El sacrificio del Apóstol

Fil 2,12-18

Por tanto, queridísimos míos, así como siempre habéis obedecido, no sólo en mi presencia, sino también mucho más ahora en mi ausencia, trabajad por vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito. Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones, para que lleguéis a ser irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha en medio de una generación depravada y perversa, en la cual brilláis como luceros en el mundo al poner en alto la palabra de vida, para gloria mía en el día de Cristo, porque no habré corrido en vano ni en vano habré trabajado. Pues, aunque sea derramada mi sangre sobre el sacrificio y ofrenda de vuestra fe, me alegro y me congratulo con todos vosotros; por la misma causa alegraos también vosotros y congratulaos conmigo. leer más

“EL PADRE LUCHA POR NOSOTROS”

«Se necesita un ejército que aspire a la santidad para poder resistir en este combate» (Palabra interior).

Se trata de una palabra interior procedente de santa Juana de Arco. Nos habla de un «ejército santo», que también en esta época es necesario.  Probablemente se refiera al «ejército del Cordero», es decir, a aquellos que siguen al Cordero adondequiera que vaya (Ap 14,4).

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Imitar a Cristo

Fil 2,1-11 

Así pues, por la consolación en Cristo y por el consuelo de la caridad, por la comunión en el Espíritu y por las entrañas de misericordia, colmad mi gozo con vuestro mismo sentir, con vuestra misma caridad y concordia y con vuestros mismos anhelos. No actuéis por rivalidad ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada uno a los demás como superiores, buscando no el propio interés, sino el de los demás. Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Y por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ‘¡Jesucristo es el Señor!’, para gloria de Dios Padre.

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Todo por el Evangelio

Fil 1,21-30

Para mí, el vivir es Cristo, y el morir una ganancia. Pero si vivir en la carne me supone trabajar con fruto, entonces no sé qué escoger. Me siento apremiado por los dos extremos: el deseo que tengo de morir para estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor, o permanecer en la carne, que es más necesario para vosotros. A la vista de esto último, estoy persuadido de que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para vuestro provecho y gozo de la fe; para que conmigo, con ocasión de mi presencia de nuevo entre vosotros, aumente vuestro orgullo de ser de Cristo Jesús. Sólo importa una cosa: que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo, para que, tanto si voy a veros como si estoy ausente, sepa que estáis firmes en un solo Espíritu, luchando unánimes por la fe del Evangelio, y sin dejaros intimidar en nada por los adversarios: lo que para ellos es señal de perdición, para vosotros, en cambio, es señal de salvación. Todo esto viene de Dios. Porque a vosotros os ha sido concedida la gracia por Cristo, no sólo para que creáis en él, sino también para que padezcáis por él, sosteniendo el mismo combate que visteis en mí, y del que ahora os hablo.

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La prioridad del Apóstol

Fil 1,12-18

Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han ocurrido han servido para difundir más el Evangelio, de modo que, ante todo el pretorio y ante todos los demás, ha quedado patente que me encuentro encadenado por Cristo, y así la mayor parte de los hermanos en el Señor, alentados por mis cadenas, se han atrevido con más audacia a predicar sin miedo la palabra de Dios. Algunos, en efecto, predican a Cristo por envidia y rivalidad, otros en cambio con buena voluntad; éstos, ciertamente, por caridad, sabiendo que he sido constituido para defensa del Evangelio; aquéllos, sin embargo, anuncian a Cristo por rivalidad, de modo no sincero, pensando aumentar la aflicción de mis cadenas. Pero ¡qué importa! Con tal de que en cualquier caso -por hipocresía o sinceramente- se anuncie a Cristo, yo con eso me alegro; aún más, me seguiré alegrando.

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CARTA A LOS FILIPENSES: “Introducción”          

Tras la serie sobre Santa Juana de Arco, seguida de dos meditaciones alusivas a las respectivas fiestas litúrgicas de los dos últimos días, me gustaría volver a meditar sistemáticamente otro libro del Nuevo Testamento. En esta ocasión, será la Epístola a los Filipenses. Su autor es san Pablo, nuestro querido apóstol, a quien tanto debemos en lo que respecta a la difusión del Evangelio. Fue un obrero incansable en la viña del Señor y, como él mismo atestigua, trabajó más que los demás apóstoles (1Cor 15,10).

Desde mi conversión, tengo un afecto especial por este gran apóstol. Son muchos los aspectos que me impresionan profundamente de él y por los que le estoy muy agradecido. En primer lugar, destaca su extraordinaria conversión (Hch 9,1-9), pasando de ser perseguidor de Cristo a pregonero de su mensaje de salvación. También me conmueve la radicalidad con la que sometió toda su vida a la obediencia a Cristo. Además, es un gran ejemplo a seguir por la perseverancia que mostró en la predicación del Evangelio y en la edificación de las primeras comunidades cristianas. Sabemos por su propia boca cuántas pesadas cargas tuvo que soportar (2Cor 11,23-27), y nos conmueve la magnitud de su amor al Señor para soportar todas esas tribulaciones sin rendirse.

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