“LA MIRADA DE JESÚS AL PADRE (II)”

Amado Padre, ayer compartí con tus hijos el maravilloso regalo que nos otorgaste hace tres años, en el santísimo día de la muerte de tu Hijo, y que permanece con nosotros hasta el día de hoy. Contemplar el Rostro del Señor, que nos atrae con su mansedumbre, es siempre un gran consuelo. En una palabra interior, el Señor nos ha exhortado: «Desde la cruz de este mundo, que causa tanto sufrimiento, elevad conmigo la mirada al Padre».

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MIÉRCOLES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “¡Es el Señor!”

«Muchachos, ¿tenéis algo de comer?» (Jn 21,5).

Así se dirigió Jesús a sus discípulos cuando se les apareció por tercera vez a orillas del mar de Tiberíades. Una vez más, no lo reconocieron de inmediato, pero, en esta ocasión, Jesús encontró una nueva forma de revelarse para que pudieran entenderlo fácilmente. De hecho, la mayoría de los apóstoles eran pescadores a quienes Jesús había elegido para que se convirtieran en pescadores de hombres (Mt 4,18-20).

Pero primero debían asimilar que su Señor verdaderamente había resucitado de entre los muertos. Esa nueva realidad debía calar hondo en ellos, pues posteriormente tendrían que portar al mundo entero el mensaje de su Resurrección. No podía quedarles ninguna duda y sus ojos debían abrirse por completo.

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