mismos como la inseguridad terminan atándonos a nuestra propia persona.

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Fiesta de San Mateo, apóstol y evangelista: “La paciencia”  

Ef 4,1-7.11-13

Hermanos: Yo, prisionero por el Señor, os exhorto a que viváis de una manera digna de la llamada que habéis recibido: con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz. Pues uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como es una la esperanza a que habéis sido llamados. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.  A cada uno de nosotros le ha sido concedida la gracia a la medida de los dones de Cristo. Él mismo dispuso que unos fueran apóstoles; otros, profetas; otros, evangelizadores; otros, pastores y maestros, para organizar adecuadamente a los santos en las funciones del ministerio. Y todo orientado a la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la plena madurez de Cristo.

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La humildad: preciosa flor en el jardín de Dios

Meditaremos hoy la lectura del XVII Domingo después de Pentecostés, según el calendario tradicional.

Ef 4,1-6

Hermanos: Yo, prisionero por el Señor, os exhorto a que viváis de una manera digna de la llamada que habéis recibido: con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz. Pues uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.

Desde su prisión, que el Apóstol de los Gentiles sufre por causa de Cristo, exhorta a la Comunidad a vivir conforme a la dignidad de su vocación. Ésta es una exhortación muy profunda, que nos exige examinar una y otra vez nuestra vida ante Dios. Así, evitaremos toda ligereza y frivolidad, en las que podríamos caer si olvidamos esta advertencia.

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“VIVIR COMO HIJOS DEL PADRE”

«Yo seré para vosotros Padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso» (2Cor 6,18).

En el Mensaje a la Madre Eugenia Ravasio, Dios Padre nos recuerda estas palabras del Nuevo Testamento: «Os he revestido con el verdadero espíritu de la nueva Ley». Con ello alude a la nueva alianza que ha sellado con los suyos a través de su Hijo: «Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo» (Jn 1,17).

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