Santa Juana de Arco: “La mayor victoria de Juana”  

¿Qué había sucedido con la heroica Juana de Arco, que se había mantenido firme en tantas pruebas y nunca había dudado de su misión?

Pensemos, en este contexto, en san Pedro: ¿acaso no le había demostrado una y otra vez su amor a Jesús? ¿No lo había dejado todo para seguirlo (Mt 19,27)? ¿No había asegurado que estaba dispuesto a morir por Él (Mt 26,35)? Pero, ¿qué sucedió? Ya lo sabemos: en el momento del peligro, negó tres veces al Señor y luego lloró amargamente (Lc 22,55-62).

¿Y qué pasó con Juana de Arco tras su retractación?

El obispo Cauchon acudió a su prisión unos días después, acompañado de otros prelados. Le preguntó si, desde el jueves, el día en que se había retractado, había vuelto a oír las voces de sus santas. Juana respondió afirmativamente y exclamó:

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“UNA AUTÉNTICA CONVERSIÓN”

«¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros» (Lc 15,17-19).

Este es un pasaje clásico que describe la conversión de una persona. A veces sucede que, solo a través de la necesidad que Dios permite que nos sobrevenga, nos percatamos de cuán bajo hemos caído. Se dice que la miseria enseña a orar. Así sucedió con el hijo pródigo, que, como sabemos, reclamó a su padre la herencia y luego la despilfarró con ligereza. Las consecuencias eran evidentes, pero primero tuvo que experimentarlas en carne propia para admitirlo.

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 “LA VERDADERA VIDA”

«El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará» (MT 16,25).

 Al igual que habíamos meditado ayer, la frase de hoy nos habla de la verdadera vida. Desde la perspectiva de Dios, la auténtica vida es aquella que se desarrolla en unión con Él y conforme a su voluntad. Solo entonces se revela el sentido más profundo de la existencia, en el que también las obligaciones naturales ocupan el lugar que Dios les ha asignado. En cambio, si no se ha producido un verdadero encuentro con el Señor, la vida se limita a su dimensión natural y no llega a despertar realmente. Por tanto, no logra captar el sentido más profundo de la existencia. leer más

Santa Juana de Arco: “La retractación de Juana”  

Juana había soportado las terribles penurias de los interrogatorios, los degradantes acosos de los guardias ingleses, las duras condiciones de reclusión y los diversos intentos de los jueces por acusarla de hereje. Ni siquiera la amenaza de tortura la había doblegado. Con el apoyo de las santas que la acompañaban, se mantuvo inconmovible y dijo a quienes amenazaban con torturarla: «En verdad, aunque me rompierais los miembros y separaseis el alma del cuerpo, no podría deciros otra cosa. Y si me obligaseis a hablar, siempre diría que me habéis hecho hablar por la fuerza».

A medida que aumentaba la presión, al escuchar los cargos que se le imputaban y al exigírsele una y otra vez que se sometiera al juicio de la Iglesia, ella apeló a Dios como último Juez y pidió que la llevaran ante el Papa.

Juana testificó: «He pedido consejo a mis voces para saber si debo someterme a la Iglesia, pues los clérigos me presionaban con vehemencia. Me han respondido que, si quiero que Nuestro Señor me ayude, debo confiarme a Él en todo».

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“SEGUIR AL SEÑOR CON CONFIANZA”

«Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga» (Mc 8,34).

Seguir a Cristo significa hacer realidad el plan que Dios ha trazado para nuestra vida. Este plan brota del corazón de un Padre amoroso. Quizás, al oír esta exhhortación del Señor, se nos venga a la mente la idea de que es perder la alegría de vivir y la libertad para elegir por nuestra cuenta lo que creemos que nos haría felices. Sin embargo, esta idea se basa en una imagen errónea de Dios.

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Santa Juana de Arco: “El infame juicio”  

Con su traslado a Rouen, las condiciones de reclusión de la Doncella se volvieron más severas. Aunque debería haber sido encarcelada en una prisión eclesiástica y custodiada por mujeres, la pusieron bajo la vigilancia de soldados ingleses. El padre Jean Massieu de Rouen describió sus condiciones de reclusión en estos términos:

«Juana estaba encerrada en el castillo de Rouen, en una habitación situada en el piso intermedio de la torre, a la que se accedía subiendo ocho tramos de escaleras. Allí había una cama donde dormía y un gran bloque de madera al que estaba sujeta una cadena de hierro que servía para encadenarla. Tenía los pies atados. Se la encadenaba con un candado que se encontraba sobre el bloque de madera. La custodiaban cinco ingleses despreciables, que deseaban fervientemente la muerte de Juana y se burlaban de ella sin cesar».

Durante el proceso, Juana se quejó en repetidas ocasiones de esta situación y acusó al obispo Cauchon de ser el responsable. Además, a menudo tenía que defenderse —especialmente por la noche— de abusos por parte de sus guardias.

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RECOMPENSA AL CIENTO POR UNO

« En verdad os digo que vosotros, los que me habéis seguido, recibiréis el ciento por uno y heredaréis la vida eterna» (cf. Mt 19,28-29).

He aquí la gran promesa dirigida a aquellos que están dispuestos a dejarlo todo para seguir al Señor. Lo que para algunos puede ser «olor de muerte» (cf. 2Cor 2,16), es en realidad una invitación a vivir más plenamente en la presencia de Dios. Quienes han sido llamados y han respondido a su vocación entregándose sin reservas a Dios se convierten en los hijos de su amor, tal y como nuestro Padre celestial nos hace entender en el Mensaje a sor Eugenia Ravasio. Esto no significa que las personas que, a nivel externo, no dan este paso de «abandonar el mundo», no sean sus hijos amados. Sin embargo, un resplandor especial brilla sobre los apóstoles de Jesús, a quienes se dirige en primer lugar esta palabra, así como sobre todos aquellos que han seguido su llamado a lo largo de los siglos. leer más

Santa Juana de Arco: “Un plan diabólico: Juana es trasladada a Rouen”  

Con la captura de Juana, pronto quedó claro lo que los ingleses pretendían con ella. Juana no era simplemente una importante prisionera de guerra, sino su enemiga más temible, ya que con su intervención había llegado a su fin la supremacía inglesa en la guerra contra Francia. Sabían muy bien cuál era la causa de sus derrotas. La interpretación que hicieron fue que Juana era una bruja y que, por la influencia del diablo, había logrado provocar este giro en su contra.

Con la derrota de Juana en París —como se interpretó en todas partes—, sus adversarios creyeron que había perdido su aura de invencibilidad. Su captura en Compiègne no hizo más que confirmarlo. A cambio de una elevada suma de dinero, los borgoñones la entregaron al rey inglés. Así se cumplió lo que Juana había temido: ahora estaba en manos de sus enemigos.

De inmediato quedó claro cuál era la intención de los ingleses. No les bastaba con tratarla como prisionera de guerra, sino que querían que un tribunal eclesiástico la condenara como bruja. Con ello, pretendían poner en duda la autoridad del rey francés. Si la Iglesia la condenaba como bruja y hereje, todas sus hazañas, incluida la coronación del rey y las victorias de los franceses, se habrían llevado a cabo con la ayuda del diablo. Así que se pusieron manos a la obra para hacer realidad este maligno plan. Sin embargo, necesitaban para ello la colaboración de la Iglesia, ya que solo un tribunal eclesiástico podía condenar a Juana como bruja y hereje.

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 “NO APEDREAR A LA PECADORA”

«Mujer, ¿ninguno te ha condenado? —Ninguno, Señor. —Tampoco yo te condeno. Vete y a partir de ahora no peques más» (Jn 8,10-11).

 Jesús no condena a la mujer sorprendida en adulterio, pero sí la exhorta claramente a no volver a pecar. Esa es la forma en que Dios trata a la humanidad pecadora: quiere redimirla sin por ello minimizar la gravedad del pecado. En efecto, es el pecado el que separa al hombre de Dios, de modo que Él ya no puede colmarlo con su amor. Sin embargo, es este mismo amor el que le mueve a salir en busca del hombre y a no dejarlo a merced de su perdición. leer más

Santa Juana de Arco: “La captura de Juana”

Tras la coronación de Carlos VII en Reims, comenzaron las negociaciones entre el rey y los borgoñones. Como escuchamos en la meditación de ayer, Juana había escrito el mismo día de la coronación una carta al duque de Borgoña, Felipe el Bueno, suplicándole en nombre de Dios: «Que el rey de Francia y vos selléis una paz buena y estable que perdure por mucho tiempo. Perdonaos mutuamente de todo corazón, como cristianos».

En realidad, Juana anhelaba la paz, aunque al mismo tiempo advirtiera al duque de que no pretendiera luchar contra el rey. Su deseo era lograr una reconciliación cristiana entre los gobernantes y, con ello, la unión entre los franceses, después de que los borgoñones se habían aliado con los ingleses tras la devastadora derrota en la batalla de Azincourt (1415). Fue así como surgió la alianza anglo-borgoñona.

En la carta dirigida al duque de Borgoña, se puso de manifiesto una vez más la autoridad que Dios había otorgado a Juana. Ella quería sellar una paz buena y sólida, cimentada en la fe común. Al mismo tiempo, era consciente de la potencia del ejército francés, que, gracias a su intervención, había alcanzado la superioridad en la guerra. Esa habría sido la postura necesaria en las negociaciones para que estas no frenaran la obra que Dios había iniciado a través de la Doncella de Orléans. La victoria contra los ingleses y la posterior coronación de Carlos VII eran señales que todos podrían haber leído para sacar las conclusiones correctas.

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