NOTA: Hoy comienzo una serie con los “3 Minutos para Abbá” que se relaciona estrechamente con una obra musical que está realizando Harpa Dei. Su intención es poner a las personas en contacto con las palabras de Nuestro Señor Jesucristo a través de cantos gregorianos que entonan dichas palabras. Con este fin, publicarán pequeños vídeos en su canal, que al final de la serie se recopilarán en un solo vídeo con «sus mismísimas palabras». Me complace mucho apoyar este proyecto con breves meditaciones en el marco de los «3 minutos para Abbá», en las que tematizaré una por una las palabras de Jesús que han escogido. Puesto que el Señor dijo: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9b) y «Yo hablo lo que he visto en mi Padre» (Jn 8, 38), escuchamos a través de sus palabras la voz del Padre mismo. Empecemos hoy con la primera palabra:
Showing all posts by Elija
MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “La castidad”
Espíritu Santo, hoy vengo ante ti con una intención especial y te presento un problema que oscurece la vida de tantas personas. Se ha perdido la sensibilidad por la castidad, y a muchos les parece ser solamente una reliquia del pasado. Si se habla sobre la pureza, frecuentemente uno se choca con una total incomprensión, e incluso en círculos de la Iglesia podremos encontrarnos con personas que nos miran con lástima y nos consideran anticuados porque aún creemos en la castidad… ¡Pero en realidad es un fruto que brota de la vida contigo, oh Espíritu Santo, y es un maravilloso regalo que realza sobremanera la dignidad de la persona!
Oh Espíritu Santo, ¿por qué será que somos tan poco sensibles a la belleza de la castidad? ¿Acaso ya no tenemos ojos para reconocer la dignidad de la pureza? ¿Es que estamos a tal punto “sexualizados” que nos hemos vuelto incapaces de percibir la nobleza de la castidad, la fuerza interior y la integridad de una virgen?
La castidad no es una actitud tensa y escrupulosa frente a la sexualidad; ni tampoco es una temerosa represión de cualquier reacción natural; ni es la ausencia de atracción frente a este campo vital… Antes bien, es la capacidad de manejar con sensibilidad esta esfera.
MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “Pentecostés: el gran suceso”
¡Ahora has descendido, Amado Espíritu Santo! En esta ocasión, llegaste en la tormenta, en una “impetuosa ráfaga de viento” (cf. Hch 2,2); y no en una “suave brisa” como cuando te manifestaste a tu amigo, el Profeta Elías (cf. 1Re 19,11-13). A él te mostraste más escondida y suavemente, así como sueles actuar en las almas de aquellos que te dejan entrar. Pero hoy, en el acontecimiento de Pentecostés, fue distinto… ¡Cuán maravilloso y convincente fue tu actuar! Los apóstoles hablaban y anunciaban en su propia lengua; pero todos los allí presentes los entendían cada cual en su propio idioma.
“Al producirse aquel ruido, la gente se congregó y se llenó de estupor porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Estupefactos y admirados, decían: ‘¿Acaso no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Aquí estamos partos, medos y elamitas; hay habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto y la parte de Libia fronteriza con Cirene; también están los romanos residentes aquí, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes. ¿Cómo es posible que les oigamos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios?’” (Hch 2,6-11)
¡Un verdadero y gran milagro!
“PEDIR EL ESPÍRITU SANTO”
«Si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (Lc 11,13).
Con estas palabras, Jesús quiere hacernos entender cuán natural es que Dios escuche nuestras oraciones cuando le pedimos el Espíritu Santo. Y el Señor utiliza una excelente comparación: incluso nosotros, los hombres, inclinados al mal, no hacemos oídos sordos a las peticiones de nuestros hijos, cuando nos piden algo bueno.
MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “Luz en la oscuridad”
Ven, Espíritu Santo, ilumínanos, pues Tú eres la luz que esclarece nuestra oscuridad. Aparta de nosotros toda ceguera espiritual, para que podamos reconocerte mejor y sepamos percibir la realidad a tu luz. Y es que hay una gran diferencia entre ver la realidad simplemente en su dimensión natural, o saber reconocer tu obra en todo.
¿Sabes, Espíritu Santo? En realidad, entendemos muy poco…
Para nosotros, la vida se compone de distintas impresiones, con las que tratamos de construir una imagen coherente de la realidad. A veces descubrimos algo como un “hilo interior”, y en fe sabemos que éste realmente existe. Pero fácilmente perdemos este hilo a lo largo del día, cuando estamos ocupados en diversos quehaceres y éstos nos absorben demasiado.
¿Cómo podemos entonces, oh Espíritu Santo, permanecer en contacto contigo y percibirte aún mejor en nuestra vida?
“PUEDES HACERLO TODO”
«Si permaneces unido a tu Padre a través de la oración, puedes hacerlo todo» (Palabra interior).
¡Qué maravillosa invitación! Nos recuerda a la exhortación de San Pablo a orar sin desfallecer:
«[Permaneced] siempre en oración y súplica, orando en todo tiempo movidos por el Espíritu» (Ef 6,18).
La Sagrada Escritura nos exhorta una y otra vez a la oración perseverante, y los santos y maestros de la vida espiritual no se cansan de hablar sobre su importancia.
Para nuestro Padre, es un camino maravilloso para realizar su obra junto a nosotros. Pero no siempre se trata de obras extraordinarias, sino que la unión con nuestro Padre puede llegar a ser tan íntima que todo lo que hagamos esté impregnado por su luz.
“DESHAZTE DE TODAS TUS CADENAS”
«Deshazte de todas tus cadenas, que hace tiempo fueron soltadas, y avanza conmigo» (Palabra interior).
¿Cuáles son los obstáculos que nos impiden avanzar en el seguimiento del Señor? A menudo pareciera que aún estamos atados por cadenas invisibles. Puede que sean cosas que hace tiempo entregamos al Señor, pero que siguen afectándonos y queriendo frenarnos. Tal vez solo sean pensamientos confusos y temores los que dificultan nuestro caminar.
MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “La paz”
Amado Espíritu Santo, uno de tus maravillosos frutos es la paz. Es una paz que el mundo no puede dar (cf. Jn 14,27), pero tampoco puede arrebatar. Se trata, entonces, de una paz distinta a la que usualmente conocemos; una paz que permanece.
¡Cuánto habla el mundo de paz, pero no consigue hallarla! Hay guerras por doquier, y la paz que se logra suele ser frágil e inestable. En efecto, ¿de dónde procederá una verdadera paz? Con toda nuestra buena voluntad, no alcanzaremos por nosotros mismos aquella dimensión de paz que promete Jesús:
“La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.” (Jn 14,27)
La paz no es solamente ausencia de guerra, aunque esto sería tan deseable para el mundo. La verdadera paz va más allá: es la coherencia de nuestra vida con la verdad del ser, y de ahí le viene su fuerza creadora.
Al reflexionar sobre esto, oh Espíritu Santo, necesariamente se nos plantean cuestionamientos más profundos… En efecto, ¡la paz ha de empezar por nosotros!
Entonces, ¿de dónde procede la paz?
MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “La amabilidad”
Espíritu Santo, de ti se dice que eres un espíritu amable y amante de los hombres, y uno de los frutos que Tú haces crecer en las almas es precisamente la amabilidad.
La amabilidad es una actitud tan agradable en una persona, con la que fácilmente podrá conquistar al otro, haciéndole sentir amado y respetado. Si es una amabilidad sin falsedad ni hipocresía –y sin duda lo será si crece en el alma como fruto de tu obra–, se convierte en un sol en la vida del hombre. La amabilidad refleja la actitud con la que Dios viene a nuestro encuentro, pues Él no sólo quiere que lo reconozcamos como nuestro Padre, sino que además quiere ser nuestro cercano amigo.
Jesús llama a sus discípulos “amigos”, y los trata como tales (cf. Jn 15,15). Él los ama y los acepta. Pero esto no le impide hacerles ver sus malas actitudes, para unirlos más profundamente al amor de Dios.
Entonces, Amado Espíritu Santo, la amabilidad no consiste en aprobar todo lo que haga la otra persona; sino que es una actitud del corazón que está siempre a favor de ella, de modo que en nuestra presencia se sienta aceptada, que no tenga que protegerse, que pueda hacer a un lado la desconfianza y así podamos tratarnos libremente. ¡La amabilidad crea un fundamento de confianza!
“LA NECESIDAD DE DIOS DE AMARNOS”
«Mi amor de Padre y Creador me hace sentir la necesidad de amar al hombre» (Mensaje de Dios Padre a Sor Eugenia Ravasio).
Si nos preguntamos cuál es el motivo más concreto por el que Dios nos ama tanto, nuestro Padre nos da una maravillosa respuesta en esta frase del Mensaje a la Madre Eugenia Ravasio. Puesto que Dios posee la plenitud en sí mismo y no nos necesita para su satisfacción, su amor brota únicamente de su condición de Padre y Creador. Como Él mismo afirma, amarnos es una necesidad para Él. Así, pues, cuando Dios se inclina hacia nosotros, siempre lo hace con la intención de amarnos, de comunicársenos y de hacernos comprender que somos amados.
