SERIE SOBRE LA ORACIÓN: “Padecimientos en la oración” (Parte I)

Debido a la extraordinaria importancia de tener una vida de oración regular, iniciaremos hoy una pequeña serie de meditaciones sobre la oración.

Quien emprenda seriamente una vida de oración –es decir, que no sólo ore ocasionalmente o cuando esté pasando una gran angustia– se dará cuenta de que no siempre es un camino fácil; sino que hay padecimientos que pueden hacer que la oración incluso se nos vuelva fatigosa. Por tanto, tendremos que luchar contra la pereza de nuestra naturaleza humana, atravesar procesos de purificación y, por supuesto, confrontarnos con diversas tentaciones, que quieren desanimarnos. Incluso puede llegar hasta el punto de que nos quieran hacer dudar del sentido de la oración, porque parecería que Dios no la escucha y a nosotros mismos tampoco nos trae ninguna satisfacción. Así, el alma está en peligro de tirar la toalla y abandonar ese “fatigoso” trato con Dios.

En primer lugar, hay que decir que la persona debe habituarse a la oración. Puede haber etapas en las que nos resulta fácil orar y nos complacemos en ese “llegar a casa” que experimentamos; etapas en las que se nos conceden sentimientos religiosos que nos llenan de dicha. Pero, a largo plazo, se requiere disciplina y resistencia para llevar una vida de oración regular. Ciertamente hay excepciones a lo dicho y podrá haber personas a las que en general les resulta fácil orar. Pero, por lo general, suele suceder como acabamos de decir.

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“OTRA DIMENSIÓN EN LA VIDA” 

«Estoy en medio de vosotros. Bienaventurados aquellos que creen en esta verdad y aprovechan este tiempo» (Mensaje de Dios Padre a Sor Eugenia Ravasio).

¡Cuántas cosas cambiarían si pusiéramos en práctica estas palabras del Padre Celestial en nuestra vida! No basta con creer en la presencia de Dios en el mundo de manera general y reconocer que Él tiene todo en sus manos, por muy importante que esto sea.

Pero también hay que aplicar esta certeza a la acción concreta y amorosa de Dios en la vida de cada persona. A través de la fe, se nos abre una perspectiva que, en la eternidad, se convertirá en contemplación. Y esto tiene un gran impacto en todos los ámbitos de la vida.

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Fiesta de San Bartolomé, Apóstol: “El apóstol Bartolomé”  

Jn 1,45-51

Felipe encontró a Natanael y le dijo: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y también los profetas; es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret.” Le respondió Natanael: “¿De Nazaret puede haber cosa buena?” Le dijo Felipe: “Ven y lo verás.” Cuando vio Jesús que se acercaba Natanael, dijo de él: “Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.” Natanael le preguntó: “¿De qué me conoces?” Respondió Jesús: “Te vi cuando estabas debajo de la higuera, antes de que Felipe te llamara.” Le respondió Natanael: “Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel.” Jesús le contestó: “¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.” Y añadió: “En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.”

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“UNA MUESTRA ESPECIAL DEL AMOR DE DIOS” 

«¡Qué maravilloso debe de ser el cielo para que Dios lleve a cabo una purificación tan minuciosa de las almas antes de admitirlas!» (Santa Catalina de Siena).

Estas palabras proceden de Santa Catalina de Siena, que sin duda lo sabe bien, pues vivía profundamente unida al Señor y fue proclamada Doctora de la Iglesia.

Con esta frase alude a la purificación necesaria antes de la muerte, con la mirada puesta en la eternidad. Debemos estar completamente purificados para poder entrar en la gloria del Cielo. Ningún rastro de la suciedad del pecado ni de sus consecuencias puede encontrar cabida en el Reino del Amor Eterno.

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La sabiduría de Dios en todo

Rm 11,33-36

¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de ciencia hay en Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció el pensamiento del Señor?; ¿quién fue su consejero?; ¿quién le dio primero, que tenga derecho a la recompensa? Porque todas las cosas provienen de él, y son por él y para él. ¡A él la gloria por los siglos! Amén.

Esta exclamación brota de lo más profundo del corazón de San Pablo, al reconocer los maravillosos designios de Dios a pesar de la obstinación del Pueblo de Israel, que en su mayoría no reconoció al Mesías. A Pablo se le concedió un profundo conocimiento de Dios, y para evitar que cayera en presunción el Señor permitió que tenga que padecer un cierto sufrimiento, que él mismo describe como una “espina” en su carne (cf. 2Cor 12,7).

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“OTRA CLASE DE MARTIRIO” 

«El martirio no consiste únicamente en morir por la fe. También consiste en servir a Dios con amor y pureza de corazón cada día de nuestra vida» (San Jerónimo).

Estas palabras de san Jerónimo nos exhortan a todos a padecer —o, mejor dicho, a consumar— día a día el martirio del amor. No solo brilla con gran esplendor el martirio de sangre, tan apreciado en la Iglesia desde siempre, sino también la vida oculta en Cristo, que denominamos el camino de la santidad. Irradia su luz incluso cuando nadie se entera, pues nuestro Padre celestial ve cada uno de nuestros esfuerzos, los apoya y los estimula con su gracia.

Es un camino que requiere perseverancia y ánimo constante, sobre todo cuando percibimos los límites de nuestra capacidad de amar. Es provechoso tomar conciencia de nuestra limitación, pero es un error quedarse estancado en la decepción.

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Una lección de humildad

Mt 23,1-12

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos, diciéndoles: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan, pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres: ensanchan las filacterias y alargan las orlas del manto; les gusta ocupar el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame ‘Rabbí’. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar ‘Rabbí’, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie ‘Padre’ vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar ‘Instructores’, porque uno solo es vuestro Instructor: el Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.”

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“LA NOVEDAD DE LA GRACIA”

«Queremos comenzar una nueva vida cada día» (Santa Teresa Benedicta de la Cruz).

¿Qué habrá querido decir santa Edith Stein con estas palabras? Evidentemente, ella comprendió que cada día que atravesamos conscientemente de la mano de nuestro Padre Celestial es un «kairós». En pocas palabras, se trata de la «hora de la gracia» que debemos aprovechar.

En efecto, una y otra vez experimentamos etapas en la vida en las que quisiéramos empezar de nuevo. Quizás nuestra vida se nos ha escapado de las manos, nos hemos arrepentido y nos gustaría empezar de cero. Tal vez hemos tomado por fin la decisión correcta que llevábamos mucho tiempo posponiendo. Quizás hemos superado un obstáculo que nos tenía atados desde hace tiempo.

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La jerarquía de los mandamientos

Mt 22,34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al enterarse de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en grupo. Entonces uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” Él le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.”

Es importante tener presente el orden de los mandamientos, para actuar de acuerdo a esta jerarquía. El primero y más importante de los mandamientos es amar a Dios. Éste es el factor decisivo para que el hombre corresponda al orden fundamental de su existencia.

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“VIVIR PARA LA ALEGRÍA DE DIOS (II)”  

«No aprecia el vigor de los caballos, no estima los músculos del hombre: el Señor aprecia a sus fieles, que confían en su misericordia» (Sal 146,10-11).

No son las capacidades naturales del hombre las que deleitan a nuestro Padre, aunque en el mundo se las suele admirar e incluso idealizar. Estas no son más que herramientas y su verdadero valor depende únicamente del fin para el que se empleen. ¿De qué sirve una gran inteligencia a los ojos del Señor si no se la utiliza para el bien? Una y otra vez, el hombre se ve tentado a derivar su valor de cosas que no son más que añadiduras en su vida y que no constituyen lo esencial. Esta tentación puede incluso presentarse en el ámbito eclesiástico, de modo que se adoptan criterios mundanos en lugar de medir con los criterios divinos que la Sagrada Escritura nos transmite claramente. La frase de hoy es un buen ejemplo.

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