«Que nadie dude de la bondad de Dios, pues aunque sus pecados fueran negros como la noche, la misericordia de Dios es más fuerte que nuestra miseria. Pero una cosa es necesaria: que el pecador abra un poco la puerta de su corazón al rayo de la misericordia de Dios» (Santa Faustina Kowalska).
Hay esperanza para todas las personas, porque el Padre abre su corazón de par en par para que vuelvan a Él. Le mueve su bondad, que siempre está ahí para nosotros, los hombres, aunque toda nuestra vida haya incurrido en contradicción a su amor y, a nivel subjetivo, parezca no haber salida. Por desgracia, no son pocos los que están atrapados en tal oscuridad y el diablo se encarga de no dejarlos salir de ella.
Por eso es tan importante anunciar el Evangelio con autenticidad, transmitiendo una y otra vez a los hombres que Dios mismo se ha abajado a nuestra miseria en la persona de su Hijo y nos ha revelado su amor. De todas las maneras posibles, las personas deben enterarse de que el Padre celestial nunca las ha olvidado ni les ha dado la espalda, sino que las busca constantemente. Sobre todo, deben oír que el amor de nuestro Padre es más grande que la oscuridad y la culpa en las que pueden haber caído. En este sentido, también pueden ser valiosos los testimonios de personas que se han encontrado con la infinita misericordia de Dios en su vida. Las personas también deben saber que nosotros mismos vivimos cada día de su misericordia si le abrimos nuestro corazón. Deben saber que el Señor espera a la puerta de su corazón para concederles su amor.
¡No dejemos solos a los hombres! Oremos por ellos para que den al menos el pequeño paso de invocar una sola vez a Dios con el nombre de Padre. ¡Entonces Él los salvará!
