Conclusión del himno cristológico y exhortación

Después de haber meditado ayer una gran parte del himno cristológico, que exalta la divinidad de Jesucristo e ilumina su persona de forma incomparable, centrémonos ahora en las últimas palabras de este himno, que nos presentan al Señor como Cabeza de la Iglesia:

«Él es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas:
haciendo la paz por la sangre de su cruz
con todos los seres, así del cielo como de la tierra»
(Col 1,18-20).

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“INCLUSO UN ELÍAS ERA DÉBIL”

«Incluso un Elías era débil y estaba necesitado de mi fuerza para llevar adelante su ministerio» (Palabra interior).

¿Quién no recuerda al gran profeta Elías, que condujo a su pueblo de vuelta a Dios mediante magníficos prodigios? ¿No fue él quien se atrevió a enfrentarse directamente al rey Ajab cuando este hacía cosas contrarias a Dios? ¿No fue él quien sufrió el odio de la reina Jezabel, que rendía culto a los baales, y quien lo persiguió encarnizadamente cuando él había mandado matar a sus sacerdotes idólatras, no sin antes haber demostrado que actuaba por encargo del Altísimo?

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“EL AMOR LO GUÍA TODO”   

«Mi amor debe encontrar tal cabida en ti que guíe todos tus pasos y determine todas tus acciones» (Palabra interior).

Este sería el magnífico fruto de una íntima relación con nuestro Padre, en la que ya no le reservamos nada. El amor, que es la presencia del Espíritu Santo, habrá removido los principales obstáculos y empezará a trabajar cada vez más sutilmente para que nuestro amor a Dios y al prójimo se vuelva natural. Esto sucede a través de la inhabitación de Dios en nuestra alma.

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Himno cristológico

Tras elogiar la vida cristiana de los colosenses, san Pablo redacta uno de los pasajes más bellos de sus cartas. Se trata del himno cristológico, que comienza con la alabanza a Dios Padre. La glorificación del Padre, que era el gran anhelo del corazón de su Hijo Jesucristo, resuena en primer lugar en este cántico de alabanza. ¿Cómo podríamos comprender las maravillosas obras de Dios si no consideráramos a Jesús como el Enviado del Padre? La comunidad de Colosas debe ser consciente de la gloria del Hijo de Dios para que su fe cristiana esté firmemente arraigada y pueda rechazar cualquier doctrina que pretenda eclipsar la divinidad de Jesús. leer más

EPÍSTOLA A LOS COLOSENSES (I): “Introducción a la Carta a los Colosenses”  

Puesto que llevo en el corazón el gran deseo de anunciar el Evangelio y, con él, todo el testimonio de la Sagrada Escritura, daré inicio a una serie en la que meditaremos sistemáticamente la Epístola a los Colosenses, redactada por el apóstol san Pablo. Quien prefiera seguir las meditaciones sobre la lectura o el evangelio del día, encontrará al final los enlaces respectivos.

Desde mi punto de vista, en la época actual es particularmente importante una sana exégesis de la Sagrada Escritura, ya que se está difundiendo cada vez más una visión modernista de la Biblia que, a menudo, no ofrece un verdadero alimento para el alma. Sin embargo, la Palabra de Dios es tan rica e importante que no deberíamos cansarnos de escucharla. ¡Conservémosla en nuestro corazón como la Virgen María para que produzca abundante fruto!

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“DAMOS GRACIAS A DIOS PADRE”   

«Demos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia de los santos en la luz» (Col 1,12).

Con estas palabras, San Pablo inicia su alabanza a Dios en el himno cristológico que abre la Epístola a los Colosenses. De este modo, nos recuerda enfáticamente que todas las gracias que recibimos a través del Hijo de Dios proceden de nuestro Padre celestial. Por ello, es «justo y necesario» tenerlo siempre presente y elevar una y otra vez nuestro corazón hacia nuestro Padre con gozo, alabanza y gratitud, del mismo modo que en la Santa Misa las oraciones van dirigidas a Dios, nuestro Padre.

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El último puesto

Lc 14,1.7-11

Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo una parábola: “Cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya invitado a otro más distinguido que tú y, viniendo el que os invitó a él y a ti, te diga: ‘Deja el sitio a éste’, y tengas que ir, avergonzado, a sentarte en el último puesto. Al contrario, cuando te inviten, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te invitó, te diga: ‘Amigo, siéntate en un lugar más digno’. Y esto será un honor para ti delante de todos los que están contigo a la mesa. Porque todo el que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado.”

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“ENTREGARSE COMPLETAMENTE A DIOS”   

«Entrégate por completo a mí, tu Dios y tu Padre que te ama, y entonces todo saldrá bien» (Palabra interior).

Para entender la frase de hoy, basta con tener presente lo que nos dice el Señor en el Evangelio de Lucas sobre el primero de los mandamientos: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10,27). leer más

El sábado es para el hombre

Lc 14,1-6

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Jesús se encontró delante un hombre enfermo de hidropesía y, dirigiéndose a los letrados y fariseos, preguntó: «¿Es lícito curar los sábados, o no?»
Ellos se quedaron callados. Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió.
Y a ellos les dijo: «Si a uno de vosotros se le cae al pozo el burro o el buey, ¿no lo saca en seguida, aunque sea sábado?» Y se quedaron sin respuesta.

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