Habiendo purificado nuestro corazón, amado Padre, podremos atrevernos aún más a emprender cosas grandes sin descuidar las pequeñas. ¿Acaso san Pablo no dio el buen testimonio de la fe ante los grandes de este mundo (cf. Hch 26)? ¿No denunciaron Elías y Juan Bautista intrépidamente a los reyes el mal que estos cometían (1Re 18,17-18 y Mt 14,3-4)? ¿Y los apóstoles no dieron un valiente testimonio de tu amado Hijo ante el Sanedrín (Hch 4,1-20)? ¿Quién les hizo capaces de ello, si no Tú? Tú les comunicaste el espíritu de fortaleza. Y ese mismo espíritu es el que necesitamos hoy para resistir a las maquinaciones de los espíritus malignos y de las personas que, consciente o inconscientemente, cooperan con ellos.
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Día 20: “La transformación del corazón” (Parte III)
Esta pequeña serie, que pretende mostrarnos la importancia de la conversión del corazón, también debe entenderse en una dimensión suprapersonal. Esto significa que nuestros esfuerzos por alcanzar un corazón puro no solo sirven para nuestra santificación personal, sino que también son un arma en el combate espiritual. San Pablo nos deja claro que nuestra lucha es «contra los principados, las potestades (…) y contra los espíritus malignos que están en los aires» (Ef 6,12). Estos se aprovechan de nuestras malas inclinaciones humanas y las refuerzan. Una vez que nuestro corazón se ha oscurecido, les resulta más fácil involucrarnos en su rebelión contra Dios o, al menos, debilitarnos o incapacitarnos para la verdadera lucha contra estos espíritus.
En cambio, un corazón que, gracias al influjo del Espíritu Santo, se vuelve cada vez más puro y en el que fluye la gracia de Dios, les resulta insoportable. Basta con pensar en el corazón purísimo de la Virgen María, del que tienen que huir. A esto se suma que un corazón así se inflama cada vez más de amor por Dios y por los hombres y se pone completamente al servicio del Padre celestial. Por tanto, luchará contra todo aquello que pretenda empañar la gloria de Dios y llevará el mensaje del Evangelio a otras personas. Esto, a su vez, debilita el poder del Maligno, por lo que cada corazón puro se convierte en una amenaza para él, no solo porque no se deja llevar por sus maquinaciones, sino porque las combate activamente con la fuerza del Señor. Así, podemos asumir nuestro lugar en el ejército del Cordero, cooperando con nuestra oración y nuestra lucha por la santidad para que la paz de Cristo llegue a los hombres y el poder de su amor ahuyente las tinieblas.
