En la meditación de ayer, iniciamos una pequeña serie sobre el tema de la conversión del corazón. Me ha parecido oportuno abordarlo en el marco de nuestro itinerario cuaresmal por dos motivos. En primer lugar, porque, en la imitación de Cristo, siempre es necesario profundizar nuestra conversión, para que nuestras vidas sean lo más fructíferas posibles en el servicio a nuestro amado Padre y para que nunca nos detengamos en el camino de seguimiento de su Hijo. En segundo lugar, porque la conversión más profunda de nuestro corazón es un arma espiritual en el combate contra la discordia y las guerras. Posteriormente, explicaré con más detalle este aspecto, porque de esta manera podemos hacer frente a los “espíritus malignos que están en los aires” (Ef 6,12), que siempre están prestos a aprovecharse de las malas inclinaciones del hombre para sus planes inicuos.
En este sentido, sigamos hoy con el tema de la conversión de nuestro corazón.
Al estar dispuestos a percibir nuestras sombras ante un Dios amoroso, surge un doble realismo: por un lado, uno reconoce el “lado oscuro” dentro de sí mismo; y, al mismo tiempo, uno se encuentra con la misericordia de Dios. Empezamos a entender que Dios no nos rechaza ni castiga a causa de la impureza que procede de nuestro corazón; sino que, en su amor, Él se ha propuesto traer luz a las tinieblas.
