EL AMOR DE DIOS ABARCA A TODOS LOS HOMBRES

 «Así como el sol brilla sobre todos los árboles y las flores, como si cada uno fuera el único en la Tierra, así Dios cuida de cada alma de una manera especial» (Santa Teresita del Niño Jesús).

Con la comparación de Santa Teresita, podemos entenderlo muy bien. El amor de nuestro Padre se extiende a todos los hombres y quiere guiar a cada uno de ellos hacia su Reino. Nadie está excluido de ese amor, ni el justo ni el pecador. La diferencia estriba en si lo acogemos y empezamos a vivir en él o si le cerramos nuestro corazón.

Y así es en realidad: Dios ama a cada persona de forma singular y cuida de ella como si fuera la única en el mundo. Eso es posible para Él porque Él mismo es amor. Nuestro Padre no tiene límites en sí mismo y, por eso, su amor nunca se agota. A quien está alejado de Él, lo llama para que vuelva y así colmarlo de bendiciones. A quien ya vive en comunión con Él, le enseña a crecer en su amor.

«Vuestro Padre que está en los cielos hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores» (Mt 5,45).

 Dios colma de beneficios a todos los hombres. Precisamente en ello se manifiesta su amor que todo lo abarca. Todos estamos llamados a vivir en él y a cumplir así la tarea encomendada a cada persona en su peregrinación hacia la eternidad. Los más pobres de la Tierra son aquellos que no conocen a nuestro Padre ni su amor, a pesar de que este los envuelve constantemente. Por eso, el Hijo de Dios viene al mundo y nos dice:

«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).

 ¡El sol de lo alto nos ha visitado para iluminar a toda la humanidad (cf. Lc 1,78-79)!

 

 

 

Parte XIII: Reflexiones conclusivas

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A lo largo de las últimas semanas, he tratado dos temas muy serios en las meditaciones diarias. En la primera serie, hablé sobre el autoengaño y otros engaños que se han dado recientemente en el mundo y en la Iglesia. En la segunda serie, que en cierto sentido podría considerarse una prolongación de la primera, hemos hablado sobre el advenimiento de un Anticristo concreto, cuyo espíritu, desde mi punto de vista, ya está actuando intensamente para preparar su toma de poder.

Está claro que el espíritu del Anticristo no es otro que Lucifer, que quiere engañar a la humanidad para lograr su objetivo: usurpar el lugar de Dios entre los hombres y llevar así a su culmen su ciega rebelión contra Él.

El ángel caído sabe muy bien cuánto ama Dios a los hombres y qué glorioso futuro les ha preparado. Por eso, quiere arrastrarlos a su lado, engañarlos y privarlos de la salvación eterna. En él no queda ni un rastro de amor. Todo su ser se ha pervertido. En lugar de ser un portador de luz para los hombres y anunciarles la gloria de Dios, según la misión que le había sido encomendada, ahora, en su delirio, quiere establecer su propio reino en la Tierra. Para ello, se valdrá del Anticristo, pues necesita una persona visible que esté totalmente bajo su control. El dominio del Anticristo será una perversión del Reinado de Cristo. Él vino al mundo para cumplir la voluntad del Padre y establecer el Reino de su amor. El otro vendrá por encargo de Satanás y estará al servicio de aquel que quiere instaurar un reino de arbitrariedad y engaño.

¿Quién lo reconocerá? Muchas personas no se darán cuenta. Si el Anticristo se presenta hábilmente como un portador de paz y un benefactor de la humanidad, si les promete libertad y logra fascinarlos, la mayoría aceptará su dominio casi a ciegas y como si fuera lo más natural.

Por lo general, solo aquellos que tienen el espíritu de discernimiento y están firmemente arraigados en Dios podrán reconocer los engaños y las maquinaciones del Anticristo. Al igual que el apóstol san Juan advirtió en su tiempo del Anticristo y de muchos anticristos (1Jn 2,18), también deberían hacerlo hoy, en primer lugar, los pastores de la Iglesia. La Sagrada Escritura y la auténtica doctrina de la Iglesia constituyen una base sólida para identificar, con discernimiento, el espíritu anticristiano y advertir a los fieles sobre él. Pero aquí es donde nos encontramos con un gran problema: por lo general, tales advertencias ya casi no se oyen.

En el ámbito político, apenas encontraremos a alguien que, arraigado profundamente en la fe, se oponga con determinación a las corrientes anticristianas. Muchos se han dejado llevar por estas corrientes y basan su política en ellas. Podemos afirmar con el apóstol san Juan: «Sabemos que somos de Dios, mientras que el mundo entero yace en poder del Maligno» (1Jn 5,19).

Pero, ¿dónde queda la voz profética de la Iglesia para advertir al pueblo de Dios a través de sus pastores? Desde el pontificado de Francisco, las voces que advierten al rebaño se han reducido considerablemente y, a menudo, han guardado silencio. La creciente mundanización de la Iglesia y su debilitamiento interior debido a las falsas doctrinas no solo han acallado las tan necesarias advertencias de los pastores, sino que, por desgracia, tenemos que constatar que, en muchos niveles, la jerarquía eclesiástica coopera con el espíritu anticristiano.

En este contexto, recordemos las palabras de Don Gobbi sobre la infiltración de la masonería eclesiástica en la jerarquía. Aunque eso no necesariamente significa que los líderes de la Iglesia sean miembros registrados de esta asociación, lo cierto es que, con sus tendencias modernistas, han adoptado la mentalidad y los objetivos de la masonería y de otras corrientes similares inspiradas por el mismo espíritu hostil a Dios.

¿Qué podemos esperar entonces?

León XIV lleva adelante el rumbo nefasto de Francisco y lo consolida como si fuera algo natural para la Iglesia. Sin embargo, se trata de un camino erróneo que allana el terreno para el advenimiento del Anticristo. Algunos fieles se dan cuenta de que la Iglesia se está desviando, pero eluden el hecho evidente de quién es, en última instancia, el responsable de tales desviaciones. Pero no se puede simplemente cerrar los ojos, pues si no, corremos el riesgo de pasar por alto el «elefante en la habitación», como se dice en una expresión rusa para referirse a algo evidente que nadie quiere mencionar. Esto, a su vez, lleva a no sacar las conclusiones debidas.

He tratado estos temas en las dos últimas series con el fin de brindar a los fieles criterios de discernimiento y hacerles ver el peligro que ya está ahí y que puede intensificarse aún más para quienes quieran permanecer firmes en el Señor. Puesto que, en mi opinión, el advenimiento del Anticristo podría estar muy cerca, intentaré ayudar a los fieles mientras el Señor me lo permita[1].

En cualquier caso, ¡debemos permanecer fieles al Señor y a su Iglesia! Cuando el «hombre inicuo» se manifieste en la Tierra, habrá que ofrecerle resistencia con armas espirituales.

Concluidos estos temas serios, pero necesarios, empezaremos mañana la Novena a Dios Padre, quien ciertamente nos guiará de su mano a través de las tribulaciones de estos tiempos si nos dejamos conducir por Él.

[1] He publicado varias conferencias y artículos sobre este tema. Quienes estén interesados en profundizarlo, pueden consultar los siguientes enlaces:

https://www.youtube.com/watch?v=xzGrEYm-kfA

https://es.elijamission.net/blog-post/por-que-tematizo-el-anticristo-en-mi-blog/

 

Parte XII: La armadura espiritual

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Tras las once meditaciones previas de esta serie, ciertamente nos ha quedado claro que el Anticristo que ha de manifestarse en los Últimos Tiempos, antes de la Segunda Venida de Cristo, será una persona profundamente influenciada por Satanás. Pervirtiendo la unión hipostática del Hijo de Dios, que tomó naturaleza humana sin perder la divina, el Anticristo incurrirá en una especie de «unión pseudomística» con Lucifer. Soloviov hace alusión a ello en el “Breve relato sobre el Anticristo”, que resumí en la tercera parte de esta serie (https://es.elijamission.net/parte-iii-el-anticristo-conforme-al-relato-de-soloviov/).

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Parte XI: Otras formas de resistencia espiritual

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Quien tenga ojos para ver, sin duda podrá constatar hasta qué punto un «espíritu distinto» está ejerciendo influencia en la jerarquía eclesiástica y, en consecuencia, también en los fieles que confían en su guía. Por muy bueno que sea que las ovejas sigan a sus pastores, la obediencia experimenta un abuso cuando estos ya no guían al rebaño por el camino que Dios les ha trazado. Por desgracia, esto es precisamente lo que está sucediendo en puntos cruciales.

Una primera forma de ofrecer resistencia espiritual —que en ningún caso va dirigida personalmente contra los pastores descarriados, sino contra las falsas doctrinas y los espíritus malignos que están detrás— consiste en aferrarse firmemente a la doctrina tradicional de la Iglesia. Esto significa no aceptar ni dejarse influir por las novedades modernistas. Para ello, es necesaria la vigilancia, ya que el espíritu del relativismo no comenzó a difundirse en la Iglesia desde el pontificado de Francisco, sino que lleva décadas actuando y se ha intensificado tras el Concilio Vaticano II, alcanzando un nivel insoportable después del pontificado de Benedicto XVI.

En la meditación de ayer, recalcamos que la enseñanza moral católica no ha cambiado ni cambiará jamás en el corazón de la Iglesia. Solo hay intentos de adaptarla a una mentalidad modernista, con el fin de armonizarla mejor con la realidad política actual, lo cual supone un gran perjuicio para la Iglesia y el mundo. Tal pretensión lleva a la ruina de la Iglesia, porque la debilita desde dentro y la sal se vuelve sosa. Y lleva a la ruina del mundo, porque éste se ve privado de la voz que lo corrige y ya no tiene que enfrentarse al llamado a la conversión por parte de la Iglesia, ya que, entretanto, ella a menudo habla y actúa según la manera del mundo.

Echemos un vistazo a otras cuestiones fundamentales para la resistencia espiritual:

¡La misión de la Iglesia no ha cambiado! El mandato de anunciar el evangelio a todos los hombres sigue vigente (cf. Mt 28,19-20), porque nadie podrá salvarse sin Nuestro Señor Jesucristo. «Nadie va al Padre si no es por mí» (Jn 14,6). Todo diálogo y ecumenismo será auténtico solo en la medida en que obedezca a este mandato misionero del Señor. La meta de la misión no puede ser que el musulmán sea un mejor musulmán y el hindú, un mejor hindú, sino que todos han de encontrarse con el Dios que envió a su propio Hijo al mundo para salvarlos (cf. Jn 3,16). ¡Esto no podrá cambiarlo nadie, ni el Papa, ni un obispo, ni criatura alguna!

Quien se mantenga firme en esto ofrecerá una resistencia activa contra los poderes de la confusión que quieren distorsionar el mandato misionero de Jesús a la Iglesia, para integrarla en una asociación religiosa general y privarla así de su carácter necesario para la salvación.

En Efesios 6, san Pablo nos describe la armadura de Dios (cf. Ef 6,11-18). Una de las «armas de ataque» es el anuncio del Evangelio, ya que así se le arrebata al Maligno su poder sobre las almas y se proclama la victoria del Señor.

¡El camino de la santidad no ha cambiado! En primer lugar, se trata de acoger el amor de Dios y corresponder a él, de entrar en una relación íntima con el Señor y cultivarla. Para ello, Dios nos ha dado su palabra, la oración, los sacramentos y muchos otros medios.

El amor de Dios está en primer lugar, y de él brota el auténtico amor al prójimo. Es esencial que tengamos en cuenta esta jerarquía. De hecho, el amor de Dios es también el contenido más importante de la evangelización, pues se trata de la salvación de las almas, que aguardan la Redención y han de encontrarse con el amor de nuestro Padre. ¡Todos los demás temas han de subordinarse! No es la mejora del mundo lo que debe ocupar el primer lugar en el anuncio de la Iglesia, sino el amor de Dios manifestado en Nuestro Señor Jesucristo.

«Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos» –dice el Señor (Jn 17,26).

Quien, viviendo en estado de gracia, preserve cuidadosamente la sana doctrina y la enseñanza moral de la Iglesia, sirva al mandato misionero tal y como Jesús se lo encomendó a los apóstoles y aspire a la santidad, ya está equipado con una armadura estable para resistir a las fuerzas anticristianas y no dejarse enceguecer.

A esto se suman ciertas oraciones que no deberían descuidarse y que serán de gran ayuda: Entre ellas, la Liturgia de las Horas y la participación en la Santa Misa en la medida de lo posible, la confesión regular, el rezo diario del Santo Rosario, la oración a san Miguel Arcángel, la práctica de la oración del corazón, la lectura de la Sagrada Escritura y de otra literatura espiritual provechosa, la escucha de prédicas, conferencias y retiros, la práctica de las obras de misericordia espirituales y corporales, etc.

Por tanto, tenemos a nuestra disposición suficientes medios para cultivar la fe y consolidarnos en Cristo. Esta es la parte que nosotros podemos hacer para cooperar con la gracia y la protección que Dios nos concede.

En las dos últimas meditaciones de esta serie, hablaremos un poco más sobre el combate espiritual que todos debemos librar y compartiremos algunas reflexiones conclusivas sobre el tema de la influencia anticristiana.

 

 

Parte IX: Influencia anticristiana en la Iglesia

Al abordar la pregunta de si la Iglesia —o más bien su actual cúpula directiva— ya está bajo la influencia del Anticristo, el primer indicio que señalé fue la veneración pública de la Pachamama en los Jardines Vaticanos y en la Basílica de San Pedro, un suceso profundamente preocupante. Mencioné este ejemplo en la meditación de ayer porque es el más ilustrativo y contrasta radicalmente con lo que Dios encomendó a su pueblo en la Antigua Alianza y con la misión confiada a la Iglesia. ¿Cuántos mártires derramaron su sangre por negarse a sacrificar a los ídolos? Un acto de idolatría en el Vaticano es tan absurdo que uno no puede evitar preguntarse qué clase de ceguera se ha extendido para que algo así pueda suceder.

Entonces, ¿qué ha pasado? ¿Habría sido posible una transgresión semejante en la Iglesia hace cien años? ¡No! ¿Acaso hoy en día sabemos más que el propio Señor, que los apóstoles, los papas y los misioneros de todos los siglos, como para decir que esos actos son gestos de amabilidad hacia los indígenas y que pueden justificarse en el sentido de la inculturación del Evangelio?

¡No, no somos más sabios que Dios, que prohibió la idolatría en el Antiguo Testamento, ni más sabios que la Iglesia, que mantuvo el verdadero culto a Dios a lo largo de los siglos! Si un acto así no nos conmueve hasta las entrañas y nos impulsa a la reparación, es que hemos perdido el sentido de la fe y, con él, el espíritu de discernimiento. Por desgracia, no se ha escuchado nada semejante desde Roma.

¿Qué espíritu se esconde detrás de tales actos? ¡Sin duda, no es el Espíritu del Señor!

Por desgracia, no se trata de un caso aislado que habría podido repararse con esfuerzo y sacrificio, entre lágrimas y lamentos. Lamentablemente, no es así. Más bien, se alinea con muchas otras desviaciones que se han multiplicado desde el pontificado de Francisco. Al observarlo con detenimiento, no se puede evitar constatar que son los malos frutos de un «espíritu distinto» (cf. 2Cor 11,4).

El marco de las meditaciones diarias no es apropiado para exponer con todo detalle las anomalías de los pontificados posteriores al del papa Benedicto XVI. Sin embargo, en esta serie sobre el Anticristo, resulta ineludible mencionar al menos algunas de ellas para constatar hasta qué punto se está manifestando ya el espíritu anticristiano. Quienes quieran profundizar en el tema pueden leer mis publicaciones previas (https://es.elijamission.net/blog/, particularmente la serie sobre las “5 Heridas de la Iglesia: https://es.elijamission.net/wp-content/uploads/2025/03/LAS-CINCO-HERIDAS-DE-LA-IGLESIA.pdf) o consultar otras fuentes que abordan la crisis de la Iglesia de forma crítica.

Amoris Laetitia

El punto crucial que reveló el rumbo que tomaría el pontificado de Francisco fue la exhortación postsinodal Amoris Laetitia, en la famosa nota al pie de página n.º 351 del octavo capítulo. Cuatro cardenales intentaron dialogar con el papa para hacerle ver ciertas formulaciones de dicha exhortación que parecían contradecir el camino precedente de la Iglesia y pedirle una aclaración al respecto. Lamentablemente, no se les prestó oído y siguieron adelante las fatales consecuencias de este documento.

Actualmente, se está difundiendo la «apertura pastoral» de dar la comunión a personas que viven en una segunda unión íntima sin que se haya constatado la invalidez de su matrimonio y sin que se les exhorte a vivir en abstinencia. Así, surge una praxis en la recepción de la comunión que, bajo el manto de «misericordia», ofende la verdad objetiva de los Mandamientos de Dios y ataca, por tanto, el derecho de Dios. Aunque a nivel teórico no se haya modificado nada, sí ha cambiado en la práctica. De esta manera, se le ha abierto la puerta al error y se han multiplicado los sacrilegios que hieren a la Iglesia.

Con esto, las sirenas de alarma deberían haber sonado ya para los fieles, porque estas nuevas reglamentaciones, que algunas conferencias episcopales y obispos han adaptado, contradicen claramente el camino precedente de la Iglesia y no son, en modo alguno, una iluminación especial del Espíritu Santo ni un desarrollo de la encíclica Familiaris Consortio del papa Juan Pablo II, como se pretende transmitir.

 

La Declaración de Abu Dabi

Con la afirmación errónea de que Dios quiso la diversidad de las religiones, del mismo modo que quiso la diversidad de razas y la diferencia entre hombre y mujer, se están colocando al mismo nivel las otras religiones, que contienen notables errores, y la fe católica. Así, se invierte el mandato misionero del Señor para alcanzar una paz ilusoria. No obstante, la verdadera paz solo podrá existir sobre el fundamento de la verdad.

Con la Declaración de Abu Dabi ha sido restringido el auténtico anuncio del Evangelio, ya que, si se acepta lo que se afirma en dicha declaración, ya no habría razón para anunciar a Jesús como el único Redentor. Aquí nos encontramos ante un evidente engaño que hiere nuevamente el derecho de Dios, quien envió a su único Hijo para la Redención de los hombres (cf. Jn 3,16).

¿Quién estará detrás de todo esto? ¿Puede acaso Dios querer el Islam, que niega la muerte en Cruz de Jesús, del mismo modo que quiere la fe en su Hijo? ¿Hasta qué punto se ha oscurecido el entendimiento creyente y el sensus fidei (el sentido de la fe)?

En este contexto, hay que mencionar otra grave desviación: el 13 de septiembre de 2024, en un encuentro interreligioso con jóvenes en Singapur, el papa Francisco pronunció unas palabras que, hasta entonces, eran impensables para el máximo representante de la Iglesia: todas las religiones serían caminos que conducen hacia Dios y solo constituirían diferentes lenguajes.

¿No es esto suficiente para despertar y preguntarse qué espíritu ha tomado las riendas? ¿Quién mueve los hilos para que se realice un acto público de idolatría en el Vaticano? ¿Quién tiene interés en violar el sacramento del matrimonio y, por ende, la santa comunión y la confesión? ¿Quién está detrás cuando se relativiza el mandato misionero del Señor de llevar el Evangelio a todos los pueblos (cf. Mt 28,19-20)?

¿Puede ser esto obra del Espíritu Santo?_____________________________________________________

 Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/la-importancia-de-la-palabra-de-dios/

 

 

 

NEGARSE A SÍ MISMO

«Te aseguro que la victoria consiste en vencerte a ti mismo. Ese es el mayor enemigo» (San Pablo de la Cruz).

 Hoy volvemos a escuchar una frase de san Pablo de la Cruz. ¡Cuán valiosas son las frases de los santos! A menudo brotan de una comunión muy íntima con Dios. A veces son palabras que el mismo Señor les ha inspirado y, otras veces, son el fruto de un largo camino espiritual. En cualquier caso, son joyas que deberíamos atesorar.

La frase de hoy nos revela quién es nuestro mayor enemigo. No son ni el diablo ni el mundo con todas sus seducciones y tentaciones. No, somos nosotros mismos, con nuestras malas inclinaciones y esos hábitos de los que no queremos desprendernos tan rápidamente. En otras palabras, el amor propio es nuestro mayor enemigo. Es tenaz y está profundamente arraigado. A menudo se esconde y no lo identificamos lo suficiente. Tendremos que luchar contra el amor propio hasta el final de nuestros días. Es, por así decirlo, nuestro compañero inseparable, nuestro «amante secreto» que se acaba imponiendo una y otra vez. Por desgracia, esto sigue siendo así incluso cuando ya hemos emprendido el camino del seguimiento del Señor y sabemos que debemos poner en práctica la exhortación de Jesús a negarnos a nosotros mismos (cf. Mt 16,24).

Se trata de una lucha realmente tenaz que hay que librar día tras día, no con actitud tensa y apretando los dientes, sino con perseverancia, siendo conscientes de que, por lo general, será un largo camino. Para ello, hace falta un sincero conocimiento de uno mismo. Debemos estar dispuestos a descubrir cómo nuestra naturaleza nos tiende trampas y a percibir cómo el amor propio siempre intenta eludir los pasos necesarios para el crecimiento espiritual. ¡Cuántas excusas y justificaciones tiene siempre a la mano! ¡Y algunas suenan sumamente razonables!

Entonces, ¿qué hemos de hacer? Debemos pedirle al Espíritu Santo su luz para conocernos a nosotros mismos y esforzarnos de verdad por superar el amor propio, pues éste obstaculiza el amor a Dios y al prójimo.

¡Esta lucha agradará a nuestro Padre y, con su gracia, saldremos victoriosos!