Día 23: “No dejar hablar a los demonios”  

Hoy es el vigésimo tercer día de nuestro itinerario cuaresmal. Antes de entrar en el tema, terminemos la «exposición floral» que empezamos ayer, recordando cada una de las «flores» recogidas desde el día 12 hasta el 22.

Día 12: Manejar el don de la sexualidad según lo que Dios ha dispuesto en nuestro estado de vida y evitar toda forma de impureza.

Día 13: Recorrer el camino de la santidad como expiación por los incontables pecados y ofensas contra Dios, la incredulidad y las injusticias cometidas contra las personas.

Día 14: Confiar en Dios en todas las situaciones, dándole el primer lugar en nuestra vida, permanecer fieles a la recta doctrina de la Iglesia y vivir conforme a ella, y superar las tentaciones de la soberbia sirviendo a Dios y al prójimo.

Día 15: Una flor de paz, que cree en la Omnipotencia de Dios, capaz de cambiarlo todo.

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“VERDADERO ALIMENTO PARA EL ALMA”

Amado Padre, en el evangelio de hoy volvemos a encontrarnos indirectamente con aquellos poderíos que se rebelaron contra ti. ¡Te agradecemos infinitamente porque tu Hijo ha liberado a la humanidad de su poder! No obstante, esperamos con ansias el momento en que la luz y las tinieblas se separen de forma definitiva y nunca más seamos atacados por ellas en la eternidad.

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Día 22: “El temor de Dios”

Hoy hemos llegado al día 22 de nuestro itinerario cuaresmal. Quizá alguno de vosotros haya recogido un «ramo espiritual» con las flores que he ido proponiendo al final de cada meditación. De hecho, ya hemos formado un ramo bastante grande y cada una de sus flores nos ayudará a encontrar el hilo conductor que nos guía a lo largo de la Cuaresma.

Permítidme recordaros que este año he decidido basarme en las lecturas del día según el calendario litúrgico tradicional. Probablemente la mayoría de vosotros estéis habituados a la «forma ordinaria del rito romano». Por eso, os indicamos siempre la cita de la lectura y el Evangelio del día para que podáis leerlos íntegramente, mientras que en las meditaciones suelo citar solo ciertos extractos.

Una breve «exposición floral» nos ayudará a recordar los propósitos que hemos tomado en esta primera mitad de Cuaresma. Hoy enumeraremos las flores de los primeros 11 días y mañana continuaremos con las de los siguientes 11.

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“EL TEMOR DE DIOS: UNA GRAN DICHA”

Amado Padre, si el temor de Dios reinara en y entre los hombres, las cosas serían muy distintas en el mundo. Cada uno empezaría preguntándose si lo que dice o hace concuerda con lo que Tú quieres de él. ¡Solo eso ya sería maravilloso! Además, se cuidaría de hacer daño al prójimo, que, al igual que él, está llamado a vivir como hijo de Dios. Tendría siempre presentes todos tus mandamientos, así como las instrucciones que nos dejó el Señor y sus apóstoles y que la Iglesia, la «Maestra de los pueblos», ha custodiado y transmitido a lo largo de los siglos. En realidad, todo sería distinto y el Reino de Dios se extendería en la Tierra. Los poderosos y los gobernantes prestarían especial atención a tu Ley y buscarían siempre tu consejo y el de aquellos que te temen y te aman.

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Día 21: “Disposición a perdonar”

Tras la pequeña serie sobre la transformación del corazón, volvemos a las lecturas del día. Este año, estamos siguiendo en nuestro itinerario cuaresmal el leccionario tradicional. Pero, antes de entrar en materia, me gustaría compartir con vosotros una intención que llevo en el corazón. Se trata de una oración que he escrito con el fin de pedir al Señor la verdadera paz que viene de Él. Les agradecería que muchas de las personas que escuchan mis meditaciones diarias se unieran a nosotros en esta sencilla oración:

«Amado Padre, te pedimos la paz que emana de tu Corazón para que toque y transforme los corazones de los hombres, y así tu Reino se extienda por toda la Tierra. ¡Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor! Amén».

De los textos bíblicos de hoy, me gustaría detenerme en un pasaje breve pero muy significativo del Evangelio (Mt 18,15-35). Dice así:

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“EL SEÑOR PERDONA GUSTOSAMENTE”

Amado Padre, gracias al perdón que ofreces a través de tu Hijo Jesucristo, ¡cómo alivias las cargas que pesan sobre las naciones o sobre los individuos, si tan solo acuden a ti!

¡Cuán pesadas son las cargas que a veces las personas llevan sobre sí, hasta el punto de que apenas pueden moverse libremente! ¡Cuán aplastantes son las culpas que no han sido perdonadas, cómo marcan el ser de la persona y la doblegan, queriendo incluso esclavizarla para siempre! Aunque no se dé cuenta o no quiera admitirlo, su vista está empañada y se esconde de ti, como nuestros primeros padres se ocultaron de tu mirada después de haber pecado (cf. Gn 3,8).

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“UN CORAZÓN PURO EN EL EJÉRCITO DEL CORDERO”

Habiendo purificado nuestro corazón, amado Padre, podremos atrevernos aún más a emprender cosas grandes sin descuidar las pequeñas. ¿Acaso san Pablo no dio el buen testimonio de la fe ante los grandes de este mundo (cf. Hch 26)? ¿No denunciaron Elías y Juan Bautista intrépidamente a los reyes el mal que estos cometían (1Re 18,17-18 y Mt 14,3-4)? ¿Y los apóstoles no dieron un valiente testimonio de tu amado Hijo ante el Sanedrín (Hch 4,1-20)? ¿Quién les hizo capaces de ello, si no Tú? Tú les comunicaste el espíritu de fortaleza. Y ese mismo espíritu es el que necesitamos hoy para resistir a las maquinaciones de los espíritus malignos y de las personas que, consciente o inconscientemente, cooperan con ellos.

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 Día 20: “La transformación del corazón” (Parte III)

Esta pequeña serie, que pretende mostrarnos la importancia de la conversión del corazón, también debe entenderse en una dimensión suprapersonal. Esto significa que nuestros esfuerzos por alcanzar un corazón puro no solo sirven para nuestra santificación personal, sino que también son un arma en el combate espiritual. San Pablo nos deja claro que nuestra lucha es «contra los principados, las potestades (…) y contra los espíritus malignos que están en los aires» (Ef 6,12). Estos se aprovechan de nuestras malas inclinaciones humanas y las refuerzan. Una vez que nuestro corazón se ha oscurecido, les resulta más fácil involucrarnos en su rebelión contra Dios o, al menos, debilitarnos o incapacitarnos para la verdadera lucha contra estos espíritus.

En cambio, un corazón que, gracias al influjo del Espíritu Santo, se vuelve cada vez más puro y en el que fluye la gracia de Dios, les resulta insoportable. Basta con pensar en el corazón purísimo de la Virgen María, del que tienen que huir. A esto se suma que un corazón así se inflama cada vez más de amor por Dios y por los hombres y se pone completamente al servicio del Padre celestial. Por tanto, luchará contra todo aquello que pretenda empañar la gloria de Dios y llevará el mensaje del Evangelio a otras personas. Esto, a su vez, debilita el poder del Maligno, por lo que cada corazón puro se convierte en una amenaza para él, no solo porque no se deja llevar por sus maquinaciones, sino porque las combate activamente con la fuerza del Señor. Así, podemos asumir nuestro lugar en el ejército del Cordero, cooperando con nuestra oración y nuestra lucha por la santidad para que la paz de Cristo llegue a los hombres y el poder de su amor ahuyente las tinieblas.

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Día 19: “La transformación del corazón” (Parte II)

En la meditación de ayer, iniciamos una pequeña serie sobre el tema de la conversión del corazón. Me ha parecido oportuno abordarlo en el marco de nuestro itinerario cuaresmal por dos motivos. En primer lugar, porque, en la imitación de Cristo, siempre es necesario profundizar nuestra conversión, para que nuestras vidas sean lo más fructíferas posibles en el servicio a nuestro amado Padre y para que nunca nos detengamos en el camino de seguimiento de su Hijo. En segundo lugar, porque la conversión más profunda de nuestro corazón es un arma espiritual en el combate contra la discordia y las guerras. Posteriormente, explicaré con más detalle este aspecto, porque de esta manera podemos hacer frente a los “espíritus malignos que están en los aires” (Ef 6,12), que siempre están prestos a aprovecharse de las malas inclinaciones del hombre para sus planes inicuos.

En este sentido, sigamos hoy con el tema de la conversión de nuestro corazón.

Al estar dispuestos a percibir nuestras sombras ante un Dios amoroso, surge un doble realismo: por un lado, uno reconoce el “lado oscuro” dentro de sí mismo; y, al mismo tiempo, uno se encuentra con la misericordia de Dios. Empezamos a entender que Dios no nos rechaza ni castiga a causa de la impureza que procede de nuestro corazón; sino que, en su amor, Él se ha propuesto traer luz a las tinieblas.

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TU SELLO EN MI CORAZÓN

 

Amado Padre, nos hemos puesto en camino para obtener un corazón puro. De hecho, Tú quieres concedérnoslo, pero también debemos poner de nuestra parte. No deseamos otra cosa que, tras haber oído la palabra de la verdad, el Evangelio de la vida, y habiendo creído, ser sellados por el Espíritu prometido (cf. Ef 1,13).

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