El vigésimo noveno día de nuestro itinerario cuaresmal nos invita a reflexionar sobre el pueblo de la Antigua Alianza, del que procede nuestro Señor según la carne y los apóstoles. Hasta el día de hoy no han reconocido al Mesías. En consecuencia, hay judíos que siguen esperando su advenimiento, mientras que otros ven cumplida la promesa mesiánica en el Estado de Israel o corren el peligro de seguir a falsos mesías, si es que la religión aún tiene importancia para ellos.
Como pueblo de la Nueva Alianza, deberíamos llevar siempre en el corazón y en nuestras oraciones la intención de que, después de tanto tiempo, los judíos reconozcan finalmente al Mesías, que no es otro que Jesucristo, el Hijo de Dios.
En la lectura de hoy, escuchamos la profecía de que Dios reunirá a su pueblo de entre todas las naciones, lo devolverá a su tierra, lo purificará de todas sus inmundicias y le dará un corazón nuevo (Ez 36,23-28).
El contexto de estas palabras es que, como los israelitas no vivían en su tierra según el agrado de Dios, Él los dispersó entre las naciones.
