Volviendo a los textos bíblicos que nos acompañan durante la Cuaresma, escuchamos en la lectura (Ex 32, 7-14) cómo los israelitas caen en la idolatría. Moisés tiene que escuchar estas palabras que le dirige el Señor:
«“¡Anda, baja! Porque tu pueblo, el que sacaste de la tierra de Egipto, ha pecado. Bien pronto se han apartado del camino que yo les había prescrito. Se han hecho un becerro fundido y se han postrado ante él; le han ofrecido sacrificios y han dicho: ‘Este es tu Dios, Israel, el que te ha sacado de la tierra de Egipto.’” Y dijo el Señor a Moisés: “Ya veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Déjame ahora que se encienda mi ira contra ellos y los devore; de ti, en cambio, haré un gran pueblo”» (vv. 7-10).
A lo largo de su historia, los israelitas se vieron tentados una y otra vez a rendir culto a falsos dioses. Esa fue una de las razones por las que Dios quiso mantenerlos aislados de los demás pueblos, para que no imitaran sus prácticas idolátricas, que son una abominación a los ojos de Dios. La Sagrada Escritura nos deja claro que estos «falsos dioses» pretenden usurpar el lugar de Dios, y san Pablo nos enseña que los demonios se esconden detrás de los ídolos para engañar a las personas (cf. 1Cor 10,19-20). Hasta el día de hoy siguen haciendo de las suyas para apartar a los hombres del conocimiento de Cristo.
