El Espíritu de la verdad

El evangelio de hoy nos invita a meditar una vez más sobre el Espíritu Santo.

Jn 14,15-21

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté siempre con vosotros: el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Pero vosotros lo conocéis, porque mora con vosotros y estará con vosotros y estará en vosotros. No os dejará huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los lleva a la práctica, ése es el que me ama; y el que me ame será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.”

Este Paráclito que el Señor promete enviar es el Espíritu Santo. Es Él quien habita en nosotros, quien nos ilumina y nos fortalece, quien nos conduce hacia la santifidad e impulsa a la Iglesia para que anuncie el Evangelio de forma debida.

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“NI ARROGANCIA NI DESÁNIMO”

«A veces, el dolor es más provechoso para el hombre que la salud, la tensión más útil que el descanso y la reprensión más beneficiosa que la condescendencia. Así, los días buenos no han de llevarnos a la arrogancia ni la adversidad al desánimo y al derrumbe» (San Gregorio Nacianceno).

No siempre nos resulta fácil aprender esta lección, pues nuestra naturaleza prefiere el camino fácil y sin complicaciones para alcanzar la meta, y las adversidades no parecen encajar en él. De hecho, tales dificultades no formaban parte del plan originario de Dios para el hombre, pero la vida fuera del paraíso las ha traído consigo como consecuencia. Las sombras de la muerte nos rodean por todas partes y nuestro Padre no las ha eliminado, sino que, en su sabiduría, ha querido servirse de ellas en nuestro camino hacia la eternidad.

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“SOLO PUEDO DAR LO QUE ME HAS DADO”

«No tengo nada más que dar, sino lo que Tú mismo me has dado» (Santa Catalina de Siena).

Si asimilamos estas palabras en lo más profundo de nuestro ser, despertaremos a la dichosa realidad de nuestra vida y aprenderemos la actitud de amorosa humildad. Todo lo que tenemos nos ha sido dado y confiado por nuestro Padre celestial. Es su viña a la que hemos sido llamados y Él nos provee de todo lo necesario para que seamos buenos obreros. Todo lo inflado, egocéntrico, vanidoso y orgulloso no es más que una máscara que, no pocas veces, representa una caricatura de lo que en realidad somos.

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El verdadero guía de la misión

Tras haber reflexionado en las tres últimas meditaciones sobre la vocación de un verdadero pastor en la Iglesia, especialmente la de san Pedro y sus sucesores como pastores supremos del rebaño de Cristo, conviene meditar sobre el siguiente pasaje de los Hechos de los Apóstoles, en el que se reconoce claramente al Espíritu Santo como guía de la misión de la Iglesia.

Hch 16,1-10

En aquellos días, Pablo llegó a Derbe y Listra, donde había un discípulo que se llamaba Timoteo, hijo de mujer judía creyente y de padre griego, que contaba con el testimonio de los hermanos de Listra e Iconio. Pablo quiso que marchara con él. Se lo trajo y le circuncidó a causa de los judíos de aquellos lugares, porque todos sabían que su padre era griego. Conforme atravesaban las ciudades, les entregaban, para que las observasen, las decisiones dictadas por los apóstoles y los presbíteros de Jerusalén. Las iglesias se robustecían en la fe y aumentaban en número día a día. Atravesaron Frigia y la región de Galacia, porque el Espíritu Santo les había impedido predicar la palabra en Asia. Llegados cerca de Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió. Entonces atravesaron Misia y bajaron hasta Tróade. Esa noche Pablo tuvo una visión: un macedonio estaba de pie y le suplicaba diciendo: ‘Ven a Macedonia y ayúdanos’. En cuanto tuvo la visión, intentamos inmediatamente pasar a Macedonia, convencidos de que Dios nos había llamado para anunciarles el Evangelio.

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El ministerio petrino como signo de unidad

En la meditación de hoy, reflexionaremos sobre un último aspecto de la vocación de san Pedro, tras haber examinado algunos de los requisitos indispensables para ejercer un ministerio tan elevado. A lo largo de la historia de la Iglesia, hemos tenido papas extraordinarios, dignos sucesores de Pedro, pero también otros que apenas reunían las disposiciones interiores para desempeñar su ministerio de forma fructífera. No obstante, los católicos podemos afirmar con alegría que la «roca de Pedro» ha resistido las tormentas a lo largo de los siglos.

Después de que Pedro profesara que Jesús es el Mesías, el Señor le dirigió aquellas palabras que tan bien conocemos:

«Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16,18-19).

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“NADA MÁS DULCE QUE MARÍA”

«Nada de lo que Dios manda es insignificante (…). Por eso os recomiendo encarecidamente la veneración de la Madre de Dios. ¡Nada es más poderoso, nada más dulce, nada más fuerte que ella» (San Estanislao Kostka).

El santo habla por experiencia propia y nos recomienda encarecidamente a todos que aprovechemos el gran tesoro que Dios nos ha regalado: la Hija del Padre, la Madre del Hijo y la Esposa del Espíritu Santo.

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REFLEXIONES SOBRE LA IGLESIA: “Características de un verdadero pastor”

En la meditación de ayer, destacamos que, antes de encomendarle la misión de apacentar sus ovejas, Jesús le preguntó tres veces a Pedro si lo amaba (Jn 21,15-19).

Después, reflexionamos sobre una de las tareas primordiales del ministerio petrino, que consiste en velar sobre la fiel transmisión de la doctrina de Cristo a lo largo de los siglos hasta el día de su Retorno glorioso al Final de los Tiempos. De hecho, la Iglesia ha entendido la llamada de Jesús a Pedro como la institución de un ministerio de pastor universal. En este contexto, subrayamos cuán importante es que la Iglesia se proteja de las falsas doctrinas y las rechace para que su veneno no penetre en el Cuerpo de Cristo.

A continuación, me gustaría destacar algunos aspectos que son indispensables para un verdadero pastor en la Iglesia católica.

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“LA PRIORIDAD EN LA VIDA”

«Antonio [el padre del desierto] solía decir que el deber del hombre es dedicar todo su tiempo al alma más que al cuerpo. Ciertamente, puesto que la necesidad lo exige, algo de tiempo tiene que dedicarse al cuerpo, pero con mayor celo aún debe entregarse todo lo demás al alma y a buscar su bienestar, para que no sea arrastrada por los placeres del cuerpo, sino que, por el contrario, el cuerpo debe ponerse bajo sujeción del alma» (San Atanasio de Alejandría). leer más

Apacienta mis ovejas

En este maravilloso tiempo que se extiende entre la Resurrección del Señor, su Ascensión al Cielo y el descenso del Espíritu Santo, queremos profundizar en el tema de la Iglesia. Sin duda, durante esos cuarenta días el Señor preparó intensamente a sus discípulos para lo que les sobrevendría, les hizo partícipes de sus planes salvíficos –en la medida en que ellos podían comprenderlos en aquel momento– y les trazó el camino a seguir. Una de sus indicaciones esenciales queda patente en el siguiente pasaje del Evangelio:

Jn 21,15-19

Cuando acabaron de comer, le dijo Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Le dijo: “Apacienta mis corderos”. Volvió a preguntarle por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Le dijo: “Pastorea mis ovejas”. Le preguntó por tercera vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez: “¿Me quieres?”, y le respondió: “Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero”. Le dijo Jesús: “Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven te ceñías tú mismo y te ibas adonde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y llevará adonde no quieras” -esto lo dijo indicando con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: “Sígueme”. leer más