En el evangelio de hoy (Jn 8,12-20), Jesús, dirigiéndose a los judíos, pronuncia palabras vigentes para todos los tiempos: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (v. 12).
Son palabras que deben asimilarse en profundidad, palabras que iluminan y nos comunican así la luz que es el mismo Jesús. El Señor se las dirige a la multitud que le escucha, aun sabiendo que todavía no podrían comprenderlas del todo. Con los fariseos, en cambio, la situación se ponía cada vez más tensa.
Éstos se escandalizan una y otra vez por la autoridad que emana de las palabras de Jesús, que debía revelarles quién era Él y abrirles así el camino de la verdad para que lo reconocieran como el Mesías. Si lo hubieran reconocido como el Mesías, se les habría abierto la puerta para conocer más a fondo al Padre Celestial, quien lo envió al mundo. Si se emprende este camino, el Espíritu Santo puede revelarnos cada vez más la verdad y el conocimiento de Dios se vuelve más preciso y amplio, al tiempo que crece el amor por Él.
