Duelo por el Señor; dolor por los hombres, que no han reconocido a su Redentor y lo han crucificado… Duelo de la Madre por el Hijo amado; luto y desconcierto entre los discípulos, que se dicen confundidos: “Nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel” (Lc 24,21).
Pero el Señor descendió a los infiernos, donde aquellos que aún estaban a la espera de la Redención, y también a ellos los colmó con su amor.
Judas consumó su traición y Jesús es apresado. Esto acontece después de que el Señor, en Getsemaní, había aceptado el sufrimiento de manos de su Padre y había dado su ‘sí’ a todo lo que tenía por delante.
Un SÍ que tuvo que atravesar la angustia y la agonía; un SÍ, después de haberle pedido a su Padre que, si era posible, aquel cáliz pasara sin tener que beberlo (cf. Mt 26,39-44); un SÍ que expresa la entrega incondicional al Padre; un SÍ por amor a nosotros, los hombres.
Ahora Jesús se entrega sin reservas al sufrimiento que ha de soportar por nuestra Redención; se enfrenta a todas las burlas y humillaciones, a todas las ofensas, al desamor y a la crueldad que encontrará en su camino doloroso. Todo el odio de las tinieblas se cierne sobre Él; la espantosa oscuridad del pecado con su terrible consecuencia: el alejamiento de Dios.
Durante la cena, Jesús se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una palangana y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. (Jn 13,4-5)
¡Cuán grande amor se nos manifiesta en este día! ¡Con qué gestos tan extraordinarios nos encontramos! El Señor del cielo y de la tierra lava los pies de sus discípulos, revelándoles así más profundamente en qué consiste su seguimiento: se trata de servir. Dios mismo, en su infinito amor, sirve al hombre; y a nosotros nos llama a vivir en este mismo servicio.
Entonces, si nos cuestionamos cómo podemos servir a nuestro prójimo, la respuesta es: ¡Así como Jesús nos sirve a nosotros! No hay nada que le resulte demasiado bajo o despreciable, como para no tocarlo y transformarlo con su amor. A sus discípulos los convierte en príncipes de su Reino; de los pecadores quiere hacer santos.
Judas Iscariote fue donde los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Qué me daréis, si os lo entrego?” Ellos le asignaron treinta monedas de plata. (Mt 26,14-15)
La traición de Dios a cambio del dinero injusto… ¡Cuántas veces se repite esta historia! ¡Cuántas veces las personas se venden a precio de dinero, de honor, de placeres desordenados, de poder!
Le dieron a Judas treinta monedas de plata, conscientes de que ese dinero estaba manchado de sangre. Y esa sangre no era “sólo” la de un hombre, lo cual sería ya suficientemente grave. ¡Esta sangre era la del Hijo de Dios, la sangre que había de redimirlos, la sangre del Cordero, derramada por el mundo! Ese fue el precio que los sumos sacerdotes pagaron al traidor.
¿Y qué decir de Judas? “¡Ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le habría valido a ese hombre no haber nacido!” (Mt 26,24)
¡Qué final tan trágico! ¡Y cuánto alcance tienen estas palabras de Jesús!
Treinta monedas de plata…
¿Quizá hemos sentido alguna vez el temor de que también nosotros podríamos ser capaces de negar o incluso traicionar al Señor? ¿Es posible que en las profundidades de nuestro corazón pueda habitar la traición o la negación, y que éstas salgan a la luz en determinadas circunstancias?
¡Nunca debemos sentirnos demasiado seguros de nosotros mismos! También en nuestro interior moran sombras que han de ser redimidas por el Señor. ¡El pecado debe ser rechazado incluso a nivel del inconsciente!
¿Cómo protegernos de la negación o de la traición?
En el corazón puro de la Virgen María podemos encontrar refugio; en una relación confiada con el Señor, como la tuvo San Juan; en el sincero esfuerzo por percibir los movimientos y sentimientos de nuestro corazón, llevando ante Dios todo lo oscuro, egocéntrico, orgulloso y vanidoso. Podemos desvelar ante el Señor nuestra miseria y suplicarle que jamás lo neguemos ni lo traicionemos. Hemos de vencer toda falsa auto-confianza. ¡Sólo en el Señor y en su fuerza seremos capaces de resistir las más duras pruebas! ¡Sólo en Él evitaremos sucumbir a nuestra corrupción interior y ceder a las seducciones que nos vienen de fuera!
El Señor permite las tentaciones, para fortalecer a los Suyos. Tal vez empieza permitiendo pequeñas pruebas para la fidelidad, de modo que estemos armados y preparados cuando lleguen otras mayores.
Con la ayuda de Dios, despojémonos en esta Semana Santa de todo lo que huele a negación y traición en nuestro interior, y profundicemos día a día el amor a Jesús. Así, estaremos armados y bien equipados en el Señor, más allá de lo que podríamos lograr con nuestra buena voluntad y nuestros propios esfuerzos.