“CRECER EN SABIDURÍA” 

«El que me escucha vivirá seguro, tranquilo, sin temor a la desgracia» (Prov 1,33).

Nuestro Padre nos lo pone fácil para adquirir sabiduría y vivir en la seguridad que tanto anhelamos. Siempre ha sido así, incluso en los tiempos en que el hombre vivía despreocupado en el Paraíso. Mientras escuchaba a Dios, antes de la caída en el pecado, su vida transcurría en plena unidad con su amantísimo Padre celestial. Pero entonces llegó la desgracia, a causa de la desobediencia y de haber prestado oído a la seductora voz del diablo.

Ahora ya no vivimos en el Paraíso y sufrimos las consecuencias de haberlo perdido. Sin embargo, nuestro Padre no nos ha abandonado a merced de la perdición. En la persona de su Hijo, Él mismo vino a nosotros para liberarnos de las cadenas de la culpa.

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Fiesta de la Natividad de María: “Elegida por Dios”

Mt 1,18-23 

El origen de Jesucristo fue de la siguiente manera. Su madre, María, estaba desposada con José; pero, antes de empezar a estar juntos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, que era justo, pero no quería infamarla, resolvió repudiarla en privado. Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta: “La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa ‘Dios con nosotros’.”

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“TEN PRESENTE QUE DIOS ESTÁ SIEMPRE CONTIGO” 

«No te preocupes tanto por quién está a tu favor o en tu contra; dedica más bien toda tu atención a pensar que Dios está contigo en todo» (Tomás de Kempis).

Una y otra vez, escuchamos que los maestros de la vida espiritual nos exhortan a no estar tan pendientes de las demás personas. Esto se aplica especialmente a lo que puedan pensar de nosotros y a su relación con nosotros. De lo contrario, fácilmente caemos en todo tipo de sospechas y tampoco estaremos a salvo de prestar oído a especulaciones e incluso a rumores. De este modo, encuentran cabida en nuestro interior.

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La curación de un hombre en sábado

Lc 6,6-11

En aquel tiempo, entró Jesús en la sinagoga un sábado y comenzó a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. Los escribas y los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si curaba en sábado, porque querían encontrar algo de qué acusarlo. Pero Jesús, conociendo sus intenciones, dijo al hombre que tenía la mano paralizada: “Levántate y ponte ahí en medio”. El se levantó y se puso allí. Luego les dijo: “Quiero preguntaros: ¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?”. Entonces, dirigiendo la mirada a todos, dijo al hombre: “Extiende tu mano”. Él la extendió y su mano quedó curada. Pero ellos se enfurecieron, y deliberaban entre sí para ver qué podían hacer contra Jesús.

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“ORACIONES LLENAS DE ANHELO” 

«Señor, Dios mío, a ti, sólo a ti debe pertenecer mi corazón. Tú eres mi paz y mi vida, Tú eres mi salvación. Sólo a ti quiero buscarte, cautivado únicamente por ti, para ser tuyo de forma irrevocable» (San Pedro Claver).

Esta es la oración de entrega de un gran santo que, con una fidelidad inquebrantable, se ocupó de las necesidades espirituales y de los inimaginables sufrimientos físicos de los esclavos africanos en Cartagena (escucharemos más sobre su historia en la meditación diaria del 9 de septiembre).

Lleno de profunda piedad, san Pedro Claver pudo desempeñar su heroico servicio hasta el final de su vida fecunda.

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Una vida según el Espíritu

Meditaremos hoy la lectura del XV Domingo después de Pentecostés, según el calendario tradicional.

Gal 5,25-26; 6,1-10

Si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el Espíritu. No seamos ambiciosos de vanagloria, provocándonos unos a otros, envidiándonos recíprocamente. Hermanos, si a alguien se le sorprendiera en alguna falta, vosotros, que sois espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, fijándote en ti mismo, no vaya a ser que tú también seas tentado. Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo. Porque si alguno se imagina que es algo, sin ser nada, se engaña a sí mismo. Que cada uno examine su propia conducta, y entonces podrá gloriarse solamente en sí mismo y no en otro; porque cada uno tendrá que llevar su propia carga. Que el discípulo comparta toda clase de bienes con el que le instruye. No os engañéis: de Dios nadie se burla. Porque lo que uno siembre, eso recogerá: el que siembra en su carne, de la carne cosechará corrupción; y el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará la vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, porque si perseveramos, a su tiempo recogeremos el fruto. Por tanto, mientras disponemos de tiempo hagamos el bien a todos, pero especialmente a los hermanos en la fe.

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No ir más allá de lo escrito

1Cor 4,6b-15

Me he puesto como ejemplo a mí y a Apolo, en orden a vosotros; para que aprendáis de nosotros aquello de «No ir más allá de lo que está escrito» y para que nadie se engría en favor de uno contra otro. Pues ¿quién es el que te distingue? ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido? ¡Ya estáis hartos! ¡Ya sois ricos! ¡Os habéis hecho reyes sin nosotros! ¡Y ojalá reinaseis, para que también nosotros reináramos con vosotros! Porque pienso que a nosotros, los apóstoles, Dios nos ha asignado el último lugar, como condenados a muerte, puestos a modo de espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres. Nosotros, necios por seguir a Cristo; vosotros, sabios en Cristo. Débiles nosotros; mas vosotros, fuertes.

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“UNA MUERTE DULCE” 

«Aprende a vivir de tal manera que la hora de tu muerte te resulte dulce. Mantén tu corazón libre y siempre levantado hacia Dios, pues no posee aquí ciudad permanente» (Tomás de Kempis).

¡Una dulce hora de la muerte! ¡Qué perspectiva tan maravillosa! No puede significar otra cosa que esperar con alegría la muerte, o mejor dicho, el retorno al Padre Celestial.

De hecho, cuando tomamos conciencia de que día a día corremos al encuentro de nuestro Padre, que nos guía y nos acompaña en nuestra peregrinación por la Tierra, nuestro corazón se inflama cada vez más y nuestro anhelo de vivir en comunión con Él en la eternidad se vuelve más fuerte.

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Nuevos caminos sobre sendas seguras

Lc 5,33-39

En aquel tiempo, los fariseos y escribas le dijeron a Jesús: “Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos no se privan de comer y beber.”  Jesús respondió: “¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado; entonces ayunarán, cuando lleguen esos días.” Les dijo también una parábola: “Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo, porque, si lo hace, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo. Nadie echa tampoco vino nuevo en odres viejos; porque, si lo hace, el vino nuevo reventaría los odres, el vino se derramaría y los odres se echarían a perder. Hay que echar el vino nuevo en odres nuevos. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo, porque dirá: El añejo es el bueno.” leer más

“LA INVENCIBILIDAD DE UN ALMA QUE AMA” 

«Ni las circunstancias físicas ni las del espacio pueden limitar la libertad de un alma que ama» (San Bernardo de Claraval).

El arte del verdadero amor consiste en hallar el sentido más elevado de todas las cosas cuando se aprende a verlas desde la perspectiva del Padre Celestial. Incluso el sufrimiento y las circunstancias más difíciles pueden vencerse cuando el alma está unida a Dios. En cierto modo, se vuelve invencible, ya que encuentra el puente que la conecta con Él en todas las circunstancias. Así, tampoco permite que la dinámica negativa de las circunstancias la desanime y siempre preserva su libertad.

A menudo podemos observarlo de manera admirable en los mártires. Ante los tormentos que tenían que soportar o con los que eran amenazados, no perdían el ánimo ni permitían que estos los indujeran a acciones contrarias a la voluntad de Dios. ¡Todo lo contrario! En medio de su angustia, entregaban al Señor el gran regalo de la vida y, por amor a Él, permanecían fieles a su camino. Se manifestaba en ellos el espíritu de fortaleza, que les hacía capaces de buscar y concretar el amor divino en todas las situaciones. Dios mismo les daba la fuerza, preservando así su libertad.

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