“Algunos aspectos sobre la pobreza voluntaria”

Hoy quiero concluir esta pequeña serie en la que hemos abordado algunos aspectos sobre los tres consejos evangélicos y su aplicación por parte de los discípulos del Señor que viven en el mundo. En lo que respecta al tercero de ellos, no es tan sencillo aplicarlo en el mundo, ya que la pobreza voluntaria por causa del Señor puede adoptar rasgos muy radicales, como vemos tanto en el Nuevo Testamento como en muchos ejemplos a lo largo de la historia de la Iglesia.

Basta con pensar en la comunidad de bienes de la Iglesia primitiva, tal y como nos la presenta el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 2,44-45). También podemos recordar a los ermitaños y a tantas comunidades monásticas que hicieron realidad este ideal, abandonándolo todo para seguir a Cristo y donando sus posesiones a los pobres. Hasta el día de hoy, este sigue siendo un llamado inmensamente valioso. ¡Ojalá Dios conceda que muchos respondan a él y que sigan habiendo comunidades que lo hagan realidad!

Si pensara en una gran familia espiritual, conformada también por personas que viven en el mundo y quieren seguir al Señor, elegiría la siguiente frase de san Pablo como guía para poner en práctica la pobreza: «Mientras tengamos comida y vestido, nos daremos por contentos» (1Tim 6,8).

Si interiorizamos esta palabra, asumiremos una actitud cada vez más receptiva que tendremos que poner en práctica a diario. Se trata de una actitud que lo recibe todo como un regalo, que se conforma con poco y siempre está agradecida. De hecho, si ponemos en práctica esta máxima del Apóstol en su sentido espiritual, descubriremos cada vez con mayor claridad los regalos de Dios. Nos daremos cuenta hasta de los más mínimos detalles con los que nuestro Padre, en su amor, nos consiente.

En esta actitud receptiva, que ya no se enfoca en multiplicar las posesiones, se produce un cierto desprendimiento interior que libera nuestro corazón del apego desordenado a los bienes materiales. Dejamos atrás la aparente seguridad que éstos nos confieren y nos volvemos más capaces de compartir. Así, nos preparamos ya durante nuestra vida terrenal para el estado en el que nos encontraremos en la hora de nuestra muerte, cuando ya no dispondremos de nada material y lo dejaremos todo atrás.

Hay que abrazar la pobreza voluntaria —para los cristianos que viven en el mundo sería más adecuado hablar de modestia o sencillez—, es decir, hay que amarla, porque es un precioso tesoro. Nos introduce en la dimensión espiritual de la vida, puesto que nuestros pensamientos ya no tendrán que ocuparse todo el tiempo de cómo conseguir lo necesario para vivir, de cómo aumentar nuestras posesiones y de cómo obtener lo que, según la mentalidad del mundo, es lo mejor para uno mismo. Precisamente esta última actitud nos hace sucumbir fácilmente a la tentación de un desordenado amor propio.

Al superar estas inclinaciones de nuestra naturaleza, que a menudo están profundamente arraigadas, nuestra mirada se enfoca en lo esencial: ser partícipes de la riqueza del Señor, que no vino a nosotros con vestidos brillantes ni con la pompa y el esplendor de un príncipe, sino con la sencillez del pesebre de Belén.

Al practicar la pobreza voluntaria (entiéndase como modestia), aspiraremos con todo nuestro corazón a los bienes espirituales que Dios nos ofrece y así haremos realidad las palabras del Señor: «Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21).

Con su belleza espiritual, la pobreza voluntaria es un medio excelente de purificación activa contra la codicia y la avaricia, que causan tantos males en el mundo.

A quienes gozan de cierta prosperidad o incluso de riqueza material se les recomienda encarecidamente que intenten manejar sus bienes con libertad interior y que no apeguen su corazón a sus posesiones, si quieren seguir al Señor como Él lo desea. Si comparten sinceramente y sirven así al bien común, también podrán vivir hasta cierto punto una pobreza espiritual.

Así pues, el tema de hoy nos sirve de transición hacia el inicio de la Cuaresma. Durante los próximos cuarenta días, quisiera ofrecer las meditaciones diarias como una especie de retiro para nuestra gran familia espiritual. Esta incluye, además de nuestra comunidad de vida, a aquellos que se han unido a nuestra espiritualidad a través de Jemael, a la «Familia de Abbá» y también al «ejército de Balta-Lelija». Por supuesto, también están invitados a unirse todos quienes siguen mis meditaciones diarias y/o los «3 minutos para Abbá». Para las meditaciones, me basaré principalmente en el leccionario del rito tradicional. En caso de que se produzcan acontecimientos importantes en la Iglesia o en el mundo, los abordaré cuando sea oportuno.

Encomiendo este retiro espiritual de Cuaresma al Espíritu Santo para que sea fructífero, y en este sentido os pido también que me acompañéis con vuestras oraciones. Además, sería conveniente difundir estas meditaciones para que sirvan al mayor número posible de personas.

Como de costumbre, al final de cada texto incluiremos los enlaces para quienes deseen escuchar una meditación sobre la lectura y/o el evangelio del día según el leccionario del Novus Ordo.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/rechazar-las-tentaciones-3/

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