El Señor es capaz de despertar a los suyos y guiarlos hacia la santidad. Esto no siempre significa retirarse a un monasterio o servir a Dios en una ermita. También puede suceder en una corte imperial, donde la pompa y la opulencia suelen ser la norma. Incluso en este contexto, encontramos una y otra vez personas que, a pesar de todo el lujo que les rodeaba y de la seducción que el poder puede ejercer sobre las personas, se convirtieron en modelos brillantes para muchos. Supieron sustraerse a la atracción de una vida cortesana, a menudo vanidosa y vacía, y en su lugar se pusieron humildemente al servicio del Señor.
Una de estas personalidades destacadas fue la santa Pulqueria, emperatriz del Imperio bizantino. El obispo san Cirilo la describió como «la esposa más casta de Cristo, la joya del mundo, el ornamento de la Iglesia», y los padres del Concilio de Calcedonia la denominaron «guardiana de la fe, promotora de la paz, combatiente de los herejes, la nueva Helena».
Pulqueria era hija del emperador Arcadio. A los nueve años quedó huérfana. Pero Dios, que quería servirse de ella como instrumento para sus santos designios, atrajo hacia sí el corazón de la joven y, desde muy tierna edad, le concedió el don de la sabiduría, el amor a la oración y a la soledad, y una valentía viril.
