Puesto que el evangelio de hoy relata nuevamente la purificación del Templo, y ya habíamos desarrollado este tema el séptimo día de nuestro itinerario cuaresmal (https://es.elijamission.net/dia-7-purificacion-del-templo-interior-y-exterior/), he decidido dedicar la meditación de hoy a dos santos cuya fiesta se celebra el 16 de marzo: san Abraham de Edesa (Mesopotamia) y su sobrina María.
Desde muy joven, Abraham anhelaba una vida en soledad con Dios, por lo que pidió permiso a sus padres para ser ermitaño. Sin embargo, sus padres ya habían elegido a una joven que, en su opinión, era digna de él, para que fuera su esposa. Con gran pesar, Abraham les obedeció. La leyenda cuenta que, tras la boda, le comunicó a su mujer su decisión de vivir en abstinencia permanente. Después, se marchó en secreto y se encerró en una celda solitaria situada aproximadamente a una hora de la ciudad de Edesa.
El llamado de Dios a la soledad era tan fuerte que todos los intentos de su familia por devolverlo a su esposa fueron en vano. Amuralló su celda, dejando solo una pequeña ventana por la que recibía lo necesario para vivir.
