Hoy, en el decimosexto día de nuestro «retiro cuaresmal», el profeta Jeremías nos recuerda de manera inequívoca en quién debemos confiar y en quién no: «Así dice el Señor: Maldito el que confía en el hombre y hace de las criaturas su apoyo, y aparta su corazón del Señor» (Jer 17,5). Se trata de una exhortación similar a la que encontramos en otro valioso dicho de los Salmos: «No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar» (Sal 148,3).
En efecto, es una necedad buscar en las personas la seguridad que solo Dios puede darnos. Es un indicio de que la fe aún no ha calado suficientemente hondo en nosotros. Por eso seguimos buscando falsas seguridades que, en última instancia, suponen una gran carga para nuestra vida y, en cierto modo, nos mantienen cautivos. El profeta Jeremías expresa esta realidad en términos contundentes y llega a decir que es «maldito» el hombre que actúa así, ya que aparta el corazón del Señor. De hecho, puede convertirse en una especie de maldición, porque, por un lado, nunca obtendremos esa seguridad que buscamos en las personas y, por otro, no acudimos al Señor y nos privamos así de su ayuda para superar situaciones de amenaza. Seguirá siendo así mientras no lo reconozcamos y nos pongamos en camino hacia Dios.
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