LA AMENAZA ANTICRISTIANA Y CÓMO AFRONTARLA Parte I: Introducción al tema

Observaciones preliminares

Tras haber profundizado recientemente en el tema del autoengaño y en algunos engaños comunes en el mundo y en la Iglesia, conviene iniciar ahora una serie de meditaciones sobre el Anticristo y el espíritu en el que éste actuará. Ya he abordado este tema en varias publicaciones y, en el año 2020, escribí una serie de reflexiones que ahora me servirán de base. Este tema cobra cada vez más relevancia, ya que el espíritu anticristiano está actuando de forma masiva en el mundo y, entretanto, incluso en la Iglesia. Algunos podrían objetar que sería mejor centrarse en los aspectos positivos del Evangelio. Sin embargo, una cosa no excluye la otra. La Sagrada Escritura habla con bastante frecuencia de Satanás y de la influencia de los poderes hostiles a Dios, y exhorta a los fieles a estar preparados para el combate espiritual. Por tanto, no se puede pasar por alto estos temas. Lo importante es no abordarlos de forma sensacionalista y no despertar una fascinación malsana por lo oscuro.

Quienes prefieran escuchar una meditación sobre la lectura o el evangelio del día, encontrarán los respectivos enlaces al final del texto. Quisiera recalcar que algunas de estas meditaciones fueron escritas hace varios años, por lo que quizá a veces hagan referencia a temas que hoy en día ya no sean actuales.

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Todo está insertado en el plan de Dios

Is 10,5-7.13-16

Así dice el Señor: “¡Ay, Asiria, bastón de mi ira, vara que mi furor maneja! Voy a guiarla contra gente impía, contra el pueblo objeto de mi cólera, para que lo saqueen y lo pillen a placer, y lo pateen como el lodo de las calles. Pero él no pensaba así, ni su mente así lo estimaba, sino que su intención era arrasar y exterminar no pocos pueblos.” Porque dijo: “Con el poder de mi mano lo hice, con mi sabiduría, pues soy perspicaz; he borrado las fronteras de los pueblos, sus almacenes he saqueado, he abatido como un héroe a los reyes. Como un nido ha alcanzado mi mano la riqueza de los pueblos, como quien recoge huevos abandonados, me he hecho dueño de toda la tierra; y no hubo quien aleteara ni abriera el pico ni piara.” ¿Acaso se jacta el hacha frente al que corta con ella?, ¿o se tiene por más grande la sierra que el que la blande?; ¡como si la vara moviera al que la levanta!, ¡como si el bastón alzara a quien no está hecho de leño! Por eso enviará el Señor Sebaot flaqueza entre sus bien comidos, y debajo de su esplendor hará estallar un incendio como de fuego.

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San Buenaventura: el Doctor Seráfico

Una de las estrellas que brillan en el firmamento de la Iglesia, como podríamos definir a los santos, es San Buenaventura. En el calendario tradicional, su fiesta se celebra el 14 de julio; en el nuevo rito, un día más tarde.

Buenaventura poseía grandes dotes intelectuales y supo ponerlas enteramente al servicio del Reino de Dios. Nació hacia el año 1221 en Bagnoregio (Italia) y murió el 15 de julio de 1274 en Lyon (Francia). De nuestro santo puede decirse que era un escriba que brillaba como el sol (cf. Mt 13,43). Debido a su ardiente amor al Señor, se lo llamó el “Doctor Seráfico”.

Se cuenta que, cuando Buenaventura era niño, fue curado por Dios gracias a una bendición que le dio San Francisco de Asís. Según esta misma fuente, también su nombre se lo habría dado este santo. Cuando su madre llevó al niño curado donde el moribundo Francisco, éste habría exclamado: “¡Oh, buena ventura!” Así, posteriormente su nombre religioso como franciscano fue: Buenaventura.

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A Dios le corresponde el primer lugar

Mt 10,34–11,1

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su propia familia. El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a vosotros acoge, a mí me acoge, y quien me acoge a mí, acoge a Aquel que me ha enviado. Quien acoja a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta, y quien acoja a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa.” Cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

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San Juan Gualberto: Fundador de la Orden de Vallombrosa

¡Qué flores tan maravillosas crecen en el jardín de Dios! Nunca podremos admirarlas lo suficiente si las entendemos como las vidas de los santos que nos han sido legadas. De hecho, la Iglesia goza de una gran riqueza de santos y cada una de sus vidas, así como de sus muertes, nos relata la historia del amor de Dios hacia aquellos hijos suyos que decidieron seguir sus caminos. Sin embargo, algunos no lo hicieron desde el principio.

Así sucedió con san Juan Gualberto.

Nació en Florencia en el año 985 en el seno de una familia noble. Desde su juventud, estaba destinado al servicio militar. Su padre, un guerrero, educó a aquel muchacho tan vivaz en las bellas artes y cultivó en él la conciencia de la dignidad y el honor de un guerrero. Sin embargo, no se menciona nada acerca de una educación en la religiosidad y la virtud cristiana.

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