La medida de Dios

Mt 7,1-5

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No juzguéis, para no ser juzgados. Porque seréis juzgados con el juicio con que juzguéis, y seréis medidos con la medida con que midáis. ¿Cómo eres capaz de mirar la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: ‘Deja que te saque la brizna del ojo’, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano.”

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“UNA GUERRA SANTA”

«Quiero vencer en ti para superar los poderes del mal en tu carne y salvar así a muchas más almas» (Palabra interior).

La frase de hoy puede entenderse en estrecha relación con las palabras del Apóstol de los Gentiles: «Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).

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Ser valientes para el Señor

Mt 10,26-33

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No les tengáis miedo, pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que yo os digo en voz baja, proclamadlo desde los terrados. No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la Gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. Si alguien se declara a mi favor ante los hombres, también yo me declararé a su favor ante mi Padre que está en los cielos. Pero si alguien me niega ante los hombres, también yo le negaré ante mi Padre que está en los cielos.”

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Conclusión de la Epístola

Fil 4,4-9.11-13

Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada; al contrario: en toda oración y súplica, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de íntegro, de amable y de encomiable; todo lo que sea virtuoso y digno de alabanza, tenedlo en estima. Lo que aprendisteis y recibisteis, lo que oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra; y el Dios de la paz estará con vosotros. 

He aprendido a contentarme con lo que tengo: he aprendido a vivir en la pobreza, he aprendido a vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. Todo lo puedo en Aquel que me conforta.

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Vivir enfocados en la meta

En el pasaje que meditamos ayer, san Pablo enfatizó que no fue la ley la que lo salvó, a pesar de que, siendo un ferviente judío, siempre la había observado estrictamente, sino el don inmerecido de la fe en Jesucristo. En los versículos siguientes vuelve a recalcarlo:

Fil 3,9-21

No mediante mi justicia, la que procede de la Ley, sino mediante la que viene de la fe en Cristo, justicia que procede de Dios, por la fe [busco] conocerle a él y la fuerza de su resurrección, y participar así de sus padecimientos, asemejándome a él en su muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos. No es que ya lo haya conseguido, o que ya sea perfecto, sino que continúo esforzándome por ver si lo alcanzo, puesto que yo mismo he sido alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no pienso haberlo conseguido aún; pero, olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto por Cristo Jesús. Así pues, los que somos perfectos tengamos estos sentimientos.

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“LA FUERZA DE LA VERDAD”

«La verdad tiene el poder de perdurar». (Palabra interior).

Todo pasa, pero la Palabra de Dios permanece. Así nos lo asegura el Señor en el Evangelio (Lc 21, 33). En medio de la agitación y los turbulentos cambios que nos rodean, hay algo que permanece para siempre: ¡nuestro Padre mismo! Por eso nos ha comunicado sus palabras imperecederas. Estamos llamados a vivir conforme a esta verdad inmutable. A partir de ella, debemos aprender a distinguir lo perecedero de lo imperecedero, lo importante de lo menos importante y de lo insignificante.

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El don de la fe

Tras el pasaje de la Epístola a los Filipenses que meditamos ayer, el Apóstol Pablo pasa a hablar con gran afecto de su colaborador Timoteo, a quien considera como un hijo en Cristo y a quien desea enviar a la comunidad de Filipos. Llama la atención la calidez de estos versículos (Fil 2,19-22), en los que se nos revela mucho del corazón del Apóstol. También tiene la intención de enviar a Epafrodito, que estuvo a punto de morir por el Evangelio. Sin embargo, se recuperó para alegría y consuelo de todos (vv. 25-27). En varios pasajes de la Epístola se percibe el anhelo de Pablo de visitar personalmente a la comunidad de Filipos (Fil 1,27; 4,1). «Confío en el Señor, que yo mismo pueda ir pronto» (Fil 2,24).

A continuación, el Apóstol vuelve a abordar algunos puntos para ayudar a la joven comunidad en su camino. En esta ocasión, se trata, en primer lugar, de una advertencia:

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