La necesidad de la conversión  

Lc 13,1-9

En una ocasión, llegaron algunos donde Jesús, que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. ¿O pensáis que aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé y los mató eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo”. Les dijo esta parábola: “Un hombre tenía plantada una higuera en su viña; fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué ha de ocupar inútilmente el terreno?’ Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía. Mientras tanto, cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante. Y si no lo da, la cortas’.”

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VIDAS DE SANTOS: “San Juan de Capistrano: una vocación excepcional”  

¡Qué historias tan extraordinarias encontramos en las vidas de los santos! Se trata de personas que se entregan por completo al Señor y que, en muchas ocasiones, se consumen totalmente en su servicio. Fue su ardiente amor por Dios el que impulsó a san Juan de Capistrano a realizar hazañas que superan con creces lo que un ser humano es capaz de lograr. ¡El misterio de Dios se revela!

Juan de Capistrano nació en Nápoles en 1368 y estaba decidido a emprender una distinguida carrera mundana. Sin embargo, debido a las tensiones políticas en las que pretendía actuar como mediador en su calidad de abogado del rey Ladislao de Nápoles, fue capturado y encerrado en una torre fortificada. Por muy cruel que fuera el trato que recibió, Dios se sirvió de estas circunstancias para hacerle comprender que debía servir al Rey del Cielo y abandonar el mundo.

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“CONTEMPLACIÓN DE LA VERDAD”

«El alma disfruta del silencio y la paz no mediante muchas reflexiones, sino simplemente meditando sobre la verdad» (San Pedro de Alcántara).

San Pedro de Alcántara, a quien Dios dotó de grandes dones místicos y que llevó una vida ascética excepcional, nos señala una valiosa fuente de oración. Una y otra vez, los maestros de la vida espiritual nos exhortan a permanecer simplemente en presencia de Dios.

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EL TRIUNFO DE LA VERDAD

«Deja simplemente que la verdad triunfe» (Palabra interior).

En relación con la frase de hoy, escucharemos a continuación algunas breves reflexiones del sacerdote austríaco Michael Gurtner, que pueden animarnos a considerar el infinito valor de la verdad y a comprometernos de todo corazón a defenderla. Con una mirada crítica sobre la situación actual de la Iglesia, que, como sabemos, está llamada a ser guardiana de la verdad, Don Michael escribe:

«El abandono de la verdad en muchos planteamientos teológicos parece haberse producido precisamente porque el concepto de verdad como tal, incluso en el ámbito profano, es rechazado por una gran mayoría por considerarlo absolutista, intolerante, arrogante o, sencillamente, irreconocible».

Sin embargo, tales ideas no tienen nada que ver con la verdad. Lamentablemente, las personas que piensan así aún no se han encontrado con la luz y la fuerza sanadora y purificadora de la verdad.

A continuación, Don Michael señala lo que sería necesario que estuviera en el centro de la predicación de la Iglesia para ofrecer a las personas el «agua cristalina» que brota del Trono del Cordero (cf. Ap 22,1):

«La teología debe volver a poner de manifiesto dónde reside su fuente: en Cristo, el Verbo eterno engendrado por el Padre. Su propia palabra debe someterse a este Verbo eterno del Padre, que la forma y a través de la cual habla. La palabra de la Iglesia debe proceder del Verbo eterno del Padre, que es la única verdad».

Hoy en día se necesita valentía para profesar la verdad de nuestra fe. Sin embargo, no debemos desanimarnos ante la incredulidad ni ante la hostilidad a la que se enfrenta la fe. Antes bien, hemos de recordar las palabras de Jesús de que su Palabra perdurará y actuar en consecuencia. ¡La confianza en nuestro Padre celestial nos guiará! Sabemos que la verdad triunfará, pues el Señor mismo es la verdad y Él desea manifestarse a las personas también a través de nuestro corazón. ¡Hagamos nuestra parte y dejemos que sea la verdad la que triunfe!

 

Obedecer a la verdad

Lc 12,49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “He venido a arrojar fuego sobre la tierra, ¡y cuánto desearía que ya hubiera prendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustiado estoy hasta que se cumpla! ¿Creéis que estoy aquí para poner paz en la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una familia y estarán divididos: tres contra dos y dos contra tres. Estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.”

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“EL PODER DE PERDURAR”

«La verdad tiene el poder de perdurar» (Palabra interior).

«El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35).

¡Qué palabras tan reconfortantes nos dirige aquí el Señor! La verdad permanece inmutable y es el ancla segura a la que podemos aferrarnos en una época en la que ésta no es muy apreciada, una época en la que muchas personas, al igual que Poncio Pilato, se limitan a preguntar: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38).

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El misterio de Dios ha sido revelado

Ef 3,2-12

Habéis oído hablar de la misión de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro: cómo me fue comunicado por una revelación el conocimiento del misterio, tal como brevemente acabo de exponeros. Por la lectura de la carta podréis captar mi conocimiento del misterio de Cristo, un misterio que no fue dado a conocer a los hombres en generaciones pasadas. Ahora, en cambio, ha sido revelado a sus santos apóstoles y profetas por medio del Espíritu: que los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa cumplida en Cristo Jesús. Todo ello ha sido anunciado por medio del Evangelio, del cual he llegado a ser ministro, conforme al don que Dios me ha concedido por la fuerza de su poder. A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida la gracia de anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo, y esclarecer cómo se ha dispensado el misterio escondido desde siglos en Dios, creador del universo, para que la multiforme sabiduría de Dios se manifieste ahora a los principados y a las potestades en los cielos, mediante la Iglesia. De este modo, Dios ha realizado su designio eterno en Cristo Jesús, Señor nuestro, quien, mediante la fe en él, nos da valor para llegarnos confiadamente a Dios. leer más

“LA VERDAD NOS FORMA”

«Con la verdad sucede lo mismo que con la caridad. Cuanto más la expreses y la pongas en práctica, más profundamente penetrará en tu interior y moldeará todo tu ser» (Palabra interior).

Vivir en la verdad y expresarla es un bien supremo que nos hace semejantes al Hijo de Dios, quien puede decir de sí mismo: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6). Mientras que la mentira y la deshonestidad deforman nuestra persona, la verdad tiene el efecto contrario. Ella no tolera la mentira ni el engaño, sino que nos moldea según la imagen con la que Dios nos creó.

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Reflexión sobre los santos

En el marco de las meditaciones diarias, además de reflexionar sobre las lecturas o el Evangelio del día o de abordar diversos temas relacionados con la vida espiritual, he incluido en algunas ocasiones la vida de los santos. Siempre es una gran alegría para mí hablar de ellos. Hoy me gustaría compartir y comentar brevemente algunas reflexiones del filósofo alemán Dietrich von Hildebrand sobre los santos en general.

En su esclarecedor libro El caballo de Troya en la Ciudad de Dios, Hildebrand aborda diversos temas para explicar la crisis de la Iglesia. Dedica un capítulo entero a los santos y merece la pena escuchar atentamente sus palabras, que nos ayudarán a comprender y valorar mejor a los santos, tanto en su persona como en el mensaje que nos han legado. Así escribe Hildebrand:

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