«Mas tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida» (Sab 11,26).
Si tenemos en cuenta todas las atrocidades que los seres humanos cometemos en la Tierra, ¡cuántas veces nuestro Padre podría haberla aniquilado!
Tanto en el pasado como en el presente…
¿No debería haber agotado hace tiempo su paciencia con nosotros al ver que, incluso después de la venida de su Hijo al mundo y de la entrega de su propia vida por la salvación de la humanidad, siguen ocurriendo tantas maldades? A veces, puede resultarnos incomprensible que Dios no haya destruido el mundo aún. Solo podemos entenderlo más profundamente cuando conocemos a nuestro Padre celestial tal y como es y, por tanto, cuando nos encontramos con su infinito amor.
El Libro de la Sabiduría afirma en un versículo previo al que escuchamos al inicio: «Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues si odiaras algo, no lo habrías hecho» (Sab 11, 24). Y en otro nos muestra de forma especial la bondad del Padre: «Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, y disimulas los pecados de los hombres para que se arrepientan» (v. 23).
Aquí nos encontramos con el amor divino, con nuestro Padre celestial, que no desea otra cosa que ver a sus criaturas, a las que ha elevado a la condición de hijos suyos, viviendo según sus preceptos, para que, como hijos de su amor, reflejen su gloria.
Dios hace todo lo posible por conducir a cada persona a su verdadera felicidad. ¡Su amor es inagotable! Al enviar a su Hijo al mundo, el Padre nos muestra hasta qué punto está dispuesto a sufrir por los hombres y a perdonarles todas sus transgresiones si tan solo aceptan su ofrecimiento de amor. Nuestro Padre es la fuente misma de la indulgencia, la compasión y la paciencia.
Este es nuestro consuelo, porque así es nuestro Padre.
